Doble cero (con licencia para morir)

Aquilino García Lumbreras, conocido como Little Bond, era una máquina diseñada para matar y engañar. O mejor dicho, para engañar y, si acaso, matar. Durante los dos primeros años en “la Agencia” había sido adiestrado para ser el espía perfecto: localizar un objetivo, diseñar una estrategia de acercamiento, obtener la información requerida, desaparecer sin dejar rastro y, si era necesario, eliminar a los malos. Su modelo de referencia era, cómo no, James Bond. Aunque rápidamente comprobó que las películas sólo son eso, películas… Sobre todo en lo que a las mujeres se refería. En eso tampoco se parecía a James Bond. Y en realidad M se llamaba Correa y lucía un enorme bigote, Q era mujer y se apellidaba Fernández y Moneypenny respondía al nombre de Gertrudis Martínez. ¡Ah! y el Aston Martin era un Seat Ibiza…

Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias. A pesar de que los medios materiales no eran comparables a los del MI6 de las películas de James Bond, su adiestramiento no tenía nada que envidiar al que recibían los agentes británicos. No tenía amigos, sólo fingía tenerlos. No tenía amantes, sólo engatusaba mujeres, o al menos lo intentaba, para sacarles información… y, pocas veces muy pocas veces, para satisfacer sus deseos carnales. Había aprendido que el sexo no era importante ni necesario, y que era una de las mayores distracciones que un espía podía tener. Estar metido en faena y que de repente lleguen los malos acostumbra a acabar mal… y no para los malos. Por eso cuanto menos sexo mejor.

(Nota al margen aunque esté en medio del texto: el que no se consuela es porque no quiere)

No tenía familia. Según le habían contado, sus padres habían muerto en un accidente de coche cuando él tenía tres años. A partir de ahí había ido de familia de acogida en familia de acogida hasta que “la Agencia” lo adoptó. Carecía de recuerdos… verdaderos. Todos habían sido prefabricados, aunque él lo ignoraba por completo. Nunca se había enamorado… o eso era lo que él contaba y de lo cual, erróneamente, se vanagloriaba. Creía que le hacía parecer más duro y más interesante para el público femenino. Además, según el manual del buen agente secreto, estaba prohibido enamorarse. Seducía, si tenía suerte, pero jamás era seducido. Aunque a veces costaba, le habían entrenado para eso. Era el peligro principal para un espía… y lo sabía.

Le habían ayudado a deshumanizarse, a solidificar su corazón, a reprimir permanentemente sus emociones. Su cerebro regía siempre los designios de sus acciones, corazón incluido. Los sentimientos los había ocultado en algún lugar recóndito durante sus entrenamientos como espía. Y no recordaba dónde. De esta forma era menos vulnerable, y de eso se trataba. Era inmune al dolor, al sufrimiento propio o ajeno, al amor, a la rabia, a la ira, a la ternura… Su respuesta a cualquier estímulo o situación siempre era racional y estaba desprovista de cualquier atisbo de emoción. Evaluaba situaciones y actuaba en consecuencia. Había recibido entrenamiento específico para desarrollar todas las aptitudes que necesitaba para sobrevivir a la vida de espía.

Y toda esta formación había dado sus frutos. En la actualidad era uno de los mejores hombres de “la Agencia”, por lo que siempre le asignaban las misiones más arriesgadas y difíciles. La última misión le llevó a Villefranche-sur-mer, un pueblo de la Costa Azul cerca de Niza. Llegó en una embarcación de recreo como si de un turista más se tratase… La información de que disponía no era totalmente correcta y le capturaron. Nunca supo si le tendieron una trampa o si todo fue fruto del azar y de los caprichos del destino… y de un exceso de confianza por su parte. Lo cierto es que los malos lo cogieron y, después de dos lanchas rápidas y una furgoneta, acabó en la bodega de un barco mercante rumbo a Valparaíso. Pero en la bodega no estaba solo. Estaba acompañado por tres de los malos: uno vestido con un elegante traje negro que era quién hacía las preguntas, una bestia parda de más de dos metros de altura, y por ahí andaría de anchura, que era quién le golpeaba cuando el del traje se lo indicaba, y un oriental bajito que disponía de todo un arsenal de utensilios de dentista, además de unas cuantas jeringuillas y pequeños frascos con líquidos de varios colores, que, obedeciendo también al del traje, lo utilizaba para infligirle dolor o calmárselo según conviniera, y para, químicamente, someter su voluntad. Con ese panorama nada bueno cabía esperar que sucediera.

Y aunque Aquilino García Lumbreras, conocido como Little Bond, había sido entrenado para afrontar este tipo de situaciones, la realidad le superó y se desmoronó emocionalmente. Sentir en carne propia que nadie le buscaría, que el mundo negaría su existencia o que ninguna persona le echaría en falta le provocaba un intenso dolor en el pecho… y en el alma, porque de repente descubrió que tenía alma y recordó el recóndito lugar dónde había olvidado sus sentimientos. Por primera vez en su vida adulta se sintió desdichado, se sintió infeliz, se sintió un don nadie. Empezó a llorar ante la mirada atónita de los tres malos que se burlaban de él. Pero ya no los veía, sólo pensaba en que él, al igual que “la Agencia”, no existía, en que ni siquiera formaría parte de una triste estadística, en que su muerte, al igual que su vida, escondería una gran mentira, en que no había sabido vivir lo suficiente. A la postre se dio cuenta de que el hecho de no existir, de ser invisible y pasar desapercibido también tenía, como casi todo en la vida, dos caras. Él que se jactaba de ser un témpano de hielo, infalible a sensiblerías y trampas emocionales; él que siempre era el depredador que jugaba con la presa; él que catalogaba de débiles fracasados a los que no podían controlar sus emociones…

Lo último que sus ojos verían antes de cerrarse definitivamente sería una mugrienta bodega en la que sólo tendría ocasión de despedirse de los malos y de algunas ratas. Pensó que era injusto que no tuviera la oportunidad de escribir un final mejor. Pero la vida no es justa… y la muerte tampoco… o quizás sí… En esos instantes finales pensó en todas las veces que el miedo le impidió confesar que estaba enamorado, en los besos que deseó con locura y no fue capaz de dar, en los te quieros que nunca se atrevió a pronunciar… No existir quizás tuvo sus ventajas pero en el momento decisivo resultó ser la mayor de las desventajas.

Y ahora que sabía pronta la llegada de su hora, esa en la que los creyentes se encomiendan a Dios y los no creyentes también, no fuera que los creyentes estuvieran en lo cierto, se percató de que el amor nunca había dejado de formar parte de su vida, aunque él lo hubiera negado y hubiera fingido todo lo contrario para no ser vulnerable. Su vida había sido un engaño mayúsculo, tanto para él como para los demás. “Te quiero”, susurró pensando en ella, aunque los malos ya no le dieron tiempo a decir nada más…

Sábado por la tarde

Marta era rubia, con los ojos verdes, de busto escaso, estatura mediana y muy atlética. Tanto que algunos  la tachaban de hombruna. Para nada. A mí me resultaba muy atractiva. En muchas ocasiones me quedaba embobado mirándola… aunque procuraba disimular. Era un encanto de chica. Rebosaba alegría y dulzura, era inteligente y nunca tenía un desaire para nadie. Si gozabas de su amistad sabías que podía contar con ella.

Carlos era rubio, con los ojos azules, guapo, deportista y repartía simpatía a raudales. Era capaz de enamorar a todas las chicas que se propusiera. Y también a sus madres. No pasaba desapercibido en ningún lugar. Mi antítesis. Y era uno de mis mejores amigos. Y también salía con Marta.

Con ella, y sin él, coincidía en el gimnasio. Cada vez que nos encontrábamos allí yo lo vivía como una pequeña victoria. Un lugar repleto de cuerpos cuidadosamente moldeados, esclavos de una mezcla formada por dietas saludables, complementos alimenticios, esfuerzo, constancia y espejos, cuya recompensa era tan espectacular como efímera, pues salirse de la pauta fijada significaba, con toda seguridad, dejar de ser uno de los referentes de la manada. Y ante todo ese elenco de jóvenes esculturales Marta hablaba conmigo y hasta reía mis gracias. Lo dicho, un triunfo en toda regla.

Con ella, y con él, coincidía todos los fines de semana. La admiraba en secreto procurando pasar desapercibido, lo cual me resultaba extremadamente sencillo, y bebía para que los besos que se daban no dolieran tanto. Y bebía y bebía, fabricándome preventivamente una coartada por si, en un momento de debilidad, se me escapaba alguna tontería… vacunación lo llamaba yo.

Un sábado por la tarde, mientras caminábamos más o menos en grupo dirigiéndonos a un local donde solíamos montar fiestas, aprovechó que me había quedado un poco rezagado y me esperó.

  • ¿Puedo preguntarte algo? –me dijo sin muchos rodeos.
  • Claro, dime.
  • ¿Sabes de alguien a quién yo le guste?

Su pregunta me cortó la respiración. La miré como no dando crédito a sus palabras. Empecé a sentir una intensa sensación de calor. Hubiera gritado un estruendoso sí, pero me contuve. Se trataba de mi amigo y no creía que enrollarse con su novia fuera una buena idea. Aunque tenía unas ganas locas…  

  • Pero… ¿y Carlos? ¿No quieres continuar con él?
  • Estoy cansada de sus idas y venidas. Si quiere ser una mariposa que vuela de flor en flor me parece muy bien, pero que no cuente conmigo.
  • Bueno, no sé, así de golpe… eh… hum… eh…

Me sentía atrapado entre el deseo y la amistad. Y no sé si alguien puede estar preparado para un momento así, pero yo no lo estaba.

  • Alguien habrá, ¿no? –exclamó Marta- ¿O es que soy muy fea?
  • ¡No! –exclamé con contundencia- De fea nada, eres muy guapa.
  • ¿Entonces? –preguntó pícaramente.
  • A cualquier chico del grupo le gustas, estoy seguro.

Mi mente iba a mil por hora sopesando qué contar y que no, cómo enfocar la conversación y qué emociones debían aflorar. En un acto a mitad de camino entre la cobardía y la caballerosidad decidí no dar rienda suelta a mis sentimientos, e inventarme un supuesto admirador que estaba seguro que no sería de su agrado.

  • El que me ha estado haciendo preguntas sobre ti es Quique.

Quique era el mayor del grupo y el “más pasado de vueltas” de todos. De buen seguro, la palabra macarra la habían incluido en el diccionario debido a él. Era el único que no estudiaba, trabajaba de botones en una oficina bancaria lo que le permitía tener más dinero que los demás. Lo conocíamos desde niños, y eso era el motivo por el cual, a veces, salía con nosotros. Sus diversiones se movían por parámetros muy distintos a los nuestros. Era la oveja negra del grupo.

-¿Quique? Ah… lo tendré en cuenta –comentó en el mismo instante que llegamos al local. Me pareció percibir cierta decepción en su mirada. Quizás esperaba que la respuesta a su pregunta fuera “yo”…

Un mes después de aquel sábado por la tarde dejé de ir asiduamente con el grupo. Me enamoré locamente de una amiga de mi hermana, y mi camino empezó a separarse del suyo.

Tres meses después de aquel sábado por la tarde Marta y Carlos lo dejaron definitivamente. A los pocos días ella empezó a salir con Miguel.

Seis meses después de aquel sábado por la tarde Marta y Miguel tuvieron un accidente de moto. El cóctel de alcohol y drogas hizo que se estamparan contra un camión. Marta murió al instante.

Desde entonces cada ocho de junio me despierto de madrugada empapado en sudor y pienso qué hubiera pasado si mi respuesta hubiera sido un simple y sincero “yo”. Cada ocho de junio por la noche mi culpabilidad viene de visita y lloro mientras resuena en mi cabeza la última canción que bailé con ella ese maldito sábado por la tarde…

Marató

92hLa sortida va ser molt dolenta, molt. Pitjor no es podia sortir. Malgrat tot, no es va situar el darrer de la cursa… hi havia que ho havien fet inclús pitjor, encara que semblés impossible. En qualsevol cas, molt aviat va quedar força endarrerit. Agafar el seu ritme habitual va portar-li una bona estona. Superat el primer tram de pujada es va començar a trobar còmode corrent. Anava al seu pas i va començar a avançar alguns corredors. Guanyar posicions li donava confiança i provocava que avancés corredors més ràpidament. Es retroalimentava. En relativament poca estona es va situar cap a la meitat del ja estirat grup de corredors.

Quan se’n va adonar que escalar posicions no era una utopia li va entrar la pressa. Volia guanyar llocs a la classificació el més ràpid possible, abans de que el grup de corredors es comencés a trencar i quedessin espais buits entre els participants. Progressar per aquests espais buits resultava difícil i, sobretot, requeria d’un esforç físic i mental superiors. Anava avançant corredors quan va arribar la primera ascensió important de la cursa. Una forta pendent molt llarga. En aquells moments es trobava en la meitat superior de la classificació. Aquella pujada va tenir dos efectes: un de positiu i un altre de negatiu. El positiu va ser perquè hi havia corredors davant seu que patien més que ell i van començar a quedar-se endarrerits, motiu pel qual els va sobrepassar amb molta facilitat. L’efecte negatiu va ser que la cursa es va trencar, i un grup de vuit corredors va agafar un cert avantatge per davant de la resta.

Al arribar al punt més elevat del recorregut i iniciar el descens estava situat en dotzena posició. La distancia entre el grup que comandava la cursa i els seus perseguidors s’anava, gradualment però inexorablement, eixamplant. Va augmentar una mica el ritme, per tal d’aproximar-se als que anaven al capdavant de la cursa. Quan va accelerar un parell més de corredors van seguir-lo, i els tres van obrir un petit forat amb la resta de participants. En un tram de descens bastant pronunciat va relliscar i quasi va estar a punt de caure. Va trontollar cap endavant i endarrere però finalment va conservar l’equilibri. El dos que l’acompanyaven li van agafar un centenar de metres de distància. Havia de recuperar el seu pas habitual altre cop per poder escurçar la distància que li portaven. Poc a poc, i aprofitant un altre tram de la cursa amb un xic de desnivell, va aconseguir tornar a contactar amb els altres dos corredors, primer, per, seguidament, superar-los i agafar-los-hi avantatge. Estava pletòric.

Llavors es va fixar l’objectiu d’arribar fins el grup que anava conduint la cursa. El tram que havia de fer en solitari resultava el més complicat. Havia de “tirar” tot sol sense l’ajut de cap altre corredor, i hi havia el perill d’esgotar-se infructuosament. Li van començar a entrar dubtes, que es van esvair quan va comprovar que guanyava terreny al darrer corredor del grup capdavanter. Veure que s’hi acostava li va donar ales, i li va semblar que el cansament era menor i més suportable. Al cap d’uns llarguíssims vint minuts va agafar al vuitè classificat. Aleshores va entrar en una fase de consolidació en la que va emmotllar la cadència de la seva gambada a la de la resta del grup. Sense fer cap acció espectacular va anar, com qui no vol la cosa, escalant posicions fins a situar-se en segon lloc.

Va calcular que portaven quasi dos terços de la cursa, i va decidir prendre’s un descans per tal de recuperar forces per l’assalt al liderat. Al poc de baixar el ritme i guiar-se per les passes del primer, va començar a notar cansament, un cansament més mental que físic. Va començar a preguntar-se què feia en aquella cursa, perquè volia posar el seu cos al límit, si seria capaç d’aguantar fins el final, si tot plegat tenia sentit… Inconscientment va va començar a anar més lent i un corredor que li anava just al darrere va ensopegar amb ell i els dos van anar pel terra. Van ser només uns quants cops i esgarrinxades, però la caiguda va tenir lloc a l’inici d’una forta pujada i quan va voler reprendre la cursa les seves cames li van aconsellar que s’ho prengués amb calma. No podria tornar a agafar el ritme fins que s’acabés aquella pujada de la que no veia el final i li semblava interminable. Va ser el moment més dur que va passar, i va pensar seriosament en abandonar. En contra de tota lògica no ho va fer, sinó que va seguir ascendint tan ràpid com podia confiant en recuperar terreny quan arribés dalt.

En la llarga recta que seguia al final d’aquell puig, va poder agafar la referència de la distància que li portaven els que estaven al capdavant. “Tampoc és tanta”, va pensar. Poder-los veure el va animar, i instintivament va començar a accelerar. Es tractava d’un tram bastant pla que li era propici, i ràpidament va poder comprovar com les distàncies s’escurçaven. Quan va sobrepassar un rètol que indicava que faltaven cinc quilòmetres va veure clar que podria contactar amb els primers. I minuts desprès així va succeir. Els va agafar i, sense pensar-ho gaire, es va tornar a col·locar segon. No era moment de pensar amb estratègies o descansos. Ja no quedava temps i havia de donar tot el que tenia.

I llavors va pensar que estava preparat per iniciar l’assalt al lideratge. Ho va provar diversos cops i de maneres diferents, però situar-se líder de la cursa semblava missió impossible. Va arribar a l’alçada del que anava primer en vàries ocasions, però en cap el va poder superar. Canvis de ritme sobtats, progressius, per l’esquerra, per la dreta… ho va intentar tot. Però era un gran atleta i resistia a la perfecció els seus atacs i escomeses. Transcorreguts deu minuts llargs se’n va adonar que mai podria avançar al primer de la cursa. Era més fort, més alt i la seva gambada més llarga, amb lo que havia d’augmentar molt el pas si volia seguir-lo i avançar-lo. I ja no tenia forces suficients per sortir vencedor d’aquell repte. El temps corria en contra seu, atès que a aquella velocitat s’esgotava massa ràpid. Aleshores es va fer la gran pregunta: “Té sentit continuar a la cursa sabent que mai podré ser el primer?

La estrella y el pescador

estrella-1Cuenta una antigua leyenda calabresa que una noche de luna llena una estrella perdió el equilibrio y cayó en la playa conocida como Playa de la Bergamota. Al llegar al suelo la estrella impactó en una roca partiéndose uno de sus brazos, por lo que no pudo volver a elevarse. Y para mayor infortunio, fue a parar justo en la orilla y poco tiempo habría de transcurrir antes de que el agua del mar la apagara para siempre. Pero la vio caer un pescador que estaba faenando cerca del lugar, y condujo raudo su barca hasta la playa. La estrella le suplicó que la sacara de la orilla y que la mantuviera encendida, para dar tiempo a que su brazo se regenerara y pudiera así subir hacia la bóveda celeste, que es donde debía estar. Para no quemarse, el pescador la cogió mediante dos ramas que encontró en la arena y la depositó cuidadosamente entre unas rocas que se encontraban a salvo del oleaje. Con unas cuantas ramas de la vegetación que rodeaba la playa hizo una pequeña hoguera sobre la que colocó a la estrella. El aroma que desprendía aquella hoguera era extremadamente fresco e intenso, y la estrella empezó paulatinamente a recuperar el brillo, primero, y, pasados diez o quince minutos y ante los asombrados ojos del pescador, el brazo que le faltaba comenzó a crecer.

Hasta en tres ocasiones más hizo acopio de ramas y hojas para mantener el fuego encendido, mientras la estrella llegaba a brillar con todo su esplendor y su brazo roto crecía y crecía sin parar. A pesar de no poder tocarla ni mirarla directamente más que unos pocos segundos, parecía haberse establecido una extraña conexión entre ambos, basada en el agradecimiento de la estrella y la fascinación que ésta despertaba en el pescador. Algo mágico estaba sucediendo esa noche en la Playa de la Bergamota que tenía como protagonistas a una estrella y a un pescador.

Finalmente, después de unas cuantas horas, el brazo roto adquirió el mismo tamaño que los otros. La estrella ya podía elevarse y volver a su lugar en el firmamento.

  • ¿Podré volver a verte? –le dijo el pescador a la estrella con un marcado tono de súplica.
  • Yo sabré encontrarte -le susurró mientras iniciaba la ascensión.

Y así fue. Al cabo de unas semanas, cuando estaba de nuevo pescando cerca de la Playa de la Bergamota oyó que alguien le llamaba. Vio que, suspendida sobre la playa, brillaba una intensa luz que parecía “mirarle” fijamente. Se dirigió rápidamente a la playa para comprobar con alegría que la estrella había vuelto, aunque esta vez de forma totalmente voluntaria. Manteniendo siempre las distancias, empezaron a conversar. Ella le habló de su casa, la constelación de Vela, y él le habló del mar, su mayor pasión. Enlazaban los temas de conversación de una manera sorprendentemente natural. Conversaron acerca de perfumes, sobre heroínas anónimas que merecían un lugar destacado en la historia, de la maravillosa magia que les había permitido encontrarse… de todo aquello que se les pasó por la imaginación. Estuvieron horas, que a él le parecieron minutos, contándose la historia de sus vidas, hasta que se hizo tarde y la estrella tuvo que volver a su constelación. A partir de aquella “primera cita” los encuentros entre ambos se sucedieron y, paulatinamente y por voluntad de ambos, se dieron cada vez con mayor frecuencia, hasta llegar a “verse” cada pocos días. El pescador esperaba siempre ansioso la “llamada” de la estrella para acudir a la playa y disfrutar de su compañía. Poco a poco y sin darse cuenta, su vida empezó a girar en torno a estos “encuentros”. A medida que pasaban los días, cada vez sentía más la necesidad de verla, de “estar” con ella, de contarle deseos y sueños, de dejarse ir en su compañía… Guardaba en secreto estas “citas”, pues cualquier persona hubiera considerado que no estaba en su sano juicio de saberse que se “veía” regularmente con una estrella. Consideró que no podía compartir con nadie la inmensa alegría que sentía, el estado de permanente felicidad que sólo se explicaba porque una estrella venía a verle y hablaba con él. Visto así, él era el primero en pensar que estaba loco, aunque esta locura le estuviera proporcionando los momentos más maravillosos de su existencia. Pero él lo veía de otra manera. Él vivía sus citas como una explosión de sentimientos que le acercaban a una felicidad que hasta entonces le era desconocida, que no se identifica con nada concreto y que no puede explicarse, sino que sólo puede sentirse.  En cada encuentro se dejaba llevar sumergiéndose en la amalgama que formaban la estrella, sus historias, la playa, el mar y el firmamento. Era su paraíso particular. Sabía que nunca podría despertar una mañana a su lado, ni contemplar juntos una puesta de sol o pasear cogidos de la mano por la orilla del mar, pero, lejos de desanimarse, cuanto más tiempo pasaba con ella más la deseaba. Hasta que una idea absurda vino a su mente. Se había enamorado…

Durante un tiempo dudó, dudó de él, de ella, de la situación, dudó de todo. Quizás estaba entrando en una locura absurda que no le conduciría a ninguna parte y sólo sembraría la semilla del dolor. Días de sentimientos encontrados, de contradicciones, de pensamientos negativos y positivos a la vez… Y una mañana de primavera decidió que los sueños imposibles son los más bonitos de perseguir, y que la sola esperanza de que un día dejen de ser imposibles es lo que hace dar la mejor versión de uno mismo. Junto a la semilla del dolor sembró la de la esperanza. Sólo cabía esperar y ver cuál de las dos crecía mejor y más rápido.

Y así fue pasando el tiempo, entre encuentros, risas, conversaciones profundas y no tan profundas, y dejándose llevar por la magia que, un día ya lejano, había aparecido entre ambos. Nunca le confesó su amor, por razones obvias. El pescador se “despojó” de todas aquellas relaciones que podían llegar a tener algún tinte amoroso, no porque se viera forzado a ello, sino porque ninguna mujer resistía una comparación con “su” estrella. La fascinación que sentía por ella le hacía vivir la vida de otra manera, con el único anhelo de volver a verla un día tras otro. Pero la vida de una estrella y la de un humano se miden en tiempos muy distintos, y el pescador llegó a la madurez mucho antes que ella. Y, anciano ya, le llegó el final, y murió hacia el mediodía de un diez de junio. Dejó escrito que quería que lo quemasen y que lanzasen sus cenizas al mar, delante de la Playa de la Bergamota. Y así se hizo.

Y dicen que unos días más tarde, otro pescador que faenaba cerca de la Playa de la Bergamota, vio como una luz se desplomaba del cielo para caer en el mar, justo enfrente de la playa. Rápidamente fue hacia el lugar, pero sólo le dio tiempo a ver a una estrella que, inmóvil en el fondo del mar, iba perdiendo su luz hasta que se apagó por completo.

 

L’home de la mirada trista

redroseL’home de la mirada trista somriu matí, tarda però no nit.

L’home de la mirada trista estudia la forma de mirar, de parlar, de acaronar, de besar dels enamorats que passegen agafats de la mà, des de l’enveja que provoquen la buidor i l’enyorança.

L’home de la mirada trista menja, veu, canta i balla. Ningú sospita de la seva disfressa.

L’home de la mirada trista riu per fora i plora per dins sense vessar cap llàgrima.

L’home de la mirada trista escolta, anima, aconsella i fingeix frivolitat.

L’home de la mirada trista m’observa, amb indiferència, des de darrere del mirall.

Fotografías

stocksnap_c536c62904Estaba sentado en el sofá mirando las fotografías que había encontrado en una caja olvidada en el fondo del armario de su habitación. El contenido de esa caja era un sucinto resumen gráfico de su vida. Alguna foto de cuando era un bebé en situaciones que, evidentemente, no recordaba pero que su madre se había encargado de describirle con vehemencia. Su infancia, feliz y prometedora, llena de inocencia, alegría y admiración. También había alguna de su etapa adolescente. Harina de otro costal. Feo, tímido y siempre malhumorado para protegerse así de sus fracasos… digamos sociales. No fue una etapa especialmente brillante, pues a menudo su luz se atenuaba al lado de la de sus amigos. Su primer gran amor… las primeras veces de muchas cosas… el ansia por comerse el mundo… la sensación de ser eterno… una iglesia. El número de fotos menguaba cuanto más se adentraba en su etapa adulta. Un amor loco. Follar versus hacer el amor. La locura como bandera. Sus hijos, lo más grande de este mundo. Recuerdos maravillosos, recuerdos amargos… Más fotografías, aparentemente inocuas, pero que a sus ojos resultaban alegres y tristes al mismo tiempo. Sabor agridulce…

En el ordenador sonaba Photograph… ¿casualidad? No, seguramente era adrede. Algunas veces pasaba horas escuchando canciones. Canciones tristes, canciones que dolían, canciones que no hacían más que recordarle que ella aún no había llegado, que debía seguir esperándola. Esperaba a un gran amor, un amor en el que el silencio susurrara palabras y las miradas abrazaran el alma. Un amor en el que las caricias fueran la melodía y los besos la letra. Un amor que le volviera el mundo del revés y en el que la sorpresa se convirtiera en rutina. Un amor que no pidiera sino que diera, un amor que parara el tiempo y suprimiera la distancia. Un amor que no obligara, sino que propusiera, un amor que tejiera sus días y alumbrara sus noches. Un amor que le mantuviera despeinado y en el que perderse juntos fuera la norma y no la excepción… Un amor sereno e inteligente, pero repleto de sentimiento y, también, de deseo.

De repente, rodeado de todas esas viejas fotografías y subyugado por la música, se sintió viejo, cansado, marchito. Empezó a dudar. Pensó que, a lo mejor, su tiempo ya había pasado y que su vida, de ahora en adelante, sólo consistiría en esperar a alguien que nunca iba a llegar, en esperar a alguien que quizás no existiera… o que no supiera encontrarlo. Le invadió la tristeza y dejó que se abriera camino en su interior sin oponer resistencia… Sin embargo, a pesar de ello, no fue capaz de derramar ni una sola lágrima. Deseaba fervientemente llorar, llorar como un niño, pero las lágrimas no se asomaron a sus ojos. Cogió lápiz y papel y empezó a escribir. Lloró una palabra tras otra, lloró un sinfín de frases y párrafos desordenados e inconexos volcando sentimientos y anhelos. Lloró todas las palabras que un día no tuvo el valor de escribir…

Like a bridge (over troubled water)

stocksnap_z9s8zis9t0Era una freda i fosca nit d’hivern i estava assegut al sofà menjant-me un tros de pizza reescalfada. Tot una “delicatessen”… Les llaunes de cervesa s’acumulaven sobre de la tauleta de centre i em demanaven a crits que les retirés d’allà per portar-les al seu destí definitiu. Jo em feia el dur i no cedia als seus desitjos. Vaig començar a fer zàping per veure si trobava alguna pel·lícula que es pogués veure. He de matisar que el meu concepte de “poder-se veure” havia anat variant amb els anys i ara el llistó estava baix. Era això o escoltar el silenci del pis. I el silenci resultava ensordidor. Hi havia una pel·lícula que acabava de començar i en què sortia una actriu que m’agradava: Gillian Anderson. Vaig començar a mirar-la. L’acció es desenvolupava en algun país africà. Em vaig adonar al cap d’uns pocs minuts que era una d’aquestes pel·lícules que havia vist a mitges. Era una d’aquelles pel·lícules que repeteixen moltes vegades en diferents cadenes i que sempre dubtes si l’has vist sencera. Potser la suma de trossos vistos fora tota la pel·lícula… impossible saber-ho.

De sobte una escena va captar tota la meva atenció. Sonava “Bridge over troubled water i Gillian Anderson, una dona que segueix al seu marit per tot el món, li parava els peus o, per ser més precís, els llavis, a un metge jovenet i seductor, quan la química que s’endevinava entre ells semblava indicar que hi hauria un petó apassionat, seguit del que sorgís…

Brigde over troubled water“, una cançó que em recordava l’època en què et creies gran quan en realitat encara no havies trencat ni la meitat de la closca de l’ou. Una època en la qual t’enamoraves i estar un dia sense ella et semblava la fi del món. Un temps d’amors dels d’aquí i ara, perquè demà ja era massa tard. Sempre va ser una cançó en la que la lletra m’havia captivat i que em transportava a unes nits d’estiu en les quals, estirat al meu llit i al compàs dels seus acords, la imaginació em volava lliure colant-se sense invitació a les festes que els Millet organitzaven al seu jardí, i trobar-me, així, amb la seva filla Mercè… Però en escoltar-la ara vaig pensar que, precisament, això era en el que jo m’havia convertit, en un pont. En un “mecanisme” a punt per ser utilitzat, sempre preparat per ajudar si les aigües baixaven turbulentes i travessar el riu es feia tasca impossible. M’havia convertit en algú útil encara que prescindible…

“When darkness menges

and pain is all around

like a bridge over troubled water

I will lay em down

like a bridge over troubled water

I will lay em down”

Imaginar, més que escoltar, aquests versos em provocava dolor. Sentir-me “quelcom” que només pot aspirar a que les coses vagin malament per ser protagonista no era, precisament, encoratjador. Més aviat era decebedor… i no obstant això havia succeït. Sense avisar, sense estridències, sense que ningú ho advertís m’havia tallat les ales i la meva vida s’havia convertit només en espera.

El que no sabia llavors era que la sensació seria infinitament pitjor un cop hagués “processat” el diàleg de l’escena. Gillian Anderson li explicava al jove doctor el motiu del seu, aparentment, inesperat replegament. Anava de brillantors que eclipsen; de supervivència; de la necessitat de recuperar l’autoestima; de sentir-se atractiva i, sobretot, interessant; d’admiració i d’amor… i de danys col·laterals.

En acabar l’escena Gillian Anderson ja no era Gillian Anderson, i el jovenet seductor ja no era ni tan jovenet ni tan seductor. L’actitud de Gillian va causar més efecte en mi que en el jove doctor. Ell va marxar a casa seva i es va posar a dormir com un tronc. Jo vaig quedar-me desconcertat, em vaig sentir buit i perdut… notava com el cel s’esfondrava sobre el meu cap i no podia suportar el seu pes. La idea del pont va cobrar força dins meu, i el desassossec subsegüent m’impedia pensar amb claredat. No només m’havia convertit en un pont sinó que, a més, la meva vida havia entrat en un carreró sense sortida. Em bombardejaven infinitat d’imatges, de frases, de gestos que cobraven una nova dimensió i sentit després d’aquella revelació en forma de pel·lícula. Vaig apagar el televisor, atès que no volia veure com acabava la història, i em vaig anar al llit. Em feien mal el cor i l’ànima. Em sentia tremendament ridícul, decebut, humiliat… sentia que la meva intimitat havia estat violada i la meva confiança traïda. Em vaig cargolar fins a semblar un cabdell i vaig posar-me a plorar. La tristesa i la ràbia em consumien, perquè en el fons sabia que l’únic culpable era jo…

Cap a les quatre de la matinada vaig decidir que l’única solució era, emulant alguna pel·lícula bèl·lica sobre la Segona Guerra Mundial, dinamitar el pont.

 

Frío

stocksnap_x585mhtu4pEran días de mucho ajetreo. Días de nervios, de prisas, de algún que otro ultimátum y de tintes casi apocalípticos. Guillermo resistía bien la presión, aunque a medida que se acercaba la fecha límite esta especie de locura colectiva iba haciendo mella en él, le iba desgastando. El invierno era siempre frío y oscuridad… o quizás oscuridad y frío, daba igual. Cada día la vuelta a casa se le hacía más larga y pesada, sintiéndose completamente agotado al llegar a ella. Tenía la necesidad vital de aparcar las preocupaciones del trabajo hasta el día siguiente y la firme convicción de que estar tirado en el sofá sin hacer nada le devolvería la energía que la jornada le había robado.

Aunque en realidad encerrarse entre esas cuatro paredes no le proporcionaba el calor que necesitaba. Dentro de esas cuatro paredes no existía un hogar. Le daban cobijo, le aislaban del frío exterior y le protegían de la oscuridad. Sí, pero nada más. Ése era el motivo por el cual todo estaba a medio hacer, a medio montar… todo parecía a mitad de cualquier final. Sentía provisionalidad, que estaba de paso, que estaba itinerante hacia algún lugar todavía desconocido que debería de ser su destino final. Su piso no era una zona desmilitarizada, no obstante en algunos aspectos se le asemejaba. Podía parecer un contrasentido, pero no tenía interés alguno en convertirlo en un hogar. Había tirado algunas toallas en su vida, y ésta era una de ellas. Le traían sin cuidado los muebles, las cortinas, las lámparas o la decoración de las paredes hoy desnudas. ¿Para qué? O mejor dicho, ¿para quién? ¿Para él? Esa era la respuesta que siempre obtenía de su entorno más cercano, habiendo sido incapaz de hacerles entender que él no necesitaba esa clase de objetos. Él necesitaba risas, abrazos, besos, silencios que gritaran su nombre, despertares improvisados, una guerra de almohadas, café para dos, un te quiero inesperado, conversaciones de madrugada, duchas compartidas, una piel amiga que le diera pasión…

Acurrucado en el sofá mientras contemplaba la gélida oscuridad de la noche invernal se percató de que su vida estaba tejida, básicamente, con frío. Se dio cuenta de que tenía el alma helada, de que sus sentimientos se habían congelado en algún lejano momento y por algún olvidado motivo, lo que había provocado que ya no sintiera, que ya no se emocionara. Había guardado la ilusión en el primer cajón de su mesita de noche y el corazón en el segundo. Fríos, gélidos, helados… así vivía sus días y, por ende, sus noches. Frío, gélido, helado… así rezaba en el termostato de su vida. Frío, gélido, helado… así sentía su corazón, incapaz de recomponerse toda vez que el frío lo había agrietado.

Súbitamente sintió la necesidad de mirar a la noche a la cara, mirar a la oscuridad a la cara, mirar al frío a la cara… y entonces su teléfono emitió el sonido característico indicando que había llegado un mensaje: “¿Estás libre para cenar?”. Esas cuatro palabras cambiaron el mundo. Esas cuatro palabras empezaron a derretir el ambiente gélido en el que estaba inmerso. Esas cuatro palabras empezaron a sellar las grietas de su ilusión. Se imaginó la voz de Celsa pronunciándolas y un escalofrío recorrió su cuerpo provocando estallidos de placer allí por donde pasaba. En un acto totalmente irreflexivo, abrió la ventana para que una bocanada de  aire proveniente del exterior se encargara de aniquilar al que se respiraba entre esas cuatro paredes. De repente la noche se le antojó menos oscura y el frío menos intenso. Sintió que la primavera se había presentado inesperadamente en lo más crudo del invierno…

Tu / Tú

photo-1450849608880-6f787542c88a

Em pregunto què tens que no tinguin les altres.

Em pregunto per què estic boig per tu.

Em pregunto per què s’han creuat els nostres camins.

Podria dir que ets la llum que trenca la meva foscor.

Podria dir que trobar-te ha donat sentit a tot el que he viscut.

Podria dir que la teva mirada m’il·lumina l’ànima.

Podria dir que si no existissis t’hagués inventat…

Tot això podria dir, tot això i milions de paraules més.

Quantes paraules es necessiten per definir la perfecció?

Cent paraules en són prou?

Per bé que, ben mirat, només en necessito una… tu.

Tú / Tu

Me pregunto qué tienes que no tengan las demás.

Me pregunto por qué estoy loco por ti.

Me pregunto por qué se han cruzado nuestros caminos.

Podría decir que eres la luz que rompe mi oscuridad.

Podría decir que encontrarte ha dado sentido a todo lo que he vivido.

Podría decir que tu mirada me ilumina el alma.

Podría decir que si no existieras te hubiera inventado…

Todo esto podría decir, todo esto y millones de palabras más.

¿Cuántas palabras se necesitan para definir la perfección?

¿Cien palabras son suficientes?

Aunque, de hecho, sólo necesito una… tú.

L’espelma blanca

4x-10-white-pillar-candles-unscented-cotton-wicks-3_260Malgrat que fos previsible, et sorprèn, et colpeja tan fort que sacseja l’ànima. Sempre més els divendres estaran tenyits de blanc i blau; i de l’entusiasme i el coratge amb els que ens deixaves bocabadats a tots…

Assegut aquí en silenci, observo fixament l’espelma que custodia la caixa. Una espelma blanca altiva, majestuosa, un punt quixotesca i amb la flama totalment immòbil, com si volgués retre’t un respectuós homenatge. Contemplant aquesta flama recordo amb enyorança els moments viscuts, i estic segur que cada divendres, quan la pilota corri, hi haurà un espai buit al camp que ningú sabrà omplir…

.