Akelarre

La palabra mágica, y recalco lo de palabra pues esta historia aparte de tejerse con ellas, como cualquier otra, trata esencialmente sobre palabras, era aquelarre. Con ella se ponía en marcha el mecanismo humano más maravilloso e insustituible: la amistad. No importaba si en ese momento estaban cerca o lejos, atareadas u ociosas, fuera de día o de noche, todas acudían prestas a la convocatoria del aquelarre.

Aquelarre era sinónimo de confidencia, de complicidad, de caldero burbujeante de emociones… y de destrozar si había motivo, de zarandear conciencias, de compartir ilusiones y desdichas, de sanar… Espadachinas de la palabra, dueñas de, aunque parezca un contrasentido, la deliciosa y serena ingenuidad que da haber vivido, avezadas en desatar tempestades si opinaban que era conveniente para alguna de ellas, capaces de noquearte a golpes de sinceridad. Y todo sin premeditación, aunque con nocturnidad y alevosía, mucha alevosía…

Y yo, afortunado entre los afortunados y sin más pretensión que apaciguar mi dolor, tuve el privilegio de tomar parte en uno de estos aquelarres. Las redes sociales, la palabra escrita, el desamor y, por supuesto, la suerte se combinaron para formar la poción mágica que me condujo hasta ellas. Tres mujeres tan distintas y tan iguales a la vez. Mismos principios y convicciones, distintas vicisitudes y finales. Bellas sinfonías que se interpretan a sí mismas sin necesidad de partitura ni de director. Improvisadas día tras día, noche tras noche. Amaneceres de mil palabras y de mil silencios, de complicidades y de chuches. Y por encima de todo, sentimientos desbocados, sinceridad en estado puro, pasión en cada palabra y en cada gesto. Si el aquelarre no te enamora pudiera ser que estuvieras muerto…

El ceremonial marcaba macerar en vino el dolor, la rabia y la tristeza. Y una vez iniciada la maceración, las palabras brotaban con asombrosa fluidez. Surcaban desafiantes el aire penetrando en los corazones de las demás, ya sea para consolarlos o para agitarlos. No había margen para la meditación. Se era espontánea o no se era. La sinceridad formaba parte del ritual. Palabras amables, palabras duras, palabras de consuelo, palabras de ánimo, palabras para recapacitar, palabras, muchas palabras… Y yo aprendía. Aprendía de su actitud, aprendía de sus miradas, aprendía con sus gestos, aprendía de su entereza, aprendía… Lo que más me emocionó fue su capacidad, no ya de comprensión que también, sino de total aceptación de las demás, con sus alegrías y sus penas, con sus distintas formas de afrontar un mismo problema. No querían cambiar a nadie, sólo pretendían algo tan simple, o  tan complicado, como entender. Porque desde el entendimiento empatizaban y eran capaces de volar juntas a pesar de ver la vida de manera distinta. Me enseñaron su significado de palabras como amistad, empatía o respeto. Para mí siempre habrá un antes y un después de aquel aquelarre.

Su belleza interior moldeaba y potenciaba su aspecto físico. Era imposible no quedar cautivado por ellas. Con cada palabra abrían un poco más su corazón, hasta mostrarse completamente desnudas. Y, aunque con pudor y nerviosismo, yo las imitaba, desnudaba mi corazón ante ellas hasta quedarme indefenso porque, en esos precisos instantes, no había lugar en el mundo en el que me pudiera sentir más cómodo. Todo gracias a ellas… Vivir momentos como esos entrelaza las almas de tal manera que, por muchas tempestades que pueda haber en un futuro, veo difícil que estas almas vuelvan a caminar por sendas completamente distintas. Poco importaba que yo fuera hombre y ellas mujeres. Éramos personas. Personas con sensibilidades parecidas, sentimientos a flor de piel y emociones intensas. Personas que compartían mucho más que un espacio y unas copas de vino… Personas que compartían, sin vacilar, una parte de su vida. Y he de confesar que tuve miedo, un miedo atroz… Miedo a no saber estar a su altura.

En la soledad del retorno a mi vida cotidiana le daba vueltas a todo lo acontecido durante el aquelarre. Recordaba expresiones, gestos, risas, momentos… encontraba dobles sentidos, ¡hasta triples!, y cuánto más pensaba más tenía la sensación de haber tenido el privilegio de vivir un episodio sumamente especial. Mi único deseo era no haber defraudado y poder, así, tener la oportunidad de participar en un nuevo aquelarre…

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