El extirpador de recuerdos

Ludovico estaba atrapado por fantasmas del pasado que se le aparecían sin piedad día tras día. No conseguía ahuyentarlos, echarlos de su vida para siempre. Sólo desaparecían a ratos… cuando dormía. Paradójicamente, el dolor que esos fantasmas le infringían era lo único que le recordaba que seguía vivo. Oscuridad era la palabra que mejor definía su presente. Ludovico estaba llegando a una situación insostenible, estaba cerca de un punto de no retorno. Necesitaba apaciguar sus días y darse la oportunidad de tener un futuro… distinto.

Un día en el buzón de su casa encontró propaganda de una clínica. Por alguna extraña razón la leyó, cuando lo habitual en él era que la hubiera tirado sin más. Era una clínica pionera en la investigación y manipulación de recuerdos, un campo nuevo surgido del estudio de las alteraciones del sueño. Llamó para pedir información y concertó una primera visita.

La clínica parecía sacada de una película futurista de ciencia-ficción. Tonos muy claros, mayoritariamente blancos, cristal y espejos estratégicamente colocados. El ambiente respiraba relajación, sosiego, pulcritud y luminosidad. Le atendió la doctora responsable del área de atención al cliente.

  • ¿Qué le trae a la nuestra clínica?
  • He visto propaganda suya y estoy interesado en uno de sus servicios.
  • ¿En cuál?
  • En el de extirpación de recuerdos. ¿En qué consiste?
  • Pues como su nombre indica, somos capaces de extirpar recuerdos no deseados de la mente de las personas. Para ello necesitamos saber exactamente qué recuerdos quiere borrar de su mente y hacerle unas pruebas que nos indicaran en qué parte o partes de su cerebro hemos de actuar. ¿El objeto de olvido es una persona?
  • Sí, es una mujer.
  • Entonces ha de saber que, si se lleva a cabo la operación, deberemos hablar con ella. No coincidirán nunca en la clínica, excepto una vez después de la operación. Para entonces ya no la reconocerá.

La última frase le estalló en la cara. Un dolor inusitado partió del corazón y se fue extendiendo por todo su cuerpo. Que alguien verbalizara sin pudor su deseo oculto le hizo sentir desnudo. Se vio inmerso en un coctel de sensaciones contradictorias del cual no sabía cómo escapar. Huyó de sus sentimientos, algo para lo que estaba preparado, y optó por profundizar en cuestiones más mundanas.

  • ¿Han de perforar el cráneo? –preguntó con preocupación.
  • No, no se trata de una operación de ese tipo. Se realiza mediante una técnica derivada de la cirugía láser ocular. Es una evolución de la misma que, para que me entienda, nos permite entrar sin cortar.
  • ¡Parece magia! -exclamó Ludovico aliviado.
  • No es magia, es ciencia. Y combinando evoluciones de otras técnicas, como la de los encefalogramas o la de resonancias magnéticas, y aplicando principios derivados para la medición de las respuestas corporales a las emociones, elaboramos un “mapa de recuerdos”. La base es el estudio de su respuesta cerebral a lo que nosotros denominamos el “cuestionario del olvido”.
  • ¿Cuestionario del olvido?
  • Sí, es un cuestionario que se responde oralmente mientras monitorizamos el cerebro, y en el que todas las preguntas giran en torno a los recuerdos que quiere borrar. Se trata de un cuestionario personalizado para cada paciente y caso. Las preguntas que contiene son el resultado del análisis de sus respuestas a los tests que se realizan previamente, y las conclusiones de las entrevistas con el cirujano y con el equipo de psicólogos.

Mientras la doctora le explicaba el proceso Ludovico tomó la decisión de someterse a la operación. Dejaría sin más que le extirparan los recuerdos que tenía de Amélie, quería perderla de vista lo antes posible.

  • Resumiendo, el proceso consta de un conjunto de pruebas médicas y psicológicas, para asegurarse que la intervención no le dejará secuelas, en las cuales deberá rellenar doce cuestionarios distintos. Luego se llevan a cabo las entrevistas con los psicólogos y el cirujano. Suelen realizarse entre cinco y diez entrevistas en total, dependiendo del caso. Y finalmente se procede con la prueba oral monitorizada para, en un plazo no superior a ocho días, someterse a la operación de extirpación.
  • ¿Será usted misma quién realice la operación? –preguntó con un cierto nerviosismo.
  • No, yo no opero. Tenemos un equipo de cirujanos expertos en esta técnica. El cirujano que le operaría se decide en el momento de la formalización de la intervención, en función de la programación de sus agendas. De media, las pruebas, las entrevistas, los cuestionarios y el análisis de los resultados suelen llevarnos unos dos meses. Teniendo esto en cuenta, por ejemplo si la formalizáramos ahora, podría operarle el mismo jefe de servicio, el doctor Permaj Ostos.
  • Que sea el jefe de servicio debe de ser bueno, ¿verdad?
  • ¡Muy bueno! Es nuestro cirujano más experimentado –replicó acompañando su respuesta con una espléndida sonrisa que dejaba entrever admiración.

La visita terminó con la formalización de la intervención, y al día siguiente empezó el proceso que debería culminar con el olvido de Amélie. Estaba firmemente convencido de hacerlo, pero eso no quitaba que, a medida que realizaba pruebas y entrevistas, su nerviosismo fuera en aumento. Dónde peor lo pasaba era en los cuestionarios. Debía explicar muchas cosas acerca de su relación con Amélie, y el efecto positivo de compartir una pena era contrarrestado por el tremendo dolor que le causaba recordar momentos que en su día fueron de gloria y que ahora sabían a engaño y olían a ridículo. Los instantes que otrora representaron una enorme descarga interior de positivismo y que le hicieron vibrar el alma, se habían tornado punzadas asesinas que no cejaban en su intento de resquebrajar el poco corazón intacto que le quedaba.

Tuvo varias entrevistas con el doctor Ostos y con el equipo de psicólogos, y al cabo de mes y medio ya había finalizado todas las pruebas médicas y psicológicas. Parecía que todo estaba en orden y se podía afrontar el “cuestionario del olvido”. Le daba mucho respeto porque tenía la impresión de que era el momento en que llegaría a desnudarse por completo, y se pondría totalmente a merced del doctor Ostos. El hecho en sí no le preocupaba, él había escogido libremente operarse, pero no podía evitar sentir que daba el paso final para desprenderse de una parte de su ser, de un parte de su vida… No obstante, el día llegó y él realizó el “cuestionario del olvido”. A los dos días su “mapa de recuerdos” estaba elaborado.

  • Todas las pruebas han salido bien, ya tenemos su “mapa de recuerdos” y le veo decidido y mentalmente fuerte para afrontar la operación. Sólo nos falta acordar la fecha y la hora para la intervención…

Se le hizo un nudo en el estómago que incluso le dificultó la respiración. Olvidar a Amélie representaba una las decisiones más importantes de su vida. Desprenderse de una parte de sí mismo no resultaba nada fácil. Intentó pensar en todo lo que le había conducido hasta allí. Pena, frustración, impotencia, noches en vela, lágrimas y más lágrimas… deseaba que ese maldito dolor desapareciera de una vez por todas, aunque fuera a costa de dejar una parte de sí mismo por el camino. Finamente acordaron que la operación sería el viernes ocho de junio a las cuatro de la tarde.

Y se sometió a la operación. Y el doctor Ostos dijo que había sido un éxito. Y tras un par de días en el hospital sometido a controles médicos muy exhaustivos, y habiéndose el doctor Ostos cerciorado que todo en su mente y en su cuerpo estaba en orden, se sometió a la que ellos llamaban la “prueba del algodón”. Era muy similar a una rueda de reconocimiento policial, pero los sujetos a identificar no eran ni ladrones ni asesinos. Eran gente normal, voluntarios entre los que estaba infiltrada Amélie. Para darle el alta, Ludovico no debía reconocer al sujeto objeto de olvido. Se situó en la habitación contigua parapetado tras el espejo de visión unidireccional que le protegía de las miradas de los voluntarios y, también, de la de Amélie. No reconoció a nadie. Amélie estaba olvidada, su recuerdo había sido borrado.

El doctor Ostos advirtió a Amélie que, bajo ningún concepto, debía “volver a conocer” a Ludovico. El efecto sobre él, si esta circunstancia se diera, era imprevisible, pues podrían mezclarse recuerdos viejos, alterados pero no totalmente borrados, y nuevos, pudiendo llevarle a la locura. Amélie firmó un documento conforme había sido advertida de esta circunstancia y se comprometía a no volver a ver jamás a Ludovico.

La casualidad hizo que ambos salieran de la clínica en el mismo instante. Amélie le miró. No le costó nada reprimir cualquier signo externo de emoción. Ludovico la vio como a un transeúnte más. No la reconoció. Amélie partió hacía la izquierda y Ludovico encaminó sus pasos hacia la derecha…

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