Luna de sangre

Beatriz y Víctor eran amigos desde hacía unos cinco años. Esa tarde estaban bebiendo una copa de vino en el pequeño bar francés que había cerca del trabajo de ella. Dos o tres veces al mes quedaban en ese bar para charlar distendidamente de todo lo que su día a día les había deparado desde su último encuentro, por lo que ambos estaban al corriente de todas sus venturas y desventuras. Aunque había tres temas “fijos” de los que siempre hablaban: el libro que escribía Víctor en sus ratos libres, el taller de diseño de joyas que, con dos socios más, intentaba montar Beatriz, y el panorama amoroso de cada uno, pues ninguno de los dos tenía pareja estable. Habitualmente Víctor intentaba pasar de puntillas sobre este capítulo porque, si bien daba por hecho que era del todo imposible, estaba irremisiblemente enamorado de Beatriz, y escuchar de sus labios determinadas historias sólo le provocaba dolor… No obstante, además de hablar, reían, sobre todo reían y paraban el tiempo.

  • ¿Te he dicho alguna vez que eres un encanto? –preguntó retóricamente Beatriz.
  • No –mintió Víctor sonriendo- pero puedes repetírmelo tantas veces como quieras.

Víctor la miró y el brillo de sus ojos delató la admiración que sentía por Beatriz. Ella también le miraba fijamente a los ojos.

  • Si no fuera porque soy lesbiana… haces que a veces me lo replantee…
  • ¿De veras? –dijo riendo a carcajada limpia Víctor- Es la declaración de amor más original que me han hecho nunca. ¿A ver si resulta que eres bisexual?
  • ¿Bisexual? No, no… igual lesbiana curiosa, con espíritu científico.
  • ¿Espíritu científico?
  • Predisposición para la experimentación… ¡y además rima!

Ninguno de los dos pudo reprimir las carcajadas.

  • Pero recuerdo que me contaste que habías tenido un novio…
  • Sí, cuando tuve novio fue cuando me di cuenta que me gustaban las mujeres. Me enamoré de la novia de un amigo suyo. Esto te lo tengo que haber contado, porque te he contado toda mi vida.
  • Me suena la historia…

Estuvieron casi tres horas compartiendo conversación, risas y vino… bastante vino. Hablaron de jefes que no daban la talla, de proyectos imposibles que se hacían posibles a base de robarle horas al sueño y saber tratar a las personas, de la rodilla de Víctor, del pie de Beatriz y hasta del calentamiento global. En el siempre peliagudo capítulo de los amores comprobaron que seguían igual, y que no había nada en el horizonte que indicara que esta situación fuera a cambiar. Al despedirse Víctor la besó en los labios.

  • Es para ver si te convierto –dijo guiñándole un ojo e intentando darle un toque jocoso a la frase- Como me has dicho que te hago dudar…
  • Bobo…

Notar como sus labios se tocaban le produjo una descarga interior que lo dejó inmovilizado durante unas décimas de segundo. Seguramente las décimas de segundo más dulces que recordaba en mucho tiempo.

  • Por cierto, que ya no me acordaba. Quería pedirte un favor.
  • Dime.
  • ¿Puedes guardar en tu casa unas llaves de mi piso? El otro día me las dejé dentro y me partió la tarde. Aprovechando que tu casa está cerca de la mía he pensado que si no te importa que te dé una copia…
  • ¡Claro!, dámelas y las guardaré en casa.
  • Te lo agradezco, porque no sabes la cantidad de tiempo que perdí con el incidente de las llaves… tiempo y dinero.

Sacó del bolsillo de la americana un llavero con el símbolo de la arroba y se lo dio a Beatriz.

  • La semana que viene estoy fuera de viaje –comentó Víctor- Te llamo cuando vuelva y quedamos.
  • De acuerdo.

Y cada uno marchó hacia su casa.

Cinco horas después, Víctor estaba sentado en la mesa del comedor escribiendo el próximo texto que publicaría en su blog. Sonaban las primeras notas de piano de Moonglow. El relato contaba la historia de dos buenos amigos que, con el paso del tiempo y a base de compartir conversación y copas de vino, se enamoraban perdidamente el uno del otro aunque ninguno de los dos lo verbalizaba. A menudo pasaban horas contándose sus vidas, hablando de lo que les gustaba, lo que les preocupaba, sobre sus sueños… Había llegado al punto del texto donde debía introducir elementos para que la relación se torciese, donde debían aparecer los primeros problemas que, a la postre, les conducirían a un amargo final. Pero aún no tenía claro en qué clase de aprietos pondría a sus protagonistas. La voz rota de Rod Stewart pronunciaba las primeras frases de la canción.

It must have been Moonglow, way up in the blue, it must have been Moonglow, that led me straight to you

Enfrascado como estaba buscando crear desavenencias entre sus personajes, no oyó la puerta del piso abrirse ni tampoco cerrarse al cabo de unos segundos. Así mismo, no se percató de que ella entraba en el comedor procurando no hacer ningún ruido, andando descalza con mucho sigilo. Ni vio brillar el cuchillo que Beatriz llevaba en la mano al incidir en su hoja la luz de la lámpara del comedor. Ni pudo reparar en el cambio físico que parecía haber sufrido Beatriz en estas últimas cinco horas. Los mismos rasgos aunque mostrando una expresión radicalmente distinta, algo situado entre la ira y el miedo. Dos Beatrices que parecían las caras de una misma moneda. De repente Rod Stewart empezó a cantar a muchísimo más volumen y Víctor hizo ademán de girar la cabeza hacia el equipo de música.

And now when there’s Moonglow, way up in the blue, I always remember, that Moonglow gave me you, that Moonglow gave me you

No logró girarla totalmente. La primera puñalada hizo que hoja del cuchillo penetrara en diagonal por la base del cuello reventándole la yugular. Un alarido de dolor inundó el comedor y peleó con Rod Stewart por la posesión de decibelios. El chorro de sangre que broto subió hasta el techo, y empezó a teñir de rojo intenso todo lo que encontró a su paso al caer. La sangre salía a borbotones a cada espasmo del cuerpo de Víctor. Los aullidos de dolor habían reducido su volumen sonoro. Rod Stewart había dejado paso al saxo que interpretaba un solo sensual y acaramelado. La dulzura de la melodía, la rabia y agresividad del rostro de Beatriz, el rojo intenso de la sangre por doquier, la plasticidad de los movimientos de la asesina -porque incluso en estas circunstancias sus gestos eran elegantes– formaban una combinación dotada de un extraordinario surrealismo. Cualquier director de cine hubiera firmado esa escena. La segunda puñalada le perforó el pulmón derecho. Apenas lo notó. Apenas se le oía… La tercera ya no la sintió, su alma ya había abandonado el cuerpo. Le destrozó los riñones.

Beatriz limpió la sangre de la pantalla y leyó el texto que Víctor estaba escribiendo. Una vez leído, tecleó una sola frase:

Su único pecado fue enamorarla

Advertisements

2 thoughts on “Luna de sangre

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s