Doble cero (con licencia para morir)

Aquilino García Lumbreras, conocido como Little Bond, era una máquina diseñada para matar y engañar. O mejor dicho, para engañar y, si acaso, matar. Durante los dos primeros años en “la Agencia” había sido adiestrado para ser el espía perfecto: localizar un objetivo, diseñar una estrategia de acercamiento, obtener la información requerida, desaparecer sin dejar rastro y, si era necesario, eliminar a los malos. Su modelo de referencia era, cómo no, James Bond. Aunque rápidamente comprobó que las películas sólo son eso, películas… Sobre todo en lo que a las mujeres se refería. En eso tampoco se parecía a James Bond. Y en realidad M se llamaba Correa y lucía un enorme bigote, Q era mujer y se apellidaba Fernández y Moneypenny respondía al nombre de Gertrudis Martínez. ¡Ah! y el Aston Martin era un Seat Ibiza…

Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias. A pesar de que los medios materiales no eran comparables a los del MI6 de las películas de James Bond, su adiestramiento no tenía nada que envidiar al que recibían los agentes británicos. No tenía amigos, sólo fingía tenerlos. No tenía amantes, sólo engatusaba mujeres, o al menos lo intentaba, para sacarles información… y, pocas veces muy pocas veces, para satisfacer sus deseos carnales. Había aprendido que el sexo no era importante ni necesario, y que era una de las mayores distracciones que un espía podía tener. Estar metido en faena y que de repente lleguen los malos acostumbra a acabar mal… y no para los malos. Por eso cuanto menos sexo mejor.

(Nota al margen aunque esté en medio del texto: el que no se consuela es porque no quiere)

No tenía familia. Según le habían contado, sus padres habían muerto en un accidente de coche cuando él tenía tres años. A partir de ahí había ido de familia de acogida en familia de acogida hasta que “la Agencia” lo adoptó. Carecía de recuerdos… verdaderos. Todos habían sido prefabricados, aunque él lo ignoraba por completo. Nunca se había enamorado… o eso era lo que él contaba y de lo cual, erróneamente, se vanagloriaba. Creía que le hacía parecer más duro y más interesante para el público femenino. Además, según el manual del buen agente secreto, estaba prohibido enamorarse. Seducía, si tenía suerte, pero jamás era seducido. Aunque a veces costaba, le habían entrenado para eso. Era el peligro principal para un espía… y lo sabía.

Le habían ayudado a deshumanizarse, a solidificar su corazón, a reprimir permanentemente sus emociones. Su cerebro regía siempre los designios de sus acciones, corazón incluido. Los sentimientos los había ocultado en algún lugar recóndito durante sus entrenamientos como espía. Y no recordaba dónde. De esta forma era menos vulnerable, y de eso se trataba. Era inmune al dolor, al sufrimiento propio o ajeno, al amor, a la rabia, a la ira, a la ternura… Su respuesta a cualquier estímulo o situación siempre era racional y estaba desprovista de cualquier atisbo de emoción. Evaluaba situaciones y actuaba en consecuencia. Había recibido entrenamiento específico para desarrollar todas las aptitudes que necesitaba para sobrevivir a la vida de espía.

Y toda esta formación había dado sus frutos. En la actualidad era uno de los mejores hombres de “la Agencia”, por lo que siempre le asignaban las misiones más arriesgadas y difíciles. La última misión le llevó a Villefranche-sur-mer, un pueblo de la Costa Azul cerca de Niza. Llegó en una embarcación de recreo como si de un turista más se tratase… La información de que disponía no era totalmente correcta y le capturaron. Nunca supo si le tendieron una trampa o si todo fue fruto del azar y de los caprichos del destino… y de un exceso de confianza por su parte. Lo cierto es que los malos lo cogieron y, después de dos lanchas rápidas y una furgoneta, acabó en la bodega de un barco mercante rumbo a Valparaíso. Pero en la bodega no estaba solo. Estaba acompañado por tres de los malos: uno vestido con un elegante traje negro que era quién hacía las preguntas, una bestia parda de más de dos metros de altura, y por ahí andaría de anchura, que era quién le golpeaba cuando el del traje se lo indicaba, y un oriental bajito que disponía de todo un arsenal de utensilios de dentista, además de unas cuantas jeringuillas y pequeños frascos con líquidos de varios colores, que, obedeciendo también al del traje, lo utilizaba para infligirle dolor o calmárselo según conviniera, y para, químicamente, someter su voluntad. Con ese panorama nada bueno cabía esperar que sucediera.

Y aunque Aquilino García Lumbreras, conocido como Little Bond, había sido entrenado para afrontar este tipo de situaciones, la realidad le superó y se desmoronó emocionalmente. Sentir en carne propia que nadie le buscaría, que el mundo negaría su existencia o que ninguna persona le echaría en falta le provocaba un intenso dolor en el pecho… y en el alma, porque de repente descubrió que tenía alma y recordó el recóndito lugar dónde había olvidado sus sentimientos. Por primera vez en su vida adulta se sintió desdichado, se sintió infeliz, se sintió un don nadie. Empezó a llorar ante la mirada atónita de los tres malos que se burlaban de él. Pero ya no los veía, sólo pensaba en que él, al igual que “la Agencia”, no existía, en que ni siquiera formaría parte de una triste estadística, en que su muerte, al igual que su vida, escondería una gran mentira, en que no había sabido vivir lo suficiente. A la postre se dio cuenta de que el hecho de no existir, de ser invisible y pasar desapercibido también tenía, como casi todo en la vida, dos caras. Él que se jactaba de ser un témpano de hielo, infalible a sensiblerías y trampas emocionales; él que siempre era el depredador que jugaba con la presa; él que catalogaba de débiles fracasados a los que no podían controlar sus emociones…

Lo último que sus ojos verían antes de cerrarse definitivamente sería una mugrienta bodega en la que sólo tendría ocasión de despedirse de los malos y de algunas ratas. Pensó que era injusto que no tuviera la oportunidad de escribir un final mejor. Pero la vida no es justa… y la muerte tampoco… o quizás sí… En esos instantes finales pensó en todas las veces que el miedo le impidió confesar que estaba enamorado, en los besos que deseó con locura y no fue capaz de dar, en los te quieros que nunca se atrevió a pronunciar… No existir quizás tuvo sus ventajas pero en el momento decisivo resultó ser la mayor de las desventajas.

Y ahora que sabía pronta la llegada de su hora, esa en la que los creyentes se encomiendan a Dios y los no creyentes también, no fuera que los creyentes estuvieran en lo cierto, se percató de que el amor nunca había dejado de formar parte de su vida, aunque él lo hubiera negado y hubiera fingido todo lo contrario para no ser vulnerable. Su vida había sido un engaño mayúsculo, tanto para él como para los demás. “Te quiero”, susurró pensando en ella, aunque los malos ya no le dieron tiempo a decir nada más…

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