Sábado por la tarde

Marta era rubia, con los ojos verdes, de busto escaso, estatura mediana y muy atlética. Tanto que algunos  la tachaban de hombruna. Para nada. A mí me resultaba muy atractiva. En muchas ocasiones me quedaba embobado mirándola… aunque procuraba disimular. Era un encanto de chica. Rebosaba alegría y dulzura, era inteligente y nunca tenía un desaire para nadie. Si gozabas de su amistad sabías que podía contar con ella.

Carlos era rubio, con los ojos azules, guapo, deportista y repartía simpatía a raudales. Era capaz de enamorar a todas las chicas que se propusiera. Y también a sus madres. No pasaba desapercibido en ningún lugar. Mi antítesis. Y era uno de mis mejores amigos. Y también salía con Marta.

Con ella, y sin él, coincidía en el gimnasio. Cada vez que nos encontrábamos allí yo lo vivía como una pequeña victoria. Un lugar repleto de cuerpos cuidadosamente moldeados, esclavos de una mezcla formada por dietas saludables, complementos alimenticios, esfuerzo, constancia y espejos, cuya recompensa era tan espectacular como efímera, pues salirse de la pauta fijada significaba, con toda seguridad, dejar de ser uno de los referentes de la manada. Y ante todo ese elenco de jóvenes esculturales Marta hablaba conmigo y hasta reía mis gracias. Lo dicho, un triunfo en toda regla.

Con ella, y con él, coincidía todos los fines de semana. La admiraba en secreto procurando pasar desapercibido, lo cual me resultaba extremadamente sencillo, y bebía para que los besos que se daban no dolieran tanto. Y bebía y bebía, fabricándome preventivamente una coartada por si, en un momento de debilidad, se me escapaba alguna tontería… vacunación lo llamaba yo.

Un sábado por la tarde, mientras caminábamos más o menos en grupo dirigiéndonos a un local donde solíamos montar fiestas, aprovechó que me había quedado un poco rezagado y me esperó.

  • ¿Puedo preguntarte algo? –me dijo sin muchos rodeos.
  • Claro, dime.
  • ¿Sabes de alguien a quién yo le guste?

Su pregunta me cortó la respiración. La miré como no dando crédito a sus palabras. Empecé a sentir una intensa sensación de calor. Hubiera gritado un estruendoso sí, pero me contuve. Se trataba de mi amigo y no creía que enrollarse con su novia fuera una buena idea. Aunque tenía unas ganas locas…  

  • Pero… ¿y Carlos? ¿No quieres continuar con él?
  • Estoy cansada de sus idas y venidas. Si quiere ser una mariposa que vuela de flor en flor me parece muy bien, pero que no cuente conmigo.
  • Bueno, no sé, así de golpe… eh… hum… eh…

Me sentía atrapado entre el deseo y la amistad. Y no sé si alguien puede estar preparado para un momento así, pero yo no lo estaba.

  • Alguien habrá, ¿no? –exclamó Marta- ¿O es que soy muy fea?
  • ¡No! –exclamé con contundencia- De fea nada, eres muy guapa.
  • ¿Entonces? –preguntó pícaramente.
  • A cualquier chico del grupo le gustas, estoy seguro.

Mi mente iba a mil por hora sopesando qué contar y que no, cómo enfocar la conversación y qué emociones debían aflorar. En un acto a mitad de camino entre la cobardía y la caballerosidad decidí no dar rienda suelta a mis sentimientos, e inventarme un supuesto admirador que estaba seguro que no sería de su agrado.

  • El que me ha estado haciendo preguntas sobre ti es Quique.

Quique era el mayor del grupo y el “más pasado de vueltas” de todos. De buen seguro, la palabra macarra la habían incluido en el diccionario debido a él. Era el único que no estudiaba, trabajaba de botones en una oficina bancaria lo que le permitía tener más dinero que los demás. Lo conocíamos desde niños, y eso era el motivo por el cual, a veces, salía con nosotros. Sus diversiones se movían por parámetros muy distintos a los nuestros. Era la oveja negra del grupo.

-¿Quique? Ah… lo tendré en cuenta –comentó en el mismo instante que llegamos al local. Me pareció percibir cierta decepción en su mirada. Quizás esperaba que la respuesta a su pregunta fuera “yo”…

Un mes después de aquel sábado por la tarde dejé de ir asiduamente con el grupo. Me enamoré locamente de una amiga de mi hermana, y mi camino empezó a separarse del suyo.

Tres meses después de aquel sábado por la tarde Marta y Carlos lo dejaron definitivamente. A los pocos días ella empezó a salir con Quique.

Seis meses después de aquel sábado por la tarde Marta y Quique tuvieron un accidente de moto. El cóctel de alcohol y drogas hizo que se estamparan contra un camión. Marta murió al instante.

Desde entonces cada ocho de junio me despierto de madrugada empapado en sudor y pienso qué hubiera pasado si mi respuesta hubiera sido un simple y sincero “yo”. Cada ocho de junio por la noche mi culpabilidad viene de visita y lloro mientras resuena en mi cabeza la última canción que bailé con ella ese maldito sábado por la tarde…

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