La estrella y el pescador

estrella-1Cuenta una antigua leyenda calabresa que una noche de luna llena una estrella perdió el equilibrio y cayó en la playa conocida como Playa de la Bergamota. Al llegar al suelo la estrella impactó en una roca partiéndose uno de sus brazos, por lo que no pudo volver a elevarse. Y para mayor infortunio, fue a parar justo en la orilla y poco tiempo habría de transcurrir antes de que el agua del mar la apagara para siempre. Pero la vio caer un pescador que estaba faenando cerca del lugar, y condujo raudo su barca hasta la playa. La estrella le suplicó que la sacara de la orilla y que la mantuviera encendida, para dar tiempo a que su brazo se regenerara y pudiera así subir hacia la bóveda celeste, que es donde debía estar. Para no quemarse, el pescador la cogió mediante dos ramas que encontró en la arena y la depositó cuidadosamente entre unas rocas que se encontraban a salvo del oleaje. Con unas cuantas ramas de la vegetación que rodeaba la playa hizo una pequeña hoguera sobre la que colocó a la estrella. El aroma que desprendía aquella hoguera era extremadamente fresco e intenso, y la estrella empezó paulatinamente a recuperar el brillo, primero, y, pasados diez o quince minutos y ante los asombrados ojos del pescador, el brazo que le faltaba comenzó a crecer.

Hasta en tres ocasiones más hizo acopio de ramas y hojas para mantener el fuego encendido, mientras la estrella llegaba a brillar con todo su esplendor y su brazo roto crecía y crecía sin parar. A pesar de no poder tocarla ni mirarla directamente más que unos pocos segundos, parecía haberse establecido una extraña conexión entre ambos, basada en el agradecimiento de la estrella y la fascinación que ésta despertaba en el pescador. Algo mágico estaba sucediendo esa noche en la Playa de la Bergamota que tenía como protagonistas a una estrella y a un pescador.

Finalmente, después de unas cuantas horas, el brazo roto adquirió el mismo tamaño que los otros. La estrella ya podía elevarse y volver a su lugar en el firmamento.

  • ¿Podré volver a verte? –le dijo el pescador a la estrella con un marcado tono de súplica.
  • Yo sabré encontrarte -le susurró mientras iniciaba la ascensión.

Y así fue. Al cabo de unas semanas, cuando estaba de nuevo pescando cerca de la Playa de la Bergamota oyó que alguien le llamaba. Vio que, suspendida sobre la playa, brillaba una intensa luz que parecía “mirarle” fijamente. Se dirigió rápidamente a la playa para comprobar con alegría que la estrella había vuelto, aunque esta vez de forma totalmente voluntaria. Manteniendo siempre las distancias, empezaron a conversar. Ella le habló de su casa, la constelación de Vela, y él le habló del mar, su mayor pasión. Enlazaban los temas de conversación de una manera sorprendentemente natural. Conversaron acerca de perfumes, sobre heroínas anónimas que merecían un lugar destacado en la historia, de la maravillosa magia que les había permitido encontrarse… de todo aquello que se les pasó por la imaginación. Estuvieron horas, que a él le parecieron minutos, contándose la historia de sus vidas, hasta que se hizo tarde y la estrella tuvo que volver a su constelación. A partir de aquella “primera cita” los encuentros entre ambos se sucedieron y, paulatinamente y por voluntad de ambos, se dieron cada vez con mayor frecuencia, hasta llegar a “verse” cada pocos días. El pescador esperaba siempre ansioso la “llamada” de la estrella para acudir a la playa y disfrutar de su compañía. Poco a poco y sin darse cuenta, su vida empezó a girar en torno a estos “encuentros”. A medida que pasaban los días, cada vez sentía más la necesidad de verla, de “estar” con ella, de contarle deseos y sueños, de dejarse ir en su compañía… Guardaba en secreto estas “citas”, pues cualquier persona hubiera considerado que no estaba en su sano juicio de saberse que se “veía” regularmente con una estrella. Consideró que no podía compartir con nadie la inmensa alegría que sentía, el estado de permanente felicidad que sólo se explicaba porque una estrella venía a verle y hablaba con él. Visto así, él era el primero en pensar que estaba loco, aunque esta locura le estuviera proporcionando los momentos más maravillosos de su existencia. Pero él lo veía de otra manera. Él vivía sus citas como una explosión de sentimientos que le acercaban a una felicidad que hasta entonces le era desconocida, que no se identifica con nada concreto y que no puede explicarse, sino que sólo puede sentirse.  En cada encuentro se dejaba llevar sumergiéndose en la amalgama que formaban la estrella, sus historias, la playa, el mar y el firmamento. Era su paraíso particular. Sabía que nunca podría despertar una mañana a su lado, ni contemplar juntos una puesta de sol o pasear cogidos de la mano por la orilla del mar, pero, lejos de desanimarse, cuanto más tiempo pasaba con ella más la deseaba. Hasta que una idea absurda vino a su mente. Se había enamorado…

Durante un tiempo dudó, dudó de él, de ella, de la situación, dudó de todo. Quizás estaba entrando en una locura absurda que no le conduciría a ninguna parte y sólo sembraría la semilla del dolor. Días de sentimientos encontrados, de contradicciones, de pensamientos negativos y positivos a la vez… Y una mañana de primavera decidió que los sueños imposibles son los más bonitos de perseguir, y que la sola esperanza de que un día dejen de ser imposibles es lo que hace dar la mejor versión de uno mismo. Junto a la semilla del dolor sembró la de la esperanza. Sólo cabía esperar y ver cuál de las dos crecía mejor y más rápido.

Y así fue pasando el tiempo, entre encuentros, risas, conversaciones profundas y no tan profundas, y dejándose llevar por la magia que, un día ya lejano, había aparecido entre ambos. Nunca le confesó su amor, por razones obvias. El pescador se “despojó” de todas aquellas relaciones que podían llegar a tener algún tinte amoroso, no porque se viera forzado a ello, sino porque ninguna mujer resistía una comparación con “su” estrella. La fascinación que sentía por ella le hacía vivir la vida de otra manera, con el único anhelo de volver a verla un día tras otro. Pero la vida de una estrella y la de un humano se miden en tiempos muy distintos, y el pescador llegó a la madurez mucho antes que ella. Y, anciano ya, le llegó el final, y murió hacia el mediodía de un diez de junio. Dejó escrito que quería que lo quemasen y que lanzasen sus cenizas al mar, delante de la Playa de la Bergamota. Y así se hizo.

Y dicen que unos días más tarde, otro pescador que faenaba cerca de la Playa de la Bergamota, vio como una luz se desplomaba del cielo para caer en el mar, justo enfrente de la playa. Rápidamente fue hacia el lugar, pero sólo le dio tiempo a ver a una estrella que, inmóvil en el fondo del mar, iba perdiendo su luz hasta que se apagó por completo.

 

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