Fotografías

stocksnap_c536c62904Estaba sentado en el sofá mirando las fotografías que había encontrado en una caja olvidada en el fondo del armario de su habitación. El contenido de esa caja era un sucinto resumen gráfico de su vida. Alguna foto de cuando era un bebé en situaciones que, evidentemente, no recordaba pero que su madre se había encargado de describirle con vehemencia. Su infancia, feliz y prometedora, llena de inocencia, alegría y admiración. También había alguna de su etapa adolescente. Harina de otro costal. Feo, tímido y siempre malhumorado para protegerse así de sus fracasos… digamos sociales. No fue una etapa especialmente brillante, pues a menudo su luz se atenuaba al lado de la de sus amigos. Su primer gran amor… las primeras veces de muchas cosas… el ansia por comerse el mundo… la sensación de ser eterno… una iglesia. El número de fotos menguaba cuanto más se adentraba en su etapa adulta. Un amor loco. Follar versus hacer el amor. La locura como bandera. Sus hijos, lo más grande de este mundo. Recuerdos maravillosos, recuerdos amargos… Más fotografías, aparentemente inocuas, pero que a sus ojos resultaban alegres y tristes al mismo tiempo. Sabor agridulce…

En el ordenador sonaba Photograph… ¿casualidad? No, seguramente era adrede. Algunas veces pasaba horas escuchando canciones. Canciones tristes, canciones que dolían, canciones que no hacían más que recordarle que ella aún no había llegado, que debía seguir esperándola. Esperaba a un gran amor, un amor en el que el silencio susurrara palabras y las miradas abrazaran el alma. Un amor en el que las caricias fueran la melodía y los besos la letra. Un amor que le volviera el mundo del revés y en el que la sorpresa se convirtiera en rutina. Un amor que no pidiera sino que diera, un amor que parara el tiempo y suprimiera la distancia. Un amor que no obligara, sino que propusiera, un amor que tejiera sus días y alumbrara sus noches. Un amor que le mantuviera despeinado y en el que perderse juntos fuera la norma y no la excepción… Un amor sereno e inteligente, pero repleto de sentimiento y, también, de deseo.

De repente, rodeado de todas esas viejas fotografías y subyugado por la música, se sintió viejo, cansado, marchito. Empezó a dudar. Pensó que, a lo mejor, su tiempo ya había pasado y que su vida, de ahora en adelante, sólo consistiría en esperar a alguien que nunca iba a llegar, en esperar a alguien que quizás no existiera… o que no supiera encontrarlo. Le invadió la tristeza y dejó que se abriera camino en su interior sin oponer resistencia… Sin embargo, a pesar de ello, no fue capaz de derramar ni una sola lágrima. Deseaba fervientemente llorar, llorar como un niño, pero las lágrimas no se asomaron a sus ojos. Cogió lápiz y papel y empezó a escribir. Lloró una palabra tras otra, lloró un sinfín de frases y párrafos desordenados e inconexos volcando sentimientos y anhelos. Lloró todas las palabras que un día no tuvo el valor de escribir…

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