Frío

stocksnap_x585mhtu4pEran días de mucho ajetreo. Días de nervios, de prisas, de algún que otro ultimátum y de tintes casi apocalípticos. Guillermo resistía bien la presión, aunque a medida que se acercaba la fecha límite esta especie de locura colectiva iba haciendo mella en él, le iba desgastando. El invierno era siempre frío y oscuridad… o quizás oscuridad y frío, daba igual. Cada día la vuelta a casa se le hacía más larga y pesada, sintiéndose completamente agotado al llegar a ella. Tenía la necesidad vital de aparcar las preocupaciones del trabajo hasta el día siguiente y la firme convicción de que estar tirado en el sofá sin hacer nada le devolvería la energía que la jornada le había robado.

Aunque en realidad encerrarse entre esas cuatro paredes no le proporcionaba el calor que necesitaba. Dentro de esas cuatro paredes no existía un hogar. Le daban cobijo, le aislaban del frío exterior y le protegían de la oscuridad. Sí, pero nada más. Ése era el motivo por el cual todo estaba a medio hacer, a medio montar… todo parecía a mitad de cualquier final. Sentía provisionalidad, que estaba de paso, que estaba itinerante hacia algún lugar todavía desconocido que debería de ser su destino final. Su piso no era una zona desmilitarizada, no obstante en algunos aspectos se le asemejaba. Podía parecer un contrasentido, pero no tenía interés alguno en convertirlo en un hogar. Había tirado algunas toallas en su vida, y ésta era una de ellas. Le traían sin cuidado los muebles, las cortinas, las lámparas o la decoración de las paredes hoy desnudas. ¿Para qué? O mejor dicho, ¿para quién? ¿Para él? Esa era la respuesta que siempre obtenía de su entorno más cercano, habiendo sido incapaz de hacerles entender que él no necesitaba esa clase de objetos. Él necesitaba risas, abrazos, besos, silencios que gritaran su nombre, despertares improvisados, una guerra de almohadas, café para dos, un te quiero inesperado, conversaciones de madrugada, duchas compartidas, una piel amiga que le diera pasión…

Acurrucado en el sofá mientras contemplaba la gélida oscuridad de la noche invernal se percató de que su vida estaba tejida, básicamente, con frío. Se dio cuenta de que tenía el alma helada, de que sus sentimientos se habían congelado en algún lejano momento y por algún olvidado motivo, lo que había provocado que ya no sintiera, que ya no se emocionara. Había guardado la ilusión en el primer cajón de su mesita de noche y el corazón en el segundo. Fríos, gélidos, helados… así vivía sus días y, por ende, sus noches. Frío, gélido, helado… así rezaba en el termostato de su vida. Frío, gélido, helado… así sentía su corazón, incapaz de recomponerse toda vez que el frío lo había agrietado.

Súbitamente sintió la necesidad de mirar a la noche a la cara, mirar a la oscuridad a la cara, mirar al frío a la cara… y entonces su teléfono emitió el sonido característico indicando que había llegado un mensaje: “¿Estás libre para cenar?”. Esas cuatro palabras cambiaron el mundo. Esas cuatro palabras empezaron a derretir el ambiente gélido en el que estaba inmerso. Esas cuatro palabras empezaron a sellar las grietas de su ilusión. Se imaginó la voz de Celsa pronunciándolas y un escalofrío recorrió su cuerpo provocando estallidos de placer allí por donde pasaba. En un acto totalmente irreflexivo, abrió la ventana para que una bocanada de  aire proveniente del exterior se encargara de aniquilar al que se respiraba entre esas cuatro paredes. De repente la noche se le antojó menos oscura y el frío menos intenso. Sintió que la primavera se había presentado inesperadamente en lo más crudo del invierno…

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