A horcajadas

a-horcajadasPor qué la llamaba Australia no lo recordaba ni él, pero a ella parecía gustarle. No tenía nada que ver con ese país y, sin embargo, esa palabra les proporcionaba complicidad e impregnaba de simpatía y calidez su relación. Era mágica. De repente le espetó:

  • Australia, tú nunca has estado en Australia, ¿verdad?

Ella le miró con esa cara divertida que ponía cuando conseguía engañarle y que hiciera lo que ella quería, esa cara en la que se dibujaba la sonrisa que le tenía cautivado.

  • ¿He dicho algo que no toca? –preguntó arqueando exageradamente las cejas para dejar bien palpable su incredulidad.
  • No –contestó ella–, no puede haber nada que no toque… ¿recuerdas?

Esas palabras le hicieron súbitamente retroceder hasta el día que la conoció. Fue en París, apenas tenían dieciocho años y se comían el mundo. Ella trabajaba de camarera en un pequeño bar de Montmartre para así pagarse sus estudios de arte. Él estaba de vacaciones y entró a tomar una copa con sus amigos. Su mirada, sus labios y el Zubrowka, no sabía si por ese mismo orden, hicieron que esa noche acabasen compartiendo la cama de la buhardilla donde ella vivía. Cuando se despertaron él le dijo:

  • No sé si toca decir esto, pero no quiero irme, quiero estar contigo hasta cansarme…
  • Si así lo sientes significa que toca – fue su respuesta al tiempo que le besaba.

Han pasado más de treinta años y aún le seguía sacando una sonrisa cada vez que se lo proponía. Lo que más le seducía de ella era el vínculo de complicidad emocional que había surgido espontáneamente aquel lejano día en París y que ya nunca había desaparecido. Aparentemente se diría que Australia era despreocupada, insensible y banal. Nada más lejos de la realidad. Tras ese estudiado disfraz se escondía una mujer siempre en estado de alerta, atenta a cualquier gesto, a cualquier palabra, con una sensibilidad poco común y que tenía una capacidad de sufrimiento superior a la normal. Aunque a veces eso se volviera en su contra, pues acababa sufriendo en silencio, sola… tremendamente sola… hasta que le dejaba entrar. Su pasión por ella hacía el resto… Era simple y complicada a un tiempo, pero no sabía disimular sus emociones. Tampoco quería.

Pero esa mañana su semblante estaba más serio de lo normal y tenía un cierto aire taciturno. Su mirada denotaba que alguna cosa no funcionaba como debía.

  • ¿Serás sincero conmigo? –le preguntó Australia.
  • Claro, ¿cuándo no lo he sido?
  • Esta mañana, cuando me he levantado, me he mirado al espejo y no me he reconocido… me he preguntado si te gustaba como antes…
  • ¡Por supuesto! ¿Qué te hace pensar que no es así?

Siguió hablando haciendo caso omiso a su comentario. Muy típico en ella.

  • La que me miraba desde el otro lado del espejo no era yo. Era una mujer mayor, con arrugas, sin brillo, con aspecto de cansada… ¿es así como me ves?

Él la abrazó, y besó suavemente sus labios. Australia se apartó un poco.

  • Te estoy hablando en serio, no sé qué me pasa…
  • Lo sé, sé que hablas en serio, no pretendía trivializar nada. A lo mejor no me crees, pero ¿sabes qué pensé ayer por la noche mientras me dormía?
  • ¿Qué pensaste?
  • Que era muy afortunado porque un día te habías cruzado en mi camino, que después de treinta años aún seguía teniendo ganas de llegar a casa para verte, que seguía sin entender la vida sin ti, que por mucho que viviera no tendría tiempo de saciar mis ganas de ti, que seguías haciéndome vibrar cada vez que tu mirada se encontraba con la mía, que seguía queriendo vivir permanentemente en tus labios…

Australia se abalanzó sobre él y sus labios se unieron en un cálido beso. Poco a poco, pero sin dejar de besarse, la ropa fue cayendo al suelo hasta quedar completamente desnudos. Labios y lenguas, lenguas y manos, manos y labios, no quedó ni un solo centímetro de piel por explorar, guiándose tan sólo por la intensidad de sus gemidos y sus susurros. Su excitación fue creciendo hasta que sus sexos evidenciaron un irrefrenable deseo carnal. Con un movimiento rápido y decidido, la cogió por los muslos y la levantó del suelo. Desplazándose un poco hacia atrás se aposentó en el borde la cama, sentándola a horcajadas sobre sus muslos. Su miembro se deslizó con suma facilidad para introducirse en el sexo de Australia. Sus cuerpos iniciaron un acompasado movimiento de vaivén, al tiempo que no dejaban de mirarse en una actitud rayana en lo desafiante. Él no podía dejar de acariciarle los pechos, de mordisquearle el cuello y los labios. Ella le arañaba la espalda y los glúteos, mientras que con sus muslos lo apretaba fuertemente hacia ella para que la penetración fuera más profunda. La cadencia de sus movimientos iba aumentando paulatinamente hasta alcanzar un ritmo frenético pero placentero, para, pasados unos momentos, ralentizarse hasta casi detenerse. Estos cambios de ritmo no hacían más que avivar su deseo hasta situarlos en una espiral de placer que parecía no tener fin. Gemidos, susurros y sonidos onomatopéyicos ininteligibles conformaban la particular banda sonora de su erótico y sensual momento. No dejaban de mirarse, de besarse, de tocarse, de sentirse… El estallido de placer le llegó primero a Australia. Él tardó un poco más en alcanzarlo, lo cual le dio tiempo a ella para repetir.

Se quedaron en silencio tumbados en la cama, abrazándose como si les fuera la vida en ello. Ambos tenían los ojos cerrados. Querían memorizar esos instantes y pretendían seguir viendo durante el mayor tiempo posible esa “mirada a horcajadas” con la que se habían obsequiado mutuamente. No querían que nada perturbase sus sentidos.

  • ¿Te cuento un secreto? – le preguntó él pasados unos minutos.
  • ¿Aún tienes secretos para mí? – contestó Australia que pareció ponerse un poco en guardia.
  • No es nada que te vaya a disgustar, todo lo contrario… ¿Recuerdas cuando publicaste tu primer libro?
  • ¡Cómo no iba a recordarlo!, “Veinte pinturas veinte razones” se titulaba. Se trataba de crear conciencia social a través del arte… entonces era muy inocente e inexperta.
  • No sé si eras inocente e inexperta. Lo que sí sé es que eras, y eres, toda pasión. Pones pasión en todo lo que haces y, si es necesario, te desgastas hasta vaciarte para conseguir lo que realmente quieres. Y eso enamora…

Hubo un pequeño silencio en el noté que ella saboreaba mis palabras.

  • Pero no era esto lo que te quería contar. Te quería hablar de tu libro. Me lo regalaste y más que leerlo lo devoré. Tenía veinte capítulos, uno para cada cuadro, en los que desgranabas su esencia, descubrías la técnica que escondía su elaboración y dejabas constancia de tu manera de vivir el arte y, también, la vida. Las palabras trascendían al libro y al arte, revelando distintas facetas tuyas, desde la Australia reivindicativa hasta la condescendiente, desde la mujer hecha a sí misma hasta la que busca la ayuda de sus amigos para lograr lo que anhela. A medida que avanzaba en la lectura de tu libro me iba enamorando más de ti, si eso podía ser posible…

Australia sonrió halagada.

  • Me lo leí en una noche. Bueno, a decir verdad, no lo terminé. Dejé el último capítulo por leer.
  • ¿Y eso? –preguntó Australia con cara de asombro.
  • Pensé que sería una manera de tener algo de ti pendiente de descubrir, pensé que de esta manera siempre habría algún matiz tuyo desconocido para mí, y que eso haría que nunca perdiese mi interés por ti. Actuaría a modo de antídoto para protegernos de la monotonía y la rutina. Si esas dos malvadas llegaran a nuestra vida sería cuando habría de leer el último capítulo del libro con la esperanza de, como sucedió aquella noche, descubrir una nueva razón por la que enamorarme de ti. Todavía no he tenido necesidad de leerlo… Supongo que yo también era inocente e inexperto.

Ella sonrió maliciosamente, le besó en los labios y se sentó a horcajadas en sus muslos…

 

Advertisements

3 thoughts on “A horcajadas

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s