El momento perfecto

Desde que le dijo que se podían volver a ver había estado obsesionado en encontrar el momento ideal para la cita. Pretendía tener en cuenta todos los aspectos que, a su entender, influían en crear un ambiente adecuado, para que el momento escogido fuera perfecto. Estudió la meteorología a un mes vista, para evitar escoger un día lluvioso, caluroso en exceso o incluso más frío de lo apetecible. Buscó qué día habría luna llena, pues era un amante de este astro y creía a pies juntillas en su influencia, aunque eso limitaba mucho… Finalmente consideró aceptable una visibilidad lunar superior al 90%. Le daba más margen, casi una semana. Examinó, también, con sumo detenimiento su agenda laboral. Debía escoger un día que pudiera tomárselo libre o prácticamente libre, pues no le convenía ir con prisas. Por las noches se dejaba las pestañas navegando en busca del restaurante: de ambiente romántico pero no en demasía, preferiblemente junto al mar, que no fuera excesivamente caro pues quería impresionar pero no alardear, que tuviera algún aspecto original, distinto a los demás, que se diferenciara… Encajar todas las piezas del puzzle se había convertido en una tarea sumamente complicada. Pero sus desvelos no fueron en vano. Al cabo de cinco días y después de aplicar lógica y rigor a sus razonamientos, identificó el día y el restaurante más idóneos para su cita: el 30 de septiembre en el restaurante Blin & Mas, un pequeño pero encantador restaurante de estilo colonial situado en Playa Santa María, cuyos propietarios, Dafne Blin y Marcel Mas, le habían dado un nuevo aire retro, aunque parezca un contrasentido, que lo estaba convirtiendo en uno de los restaurantes de moda de la zona. 

La cita tendría lugar al cabo de diez días… si a ella le iba bien. Le mandó un mensaje y cruzó los dedos. En los casi cuarenta y cinco minutos que tardó en contestar estuvo realmente nervioso y hasta un poco ausente. Finalmente le llegó un correo electrónico. Al ver el nombre en la bandeja de entrada el corazón le dio un vuelco. No se decidía a abrirlo. Imaginaba respuestas… siempre malas noticias, todas diciéndole que por algún motivo u otro la comida no podía ser ese día. Transcurridos unos minutos lo abrió. Había aceptado. Casi se le saltaron las lágrimas de alegría. En ese momento deseaba que la cita hubiera sido al día siguiente, pero cuidar todos los detalles era importante para él, por lo que debía esperar. Que la cita saliera perfecta o no ya sólo dependía de él… y de ella, ¡claro! Esos diez días fueron los más largos de su vida. Le parecía que tenían más de veinticuatro horas. Eran innumerables las veces que miraba el reloj para acabar cerciorándose de lo despacio que pasaba el tiempo. No obstante, aunque despacio, el tiempo transcurrió y por fin llegó el gran día. Esa mañana no hubo forma de que se concentrase en el trabajo. Había tenido la precaución de anular todas sus reuniones y estaba encerrado en su despacho viendo las horas pasar. Era incapaz de leer su correo, o de redactar un informe o, incluso, de mantener una conversación de más de dos minutos sin perder el hilo. Sólo estaba pendiente de que no llegara un mensaje que significara un cambio de planes.

Decidió salir temprano del trabajo y dirigirse al restaurante dónde habían quedado en verse. Llegaría temprano y eso le daría opción, después de aparcar, a dar un paseo por los alrededores para coger aire y calmar sus nervios. Se dirigió hacia el aparcamiento donde tenía el coche. Mientras andaba pensaba en la cita, la estudiaba. Imaginaba la conversación que tendrían. Ensayaba frases, imaginaba las respuestas de ella, preparaba las réplicas adecuadas, intentaba no dejar nada al azar… le aterrorizaba el azar y la improvisación. Necesitaba la seguridad que dan la planificación y la previsión.

Fue en uno de esos cruces que nadie, ni peatones ni conductores, tienen claras las cadencias de paso. Un cruce de dos calles anchas de doble sentido de circulación con posibilidad de giro, y con secuenciación especial para los vehículos de transporte público. Estaba pensando cómo debía iniciar “la conversación” mientras cruzaba una de las calles, toda vez que los automóviles se habían detenido. El hombre de la barba lo intuyó, pero apenas pudo reaccionar. El joven de pantalones caídos y gorra de skater intentó avisarle. Pero él no lo vio hasta que la mujer gritó. Sólo acertó a ver algo enorme de color rojo con el símbolo de Mercedes que se le echaba encima. Acto seguido se oyó, y él además sintió, el crujido de un golpe mortal. Durante un segundo desfilaron rápidamente por su mente los abrazos escamoteados, los besos no dados y los te quieros no dichos. Y también pudo ver todos los momentos perfectos que pospuso y que no fueron…y que ya jamás serían. Después sólo hubo nada…

Ella no le mandó ningún mensaje anunciándole un cambio de planes, como él temía. El cambio de planes lo había preparado, en secreto, su destino…

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