Lo que las palabras esconden

photo-1448546120959-a4b0e3dd910dBerta y yo habíamos consolidado una gran amistad. Atrás había quedado nuestro enamoramiento quinceañero, la pasión desenfrenada inicial y nuestra indiferencia posterior. A raíz de coincidir en un congreso, al cual estuve a punto de no asistir, retomamos el contacto y esto nos hizo dar cuenta que, dormida en nuestro interior, estaba agazapada una gran amistad que pugnaba por salir a la primera oportunidad que tuviera. Y así lo hizo, aunque en honor a la verdad hay que decir que de manera desigual…

Me convertí en su mejor amigo, en la persona que conocía todos sus secretos, todos sus romances y a la que le contaba cualquier cosa que pasaba por su cabeza, por loca que fuera. Detectaba su estado de ánimo con solo mirarla a los ojos. A veces no nos hacían falta palabras para entendernos. Nos convertimos en inseparables, aunque la mayoría del tiempo, inseparables virtualmente. Pero la distancia no importaba porque “siempre estábamos juntos”. Y esa distancia decidimos vivirla de una forma extraordinariamente romántica: a base de cartas. “Eres un romántico incurable” solía decirme, a lo cual yo le replicaba que, si ella había aceptado de buen grado dejar el correo electrónico, los whatsapp’s y demás artilugios tecnológicos sólo para casos de emergencia, sería porque en el fondo de su ser se escondía una visión romántica de la vida, aunque nunca se hubiera atrevido a mostrarla. Sería una prueba que su reputación no resistiría…

Era directora de recursos humanos de una multinacional del sector de la alimentación, y se pasaba mucho tiempo viajando por todo el mundo y, a veces, también hacía estancias de unos pocos meses en alguna ciudad donde se habría una nueva delegación. Hacía un par de semanas que estaba en Nueva York. Le escribí mi primera carta desde que se había marchado. Empecé con un “Hola gordita, ¿cómo estás?”, que era el cariñoso saludo de todas mis misivas. Escribí unas cuantas líneas con banalidades y memeces, de esas que todos creemos que son necesarias cuando las escribes pero que consideramos totalmente superfluas cuando las leemos. Finalmente entré en materia.

Por aquí tengo novedades… ¿Adivinas? Sí, ¡has acertado! Nunca lo hubiera dicho pero me he enamorado como si fuera un adolescente. Me pongo nervioso sólo con pensar en verla. Es maravillosa, un encanto de mujer. No sé explicarte por qué me he enamorado de ella. Supongo que por nada en particular y por todo en general. Por su forma de hablar, por su manera de ladear la cabeza, por como se muerde el labio inferior, por el brillo de sus ojos al sonreír, por… por… ¡yo que sé! Sí, sí, ya sé que pensarás que se me ha ido la olla. Y quizás sea cierto, pero me da absolutamente igual. Hacía mil años que no me sentía así, que no vibraba de esta manera, que no sentía estas ganas de vivir… que no tenía ganas de saltar, de cantar, de reír, de bailar a todas horas. Me parece que es la persona que he echado de menos toda mi vida. Sí, ya sé, no podía echarla de menos si no la conocía. Tú siempre tan racional… Por unos instantes permite que mi lado romántico coja el timón. Deja que sea Caperucita quién se coma al lobo, que Blancanieves se enamore del cazador, que el príncipe azul en realidad sea verde o que la rana al besarla se convierta en bufón… Deja que tu imaginación vuele libre, ¡aunque sólo sea una vez en la vida!

Bueno, hasta aquí las buenas noticias. Ahora la mala… la mala es que ella no siente lo mismo por mí, pero todo se andará. No voy a dejar de verla. No es que sea masoquista, ¡es que estoy enamorado! Aunque tampoco estoy muy seguro que a veces no sea una sutil forma de masoquismo…

Bueno, ya está bien de hablar sobre mí. En tu próxima carta me tienes que contar sobre:

  • Nueva York… ¿Ya te has aclimatado a la ciudad? Dicen que cuesta un poquito acostumbrarse al palpitar de esta urbe, pero que cuando entras en sintonía con ella caes rendido a sus encantos ¿Cierto?
  • Amor… ¿Novio americano? ¿Sexo en Nueva York? ¿Cuántos se te han echado al cuello ya? No me digas ninguno porque no me lo voy a creer ¿Un ático en Manhattan? Umm…

Y ya sabes, te juré amor eterno y la eternidad aún no ha terminado. Bueno, ya me contarás…

Perdidamente a tus pies,

Ernesto

La carta de Berta llegó al cabo de una semana. Había dos partes. En la primera me contaba que estaba encantada en Nueva York, que un jeque qatarí, de nombre Jalil, se había enamorado perdidamente de ella y la trataba como a una reina. Avión, yate, unos cuantos coches entre los que habían un Rolls-Royce y un Ferrari, varios apartamentos y casas… en fin, estaba viviendo un sueño maravilloso. Además era un hombre culto y atractivo. Tenía que pellizcarse a menudo para cerciorarse de que seguía despierta.

En la segunda parte de la carta hacía comentarios a lo que yo le había contado en la mía.

¡No me vengas con lo de que te has vuelto a enamorar! ¿Cuántas veces van en este último año? ¿Cuatro? ¿Cinco? ¿Cuántas veces me has contado esta misma historia con palabras muy parecidas? Céntrate, no fuerces la situación, no te precipites, deja que la vida fluya a su aire, no dejes que tu ansia de compañía te haga ver a la mujer ideal en cualquiera que se cruce en tu vida… Ya sabes que luego te quedas hecho una piltrafa. ¿Estás seguro esta vez? Cuenta hasta diez antes de responder… ¡o hasta cien! ¿Recuerdas lo que me dijiste la vez anterior? Transcribo literalmente:

“Esta vez sí que es la definitiva. Esta mujer es la que he estado buscando siempre, la que he esperado que apareciera y mi paciencia ha tenido premio… la malo es que ella no lo sabe aún”

¡Mira que eres enamoradizo! En fin, ya veo que tu próxima carta será lacrimógena, lo presiento… aunque me gustaría equivocarme. Te dejo que viene a buscarme Jalil. Vamos a dar una vuelta en helicóptero (también tiene uno) ¡una pasada!

¡Muchos besos!

Cuídate y no hagas tonterías

Berta

Una mueca, a modo de amarga sonrisa, se dibujó en mi rostro. Berta no acostumbraba a inmutarse por mis amores. Eso lo vivíamos de manera muy distinta… De vez en cuando, con la esperanza de despertar en ella un sentimiento distinto al de la amistad, le mentía contándole que me había enamorado, diciéndole que había encontrado, por fin, al gran amor de mi vida. Siempre era mentira… siempre, excepto la primera vez. La primera vez que se lo dije era cierto, me había enamorado perdidamente… y aún lo estaba. De ella. Pero para Berta se trataba simplemente de un sentimiento que no podía existir, de una situación imposible, de una posibilidad que nunca pasaría por su cabeza… ni por su corazón. Me hizo una disertación muy racional sobre el porqué no podía estar enamorado de ella. Muy de Berta… muy jodido. Sentí que se me desgarraba el alma. Disimulé, y le dije que sólo se trataba de una broma para ver qué cara ponía… “¡Cómo voy a enamorarme de ti!”, le dije de la manera más convincente que pude. Ese día sus palabras fueron puñales que se clavaron uno tras otro en mi corazón causándome un intenso dolor que aún hoy me acompaña.

Con el paso del tiempo me he acostumbrado a él y apenas lo noto, aunque sé que está ahí. Los razonamientos de Berta sobre nuestra amistad que de vez en cuando surgen ya apenas hacen mella en mí. Sin embargo, de vez en cuando en la intimidad de mi cama y envuelto en la oscuridad de la noche, me quito la coraza y vuelvo a ser yo. Y entonces dejo que mis emociones me dominen y lloro. Lloro mi dolor, lloro su ausencia y lloro las ganas que tengo de ella…

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