El coleccionista de peros

rak3Norberto Gardenia era un tipo de lo más corriente, a pesar de su nombre. Ni alto ni bajo. Ni gordo ni flaco. Ni guapo ni feo. Si bien pasaba desapercibido en cualquier situación y ambiente, todo el mundo tenía palabras de elogio para él, sobretodo las mujeres, lo cual hacía que muchos hombres le criticaran… injustamente. No obstante detrás de todas las frases bonitas y amables que, principalmente las mujeres, le dedicaban, siempre aparecía un pero. Su vida sentimental había estado plagada de peros. Peros grandes, peros pequeños, aunque siempre peros. Él acostumbraba a entenderlos e incluso, en alguna ocasión, hasta había llegado a estar de acuerdo.

Sin embargo el último pero había hecho mella en él, le había dejado muy tocado. Era de los que no comprendía y decidió que necesitaba respirar otros aires y contemplar otros paisajes. Sin pensárselo dos veces, cogió tres meses de excedencia en el trabajo y se marchó de viaje. Decidió visitar algunos de los lugares que faltaban en su lista y más deseaba ver. Estuvo contemplando los moais de la Isla de Pascua, admirando las pirámides de Egipto, observando animales y naturaleza salvaje en Tanzania, y durmiendo bajo la estrellas en el desierto de Rub al-Khali. Y allí fue donde su vida cambió. Sucedió en la primera excursión que hizo para ver una zona de dunas móviles. Su guía y él, cual niños, jugaron a zambullirse en la arena cómo si de un mar se tratara. En una de las ocasiones Norberto tocó con la mano un pequeño objeto de tacto metálico. Era una moneda, un dírham que tenía una particularidad: las dos caras eran iguales.

  • ¡Hashim! – exclamo – ¡He encontrado un dírham con las dos caras iguales!
  • Eso es un augurio de buena suerte.
  • ¿Sí?

El guía le explicó que encontrar un dírham con las dos caras iguales era señal de que la fortuna le acompañaría en todo lo que hiciera. Si lo tenía en su poder conseguiría todo lo que se propusiera, nada ni nadie se le resistiría. Pero si lo perdía la desgracia caería sobre él. Si alguna vez, por el motivo que fuera, quería deshacerse del dírham, debería dejarlo en el mismo lugar donde lo había encontrado. Dejarlo en otra parte le depararía las mismas consecuencias negativas que si lo perdiera.

  • ¿Y si se lo regalo a alguien?
  • No lo haga. A usted le empezarían a pasar cosas malas y el dírham perdería toda su magia.

Y, efectivamente, cuando regresó de su viaje empezaron a desaparecer todos los peros de su vida. En el trabajo todo eran felicitaciones y ascensos, ganaba en todos los juegos de azar en los que participaba y seducía a cualquier mujer que se lo propusiera. Lograba todo aquello que se empeñaba en conseguir.

Una noche acudió a la fiesta de cumpleaños de una amiga. Allí le presentaron a Anaïs. Sólo cruzó cuatro palabras más o menos tópicas con ella, pero por alguna extraña razón esa mujer le quedó grabada en su mente. Coincidieron en tres o cuatro ocasiones más, en las cuales su conversación se limitó a algunos “hola”, varios protocolarios “¿qué tal va?”, unos tímidos “siempre coincidimos cuando hay fiestas” y un interesado “¿dónde has conseguido la copa de vino?”. Hasta que llegó la boda de Clara, una amiga común. El destino quiso que se sentaran uno al lado del otro. Si su presencia siempre le había hecho fijarse en ella, conversar con Anaïs fue lo que le confirmó que no era una persona como las demás. Hablaron durante horas sobre mil cosas. De sus trabajos, de viajes, de comidas, de música, de perfumes, del mar… A Norberto le parecía que, en su boca, cualquier tema resultaba interesante. En un inesperado arrebato de locura pensó que Anaïs podía ser la mujer que siempre había estado esperando. De repente todos los peros de su vida parecían cobrar sentido, como si la última pieza de un complicado rompecabezas hubiera aparecido: Anaïs. En esa cena consiguió su teléfono y una cita. Esa noche, mientras se dormía, su pensamiento daba vueltas alrededor de ella. Le parecía una mujer distinta a todas las que había conocido, una mujer que ponía pasión en todas y cada una de sus palabras, una mujer que buscaba la inteligencia por encima de todo, una mujer que parecía tener una fortaleza fuera de lo común… Hacía mucho tiempo que nadie le había hecho sentir ese “algo especial”, mezcla de escalofrío y hormigueo, que recorre el cuerpo sin que pueda llegarse a controlar. Ese “algo especial” que cuando se define con palabras se limita. Entonces se dio cuenta que quería conquistarla sin trucos, sin ayudas, sin el poder del dírham, sólo con la magia que él fuera capaz de crear…

A la mañana siguiente la llamó para cambiar su cita. Le dijo que debía ausentarse por trabajo unos días. A la vuelta quedarían para cenar. Y montó un viaje relámpago a Abu Dhabi. Localizó a Hashim y le pidió que lo llevara de nuevo al desierto. Quería devolver el dírham. Y así lo hizo. Sólo aterrizar en Barcelona se citaron en un restaurante japonés que a Norberto le encantaba. Cuando ya iban por la segunda botella de vino se dejó ir.

  • Estos días que he estado fuera me he dado cuenta de una cosa – empezó a decir Norberto.
  • ¿De qué?
  • De que me apetece mucho conocerte, saberlo todo de ti… me gustaría compartir contigo todos los momentos que me dejes, disfrutar juntos de las cosas buenas de la vida… Ya sé que no tiene ningún sentido, pero te he echado mucho de menos.
  • Tú también has dejado huella en mí. Eres un tipo genial, me encanta tu forma de ver la vida, me gusta tu actitud y me identifico con tu carácter… y me encuentro muy, muy a gusto contigo, de verdad, de lo contrario no estaría cenando hoy aquí… pero hay un problema.
  • ¡Vaya! Ya no recordaba la sensación que me provocaban los peros… en el fondo soy gilipollas… podría haber evitado esta situación…
  • No te entiendo – repuso Anaïs – ¿Qué quieres decir?
  • Da igual, es muy largo de explicar. ¿Y de qué se trata esta vez? ¿Hay un novio o un marido? ¿Me quieres como amigo e ir más allá rompería la magia de nuestra amistad? ¿Soy un tipo genial y maravilloso que se merece a alguien mejor que tú? ¿Acabas de salir de una relación que te ha dejado tocada y no estás preparada para estar con nadie? ¿No soy yo, eres tú que estás en una etapa mística y no sabes realmente qué quieres, y piensas que el destino te guiará y si algo debe suceder ya sucederá? Tengo más repertorio, pero entre éstas ya tienes donde escoger, no es necesario que inventes ninguna excusa.
  • No se trata de nada de eso-replicó Anaïs denotando su enfado.
  • ¿Entonces?
  • He ganado una beca para investigar la fauna de la Fosa de Tonga. La semana que viene me voy a Nueva Zelanda durante un año. No quiero empezar nada que pueda llegar a lastimar ni a mí ni a nadie. No te puedo pedir que estés un año esperándome…

Este pero no lo esperaba. La expresión de Norberto fue suavizándose paulatinamente hasta que su enfado desapareció por completo. Hacía el mismo daño, sin embargo su autoestima lo llevaba mejor. Se quedó pensativo.

  • No es ninguna excusa, créeme –continuó ella- Sabía que podía pasar algo así, y he estado dudando en aceptar tu cita o no. Pero tenía muchas ganas de verte…

Norberto seguía pensando un tanto ajeno a las palabras de Anaïs.

  • ¿Te importaría salir con un camarero? – le interrumpió súbitamente Norberto.
  • ¡¿Qué?!-exclamó Anaïs arrastrando la e-¿Un camarero? No entiendo nada…
  • El inglés sólo lo chapurreo y el maorí ni lo huelo, y si me voy a Nueva Zelanda intuyo que sólo podré trabajar de camarero. Pero estudiaré inglés y prometo progresar y poder volver a trabajar pronto como delineante. Voy a dejar el trabajo y me voy contigo a Nueva Zelanda. Aquí no me ata nada… Bueno, si tú quieres claro…
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