Siempre nos quedará París

fbe2a14a6c090f718b86e31ff90c3f66María estaba casada y tenía tres hijos, dos chicas y un chico ya mayores, que hacían su propia vida. La mayor estaba independizada, y el chico marcharía en breve a Australia becado por la Universidad de Melbourne. Su vida se había convertido, desde hacía unos años, en una sucesión de tareas rutinarias y repetitivas completamente anodinas, con una única válvula de escape: su trabajo. El arte era lo único que realmente la hacía vibrar. Dirigía una galería en el casco antiguo de la ciudad que, a pesar de los malos augurios iniciales de toda su familia, funcionaba cada vez mejor. Dentro de poco se iba a publicar, en una revista especializada, una entrevista que le habían realizado sobre la necesidad de emprender y reinventarse, como un ejemplo de caso de éxito.

Víctor estaba casado y tenía dos hijas. Todavía vivían en casa, aunque lo de vivir era sólo un decir. Allí tenían fijada su residencia y su punto de avituallamiento, lo que no significaba que pasaran la mayor parte del tiempo en esa casa. La monotonía se había instalado en su relación de pareja y muchas veces pensaba que era feliz por inercia, porque así debía de ser, porque así lo esperaban todos. Era un peaje que pagaba de forma inconsciente… Se dedicaba a la impresión de objetos en 3D, experimentando con la utilización de distintos materiales y texturas. Su objetivo era conseguir la impresión de nano-objetos, básicamente para la industria farmacéutica y para su aplicación en el campo de la cosmética.

Se conocieron en una cafetería por casualidad. Sin querer Víctor derramó café en el vestido rojo de María. Él quiso hacerse cargo del coste de la limpieza. Se intercambiaron datos y teléfonos para los formalismos con la compañía de seguros. La mancha de café dio para mucho, y en una comida que él había sugerido a modo de disculpa y que galantemente pagó, se dieron cuenta que tenían una afición en común: los relatos sobre espías. Y ahí empezó todo… Cada uno asumió un rol y se dedicaron a vivir aventuras que sólo existían en su imaginación, y que improvisaban en cada encuentro, secreto, que tenían. Primero fueron intercambios disimulados de mensajes en clave. Mensajes que en su imaginación salvaban al mundo del terrible destino que “los malos” le habían reservado. Luego fueron citas con múltiples puntos de encuentro a los que siempre debían acudir por separado, para que no les siguieran. También tuvieron encuentros en los que se identificaron por el libro que llevaban bajo el brazo o por las, aparentemente, inocentes frases que dos desconocidos se decían cuando uno simulaba buscar una dirección. De vez en cuando Víctor contaba con la colaboración, sin que ella lo supiera, de algún amigo suyo que participaba en el juego, ya fuera de confidente, correo e incluso perseguidor. En sus citas siempre había un lugar para comer, beber y charlar. Los vivían con suma excitación y nerviosismo, sintiendo emociones que creían perdidas y sumergiéndose, por unas horas, en una realidad imaginaria que les daba vida. A pesar de que la atracción entre ambos era más que evidente, nunca había habido sexo entre ellos. Era una decisión no verbalizada que ambos habían interiorizado. Él tenía miedo a la reacción de María, tenía miedo a perder esas aventuras que tanta vida le insuflaban. Ella no lo hacía debido a su forma de entender la vida, en general, y las relaciones familiares en particular.

Una mañana María recibió un mensaje, en clave, de Víctor. Llevaba como título “Operación Huître”. Le estaba proponiendo, para su próxima cita, volar a París a primera hora de la mañana, comer ostras La Cabane à huître, un pequeño restaurante de Montparnasse, y entregar allí una clave, regresando nada más terminar. Llegarían a casa a la hora habitual. Tenía reservados los billetes y sólo necesitaba un sí de ella para confirmarlos. María apartó la propuesta de su mente por absurda. ¡Irse a comer a París era de locos! Estuvo a punto de responderle pero se frenó. Contestaría más tarde. Tenía trabajo administrativo atrasado y necesitaba concentrarse en él. Pero durante las dos horas siguientes su mente, de vez cuando, escapaba de las paredes de la galería y visualizaba la Tour Eiffel. París… Era una enamorada de esa ciudad. La había visitado cientos de veces. Unas pocas físicamente, las demás con la imaginación. París…

Tuvo tres llamadas casi consecutivas. El banco, que no acostumbra a dar buenas noticias, y esta vez no fue una excepción; uno de sus clientes cancelando una operación que ya estaba casi cerrada; y su marido, para decirle que no vendría a cenar, todo un clásico. “Vaya racha llevo hoy, y aún no son ni las doce”, pensó. Transcurridos unos minutos de repente dejó lo que estaba haciendo y se quedó pensando. “¿Y por qué no?”, se preguntó en voz alta, “¿Por qué no París?”. A menudo sus juegos de espías duraban horas, y muchas veces estaban ilocalizables “porque lo decía el guion”. Y comer ostras en París sería una aventura formidable… Una fuerte excitación recorrió su cuerpo. Sin pensarlo dos veces respondió el mensaje de Víctor con una sola frase: “Eres el diablo, pero París perfecto”.

No habían transcurrido ni cinco minutos cuando llegó un segundo mensaje de Víctor. Detallaba el plan a seguir el día de la aventura parisina. El viaje coincidía con la celebración de la  feria CePRINT en París, un evento especializado en impresión 3D surgido hacía un par de años al amparo del CeBIT de Hannover. Sería su tapadera para el viaje. La de ella sería el interés de un jeque árabe afincado en París que estaba montando una red de pequeñas galerías de arte por todo el mundo con el objetivo de potenciar artistas noveles fuera de sus países de origen. Estaba interesado en comprar su galería y le había pedido que se reunieran en París. Podía resultar el negocio de su vida.

El plan del viaje era el siguiente:

08:40 – Llegada al aeropuerto, cada uno por separado

11:05 – Llegada a París

12:10 – Comprar ropa para ella en el boulevard Hassmann

13:00 – Comida en La Cabane à huîtres y entrega de las claves secretas

16:25 – Llegada al aeropuerto, esta vez juntos

18:50 – Llegada a Barcelona

Memorizó el plan y, como de costumbre, destruyó el mensaje.

El miércoles 8 de junio a las 08:40 de la mañana María y Víctor aparecieron en el aeropuerto, cada uno por su cuenta, como dos pasajeros cualesquiera con destino París. Ella iba vestida con un traje de chaqueta negro de falda muy corta y ceñida, una blusa color malva y zapatos, también negros, de tacón alto. Llamaba mucho la atención, y de esta manera nadie se fijaba en el pasajero del asiento de al lado. Pasaba totalmente desapercibido. Perfecto.

Ambos cogieron el mismo tren para trasladarse hasta el centro de París, aunque subieron en vagones distintos. Su próximo punto de encuentro era Printemps, una tienda de ropa situada en el Boulevard Haussmann. Allí María debía comprarse ropa para cambiar de look. En París debía llevar algo más informal, menos llamativo. Se vistió con unos vaqueros, una camiseta azul oscuro que llevaba escrita, a base de minúsculas piedras brillantes, la palabra bleu, una cazadora de cuero negra y unas manoletinas. Ya juntos, se dirigieron al restaurante.

Pidieron ostras acompañadas de un magnífico champagne, y a les 13:58 en punto Víctor fue al servicio a dejar en la papelera el sobre con las claves secretas. Cuando estaban tomando café y saboreando unas deliciosas trufas, se montó una gran algarabía en la recepción del restaurante. Minutos más tarde un camarero les comentó que había habido un atentado en París y habían cerrado aeropuertos y estaciones de tren hasta nueva orden. La noticia fue una sorpresa mayúscula y tras unos primeros instantes de desesperación se dieron cuenta que no les quedaba más remedio que avisar a sus casas y buscar algún lugar para dormir, aquella noche, en París. Llamaron a información del aeropuerto que les confirmó que permanecería cerrado, como mínimo, hasta la mañana siguiente.

  • Voy a pedir que “la agencia” nos proporcione un lugar seguro donde pasar la noche – comentó en voz alta a la par que enviaba un mensaje con su móvil.

Pidieron una segunda ronda de cafés y unos digestivos. La prisa había terminado. Un camarero les sirvió los cafés y los digestivos, y retiró las tazas vacías. Cuando se había ido vieron que encima de la mesa había un sobre blanco. Dentro había una nota:

“Hotel des Belges

33 rue de Saint Quentin”

  • Nuestro alojamiento seguro – dijo él al tiempo que sonreía.

El hotel estaba en una calle pequeña y, realmente, no llamaba mucho la atención. El edificio era viejo y las comodidades escasas, aunque estaba limpio. Pidieron dos habitaciones contiguas. A pesar de morirse de ganas de estar con ella, Víctor no se atrevió a sugerir que cogieran sólo una habitación. Les dieron habitaciones que se comunicaban. Por las respectivas ventanas se veía el night club del otro lado de la calle: el Blue Moon. Un rótulo de neón esparcía, a intervalos regulares, su nombre a los cuatro vientos. La mise en scène era magnífica. Antes de acostarse volvieron a llamar al aeropuerto y corroboraron que permanecía cerrado, y que aún no había previsión para abrirlo. Cada uno se retiró a su habitación.

Él ni siquiera se metió en la cama. Estaba desesperado pensando que les separaban tan sólo unos pocos metros, pero no se atrevía a ir a su habitación e intentar que sucediera algo. Hubiera vendido su alma al diablo para estar con ella pero tenía miedo que no sintiera lo mismo que él, y que su intento pudiera ser el principio del fin. No se veía capaz de ir más allá. Era consciente que quizás jamás habría otra situación como aquella, pero… Encendió la televisión para así pensar en otra cosa e intentar calmarse. Apareció un programa de música. Sonaba We’ve got tonight…

We’ve got tonight

Who needs tomorrow?

We’ve got tonight, babe, why don’t you stay

No había transcurrido ni un cuarto de hora, cuando la puerta que comunicaba las dos habitaciones se abrió y apareció María. Un repentino estallido interior le hizo sentir algo parecido a una mezcla entre angustia e ilusión. Su corazón nunca había palpitado tan deprisa. Hasta le dolía. Era ahora o nunca. No podía moverse ni articular palabra.

  • Ya que tú no venías he venido yo – dijo desabrochándose la blusa y dejando al descubierto su pecho – ¿A qué esperas?

Víctor se levantó como empujado por un resorte imaginario y por su cabeza cruzó fugazmente la mítica frase de Casablanca: “Siempre nos quedará París”. El rótulo de neón del Blue Moon permitía ver, de manera intermitente, dos cuerpos desnudos entrelazados dando rienda suelta a su deseo…

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