El sueño

ZWR47F8RKGFinal de día. Me envolví con un manto de dolor y abracé el vacío del otro lado de la cama. Soledad estaba conmigo, nunca me abandonaba. Me estaba planteando si debía rendirme y aprender a amarla. A veces la engañaba con Tristeza aunque, en el fondo, sospechaba que ella lo sabía. Quizás alguna vez debería pensar en hacer un trío… Si había una palabra que definía mi vida, esa era provisional. Todo en mi vida era provisional, a veces pensaba que incluso yo mismo lo era… así lo sentía. En fin, por hoy el cupo de pensar se había agotado. Cerré los ojos y me abandoné.

Asistíamos a una multitudinaria convención que todo el mundo detestaba pero que nadie tenía el suficiente valor para verbalizarlo. Interminables presentaciones referentes a temas de escaso interés. Pura rutina, pero necesaria. Por suerte sólo serían unas horas. Ella estaba en un rincón del auditorio y yo en el opuesto. De vez en cuando nos lanzábamos furtivas miradas de complicidad. Ella era un encanto. Al concluir la convención íbamos a estar juntos. Comeríamos,  beberíamos, reiríamos y nos contaríamos historias… No había nada que deseara con más fuerza que estar con ella. La espera se me hacía muy, muy larga, eterna… Por fin terminó la última ponencia y el moderador cerró el acto agradeciendo la participación de todos los ponentes. Poco a poco la gente iba saliendo del auditorio. Al igual que yo, ella estaba perdida entre la multitud. Nos buscábamos con la mirada. Nos encontramos y nos perdimos en unas cuantas ocasiones. De repente me encontré en el aparcamiento del edificio. Estaba solo. ¿Dónde estaba ella? Había quedado atrás y yo no conseguía recordar la última vez que su mirada se cruzó con la mía. Tenía que encontrarla, ¡debía encontrarla! Una súbita desesperación se apoderó de mí. Volví sobre mis pasos. Sólo encontré pasillos y estancias vacías, todos se habían ido ya. Mi desesperación iba en aumento. Encontré un móvil en el bolsillo de la chaqueta. No era el mío. Era parecido al suyo, pero mucho más pequeño. Intenté marcar su número para llamarla, pero las teclas eran muy pequeñas… o mis dedos muy grandes. O ambas cosas a la vez. Siempre equivocaba algún dígito. No había manera de teclear su número. Empecé a sudar. La angustia crecía en mi interior. Las teclas se iban haciendo más pequeñas. La sensación de ahogo empezaba a ser preocupante. Quería y no podía. Algo ardía en mi interior y empezaba a ser insoportable. Caí en la cuenta que ella no me había llamado. ¿Por qué? ¿Ni siquiera le interesaba un poquito? No me lo podía creer… La atmósfera del aparcamiento era asfixiante, el aire quemaba. Me quité la corbata de un tirón y me desabroché un par de botones de la camisa. Me costaba respirar. Sudaba. Me ahogaba. Me empezó a doler el alma. Pensar que no la vería hizo que las primeras lágrimas asomaran en mis ojos. De pronto noté un bulto en el bolsillo del pantalón. Era mi móvil. Tenía memorizado su número. Llamé. Apagado o fuera de cobertura. Me quería morir. Y así sucedió…

Desperté. Estaba empapado en sudor y mi corazón iba a galope tendido. Eran las tres y media de la madrugada. Me incorporé como empujado por un resorte imaginario. Respiraba aceleradamente. Tenía el pijama pegado al cuerpo. La película del sueño pasó por mi mente en cuestión de segundos. Miré la mesilla. Una lucecita en el móvil indicaba que tenía un mensaje. Era de ella: “Me ha salido un imprevisto. Mañana no podremos vernos. Ya te llamaré”. Tristeza me guiñó un ojo aprovechando que Soledad dormía.

En mi cabeza no paraban de sonar los versos de una canción:

“Tenía tanto que darte,

tantas cosas que contarte

tenía tanto amor, guardado para ti”

¿Casualidad? No creo en las casualidades. ¿Teníamos una conexión tan fuerte que nuestras mentes podían hablarse a distancia? ¿Teníamos telepatía? En un acto reflejo la llamé. Apagado o fuera de cobertura. ¡Suerte! No eran aún las cuatro de la madrugada y si hubiera contestado no habría sabido explicar el porqué de mi llamada. Contesté su mensaje con un escueto “Vale, hablamos” y apagué el teléfono. Deseaba estar unas horas  en un lugar aislado de todo y de todos, un lugar en el que uno se siente verdaderamente solo y que el único sonido que puede escuchar es el de sus pensamientos.

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