Ella o nadie

soledad3La noticia me había dejado sin aliento. Me parecía una burla del destino, un chiste malo. ¿Qué le habría hecho yo al destino para que me tratara así? Mi corazón sólo era capaz de pensar en esos momentos robados que no volverían. En esos momentos de felicidad intensa que quedarían sólo en un recuerdo y que el tiempo iría distorsionando a su antojo. No podía hacer nada para que ella se quedara. Un cúmulo de sensaciones amargas se paseaba por mi cuerpo. El mundo se hundía a mi alrededor. El aire empezaba a escasear y respirar costaba cada vez más. La sombra de un nuevo fracaso planeaba ávida de sangre sobre mi cabeza. Quería resistirme, luchar, pero me resultaba en extremo difícil.

Me miré en el espejo. Noté que caía, que me derrumbaba, que el futuro me aplastaba. De repente me di cuenta de que la vida se me había ido escapando entre los dedos sin hacer ruido mientras yo andaba ocupado con mi trabajo, con mi familia; de que el cronómetro avanzaba inexorable hacia el final del juego; de que no quedaba ninguna bala en la recámara… La luz se tornó oscuridad, la risa llanto y la alegría tristeza. Quise gritar pero ningún sonido salió de mi garganta. Quise llorar pero no derramé una sola lágrima. Quise huir pero no fui capaz de mover músculo alguno. Sin previo aviso la tierra cedió bajo mis pies… y caí. Decidí guardar el optimismo en un cajón, enterrar los pensamientos positivos a mil metros bajo tierra y dejar de pensar en las desgracias como si fueran oportunidades. De repente me sentí jodido, muy jodido… y me vi totalmente impotente. Querer, desear, anhelar, soñar… ¿para qué? ¿Para ser más conscientes del fracaso? ¿Para frustrarnos más y mejor? Sí, mejor… mejor no querer, no desear, no anhelar y no soñar. Mejor congelar el corazón, endurecerlo, protegerlo del exterior, aislarlo. Y vivir, vivir egoístamente hasta que, para uno mismo, ya no tenga sentido continuar.

Me fui a la ducha y me quedé inmóvil muchos minutos bajo el chorro del agua, como si éste pudiera llevarse toda la amargura que sentía y pudiera devolverme la alegría perdida. Intentaba ordenar mis pensamientos. Saldría de fiesta y me disfrazaría de seductor: necesitaba fabricar locuras y que alguien las comprara. Sin límites, sin reglas, sin pudor, sin vergüenza… Si hay que engañar, se engaña, si hay que alardear, se alardea, si hay que bravuconear, se bravuconea, si hay que hacer daño… pues se hace. Pensé en llamar a alguna de mis amigas, pero lo vi demasiado arriesgado. Se trataba de ser cabrón, de sacar la rabia que llevaba dentro, de vengarme, de no tener piedad… y no podía ser con alguien con quien me uniera algún lazo de amistad. No, decididamente iría por mi cuenta en busca de una desconocida.

Lo primero que hice cuando llegué a la discoteca fue pedir una copa y situarme estratégicamente en la barra. Apoyado en ella y con cara de estar de vuelta de todo me puse a observar a la gente, buscando, entre ese mar de cabezas que se movían rítmicamente, a mi desconocida. Estaba escrito en el ritual. De propina, asistí a una inesperada demostración del “arte” de ligar, con un resultado que, en argot taurino, vendría a ser un “palmas y pitos”. Cuatro “caballeros” intentaban ligar con tres señoritas. Los dos más lanzados, muy parlanchines ambos, y con menos sentido del ridículo, de hecho no poseían ni un ápice, acabaron yéndose con sendas féminas que, dicho sea de paso, podrían haber aspirado a algo mejor. Los dos que no triunfaron debieron tachar a la tercera fémina de estrecha. La tercera fémina tachó, seguro, a los dos que se quedaron sin ligar de gordos sebosos y borrachos. Cualquier observador neutral se habría alineado, sin duda alguna, con la tesis de la tercera fémina. Además, alguien, y no era yo el más indicado, les habría habido de explicar que para ligar sin mediar palabra o se dispone de un chasis muy bien tuneado o no hay manera. Tras este “espectáculo”, copa en mano, inicié mi cacería particular…

Lentamente me fui despertando. Por un momento dudé sobre dónde estaba. Era mi habitación, sí… pero me costó reconocerla. No recordaba cómo había llegado hasta casa. Me dolía mucho la cabeza. “¡Dios qué tortura!”, pensé. Mi último recuerdo estaba ubicado en una barra de discoteca donde invitaba a una rubia y a una morena a una copa. A juzgar por el dolor de cabeza debí de invitarlas a más de una… Si no recordaba mal, lo cual era bastante fácil, eran sudafricanas, y creo que nos entendíamos, es un decir, en inglés. La rubia se llamaba Misty y la morena Nikki, o al revés. Bueno, de hecho tampoco importaba. ¡Dios, parecía que la cabeza me iba a estallar! Ya no estaba acostumbrado a estos excesos…

Vi con sorpresa que el otro lado de la cama estaba deshecho. ¿Habría dormido con alguien? ¿Nikki? ¿Misty? ¿¡Las dos!? No conseguía recordar… De pronto vi la nota. Estaba en la mesilla de noche. Sólo decía: “What a night! I’ll call you soon… Have a nice day! Cass”. Me quedé como hipnotizado mirando las palabras allí escritas. No alcanzaba a entender. La buena noticia era que… ¡había ligado!, y, a tenor de lo que se leía en la nota, la noche había sido redonda… La mala, que no recordaba absolutamente nada. ¿Cass? ¿Una tercera? Todo parecía indicar que el triunfo había sido total, aunque no pudiera recordar nada concreto, ningún detalle, ninguna cara, ningún aroma, ningún placer… Pero había logrado mi objetivo: sin ataduras, sin vínculos, sin compromisos, sin sentimientos… sin corazón. Los primeros rayos de sol, además de la noche, se habían llevado a la compañía. Perfecto, ¿no? Lógicamente debería sentirme bien, debería estar satisfecho, debería… pero no lo estaba. Me sentía vacío e insatisfecho, y mi tristeza interior seguía intacta. No esperaba sentirme así el día después. Aunque no se puede pretender extirpar los sentimientos de un corazón en un solo día o, mejor dicho, en una sola noche…

Entonces sonó el teléfono. Era ella. No contesté, pues ya no tenía sentido. La decisión estaba tomada. Había dado un primer paso y no quería volver atrás. Lo puse boca abajo y dejé que sonara hasta que calló. No podía mirar su foto, habría sucumbido. Al cabo de unos segundos se oyó el sonido que indicaba de la llegada de un mensaje. También era de ella. Lo borré sin leerlo. Di media vuelta y me coloqué en el otro lado de la cama. “Que el mundo se olvide hoy de mí”, pensé. Debía prepararme para estar solo, por mucha gente que pululara a mi alrededor. Debía prepararme para beber solo, para reír solo, para bailar solo, para dormir solo, para amar solo… Era ella o nadie. Así que sería nadie…

Advertisements

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s