Descubriendo a Daniela

bodas_041Inés y Jorge se casaban y habían invitado a la boda a todos los antiguos amigos. Lo que no fructificó en la etapa universitaria había fructificado después de sendos matrimonios y dos hijos por banda. Caprichos del destino. Hacía años que no veía a nadie de la pandilla y reencontrarme con ellos fue emocionante. Hasta se escapó alguna lágrima. Yo acababa de volver de Malawi, donde había pasado los últimos diez años trabajando en un proyecto de modernización de las infraestructuras ferroviarias del país. No recordaba haber bebido, comido, reído y bailado tanto cómo en esta boda. Después de los novios, claro está, el protagonista entre los amigos era yo. Me harté de explicar historias y anécdotas de mi estancia en el continente africano.

Ciertamente no todo el mundo había madurado igual. Se distinguían claramente tres grupos: los que se habían aliado con el tiempo o habían vendido su alma al diablo, que vendría a ser lo mismo; los que el paso del tiempo los había tratado con respeto y eran perfectamente reconocibles; y finalmente los que se habían enfrentado al tiempo y habían perdido la guerra, y se veían obligados casi a recordarles su nombre a todo aquel que se les acercaba. Según parece, yo estaba clasificado entre los del primer grupo. En “mi grupo” también se encontraba Daniela. La recordaba gorda, muy tímida y con permanente cara de sorpresa. Era una de  las personas “transparentes” de la pandilla, de las que no contaban.  Aunque yo siempre le había visto “algo”. Si realmente la escuchabas, te dabas cuenta de que era mordaz y divertida, y acababa por hacerte reír… Resultó que vivíamos en el mismo pueblo, así que me ofrecí a llevarla en mi coche de vuelta a casa. Eran las cuatro de la madrugada y, a esas horas, no había muchas posibilidades de transporte.

Durante el trayecto estuvimos recordando anécdotas y situaciones de nuestra época de estudiantes, y nos dimos cuenta de las distorsiones que el tiempo puede causar. Es asombroso como dos personas que han vivido un mismo hecho pueden recordarlo, a veces, de maneras diferentes. En la radio sonaba Adele.

  • Me estaba acordando del día en que quise enrollarme contigo y me diste calabazas –comenté en tono distendido– La verdad es que minó mi moral.
  • ¿Sí? Pobrecito… –replicó irónicamente- Bueno, en aquel entonces era fácil que te diese calabazas.
  • ¿Por qué?
  • ¿Por qué? Porque os burlabais de mí. No era guapa; siendo benevolente sería del montón; era gorda, más que ahora, eso sí; no tenía tetas, o sea que era más bien plana; y era muy muy tímida… vamos, la candidata ideal para vuestras mofas.
  • ¿Burlarme? ¡Para nada! No lo recuerdo así…
  • No es necesario que mientas, sé lo que viví. De lo contrario, ¿de qué iba a decir que no a un tío como tú? Tenía muchos complejos y estaba siempre a la defensiva. Todos los tíos se burlaban de mí… tú no tenías por qué ser distinto… de hecho creo que no lo eras. Si hubiera estado buena, aunque hubiera sido idiota, os hubiera tenido a mis pies… pero era justo al revés.

Por unos instantes reinó el silencio mientras buscaba en mi mente cómo responder a esa afirmación. Yo había sido el típico adolescente que, generalmente, seguía a la mayoría en opiniones y conductas.

  • Pues no era mi intención… –balbuceé- Siempre intenté actuar honestamente, aunque a veces, ya sabes, sin saber muy bien cómo, actúas de una forma incorrecta, equivocada y…
  • No tienes por qué justificarte –replicó interrumpiéndome– Sé que me llamabais la cetáceo, y no me cuentes milongas, que tú no tenías huevos para actuar distinto a cómo lo hacían los demás.
  • Bueno, yo…
  • No te preocupes, no te guardo rencor, ya no. Tardé muchos años en aceptarme y la verdad es que vosotros no me ayudasteis en nada… Bueno, quizás sí; me ayudasteis a ser fuerte. Una vez te aceptas todo se ve y se vive distinto.

Llegamos a su casa y aparqué en un hueco que había justo delante. En mi interior había empezado a crecer un sentimiento de culpabilidad que me hacía sentir fatal.

  • De acuerdo, la verdad es que éramos unos cabrones contigo, todos, yo también. Nunca me atreví a decir que había algo en ti que me resultaba interesante, que me… atraía. Como tú dices, no tuve huevos… es verdad, me daba vergüenza. ¿Cambiaría algo si te pidiera perdón?
  • No, no cambiaría nada; lo hecho, hecho está. Pero ya te he dicho que no te guardo rencor. Gracias a tíos como tú crecí más rápido y acabé siendo más fuerte.

Me resultó extrañó que sus palabras estuvieran desprovistas de ira.  No había ningún atisbo de reproche en ellas. Exponían una situación dolorosa de su pasado, de nuestro pasado común, desde la perspectiva de quién ya lo ha superado. El dolor había quedado atrás y podía llamar a las cosas por su nombre sin miedo a ser vulnerable. Aquella conversación empezaba a incomodarme y no sabía cómo salir del atolladero en que andaba metido. Daniela, sin embargo, estaba tranquila y parecía hasta divertida con la situación. Tras unos momentos de embarazoso silencio intenté, patéticamente, cambiar de tema.

  • Bueno, espero que no tardemos otros veinte años en vernos.
  • Ahora sería distinto –continuó ella, ignorando por completo el giro que yo le había dado a la conversación- Ya no tengo esos complejos de adolescente idiota, los he superado. Me he dado cuenta que los tíos babeáis a la mínima ocasión y yo me aprovecho. Tengo que recuperar el tiempo perdido…

Se me quedó cara de alelado y, casi no había terminado la frase, cuando sus labios buscaron a los míos. Me dio un largo y cálido beso.

  • ¿Quieres subir a mi casa?
Advertisements

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s