Una noche como otra cualquiera

107424-carta-amor-nocheviejaEstaba solo y sin ganas de encontrarme con nadie conocido. Mi vida me aburría cada vez más y necesitaba algo nuevo, algo fresco, algo distinto… Entré en aquel bar porque en su propaganda especificaba que allí no se celebraba la Nochevieja. Junto a la puerta había un cartel en el que se leía:

“Comon Hebribadi Bar

31/12/2015

Una noche como otra cualquiera

No uvas & no cotíllon”

Me gustó, sobre todo lo de “cotíllon”. Tardé unos segundos en acostumbrarme a la penumbra en la que el local estaba sumido. Había poca gente. Una mujer en la barra, una mesa ocupada por un grupo de adolescentes y otra con una acaramelada pareja. Me acerqué a la barra y pedí un Dry Martini. Mientras el camarero lo preparaba me fijé en la mujer que estaba unos taburetes más allá. De unos cuarenta y tantos, alta, muy atractiva, pelo negro, labios carnosos, ojos también negros… y aire triste. Llevaba un vestido azul tinta hasta la rodilla, sin mangas, ajustado, con un volante alrededor de la cintura, a modo de sobrefalda, y otro que caía sobre la cadera izquierda. Los zapatos, del mismo color que el vestido,  eran de un tacón tipo stiletto que daba vértigo. Se la veía pensativa. Con la mirada perdida en algún lugar entre las botellas situadas detrás de la barra y con el pensamiento vagando por quién sabe dónde, daba vueltas a un vaso ya vacío. En el taburete de al lado había un abrigo de paño de color negro. No había ninguna otra copa a su lado. Me bebí el cóctel casi de un trago. Mis propósitos para el año nuevo – que no me gustara celebrarlo no significaba que no tuviera propósitos – y el Martini fueron los que me empujaron a abordarla. En situación normal mi timidez nunca me habría permitido hacer una cosa semejante.

  • ¿Te puedo invitar a una copa? Veo que te la has terminado – le dije en un repentino ataque de locura.

Ella giró la cabeza y clavó sus negros ojos en los míos. Su mirada cambió. En un instante pasó de la tristeza a la sorpresa.  ¡Cómo podía sorprenderse una belleza como ella de que un desconocido intentara ligársela! Lo sorprendente era que ella estuviera sola. Transcurridos unos segundos mi heroicidad empezaba a pasarme factura en forma de sudor, sonrojo y tartamudeo hasta en mis pensamientos. Finalmente se dirigió al camarero para pedirle que le sirviera lo mismo que estaba bebiendo yo.

  • Gracias, me llamo Ioanna – me dijo con marcado acento extranjero mientras me obsequiaba con una bonita sonrisa.
  • Yo Pe… Pe… Pedro – balbuceé como pude.

Ella se rió y, cogiendo su abrigo, se sentó en el taburete que había a mi lado.

  • Ru… ru… rusa? – pregunté
  • No, de Rumania. ¿No celebras la Nochevieja?
  • No, no me… me gustan estas fiestas. Cada vez estoy más… más harto de… de las celebraciones en las que se tiene que ser feliz por definición, porque to… toca. Parece que el mundo no pueda tolerar que alguien no se sienta feliz en Navidad, y al ver el cartel de la puerta he entrado.

A medida que hablaba mi tartamudez había acabado desapareciendo, y esperaba – de hecho deseaba con todas mis fuerzas – que mi sudoración y el color de mi cara volvieran a su estado normal.

  • Te entiendo… yo también por la misma razón.
  • Pero tú vas vestida de fiesta…
  • Cierto, iba a una fiesta… pero intuí lo que me esperaba y no me sentía con fuerzas para aguantarlo… Di media vuelta y aquí estoy.
  • Eres misteriosa…
  • No lo sabes tú bien…

Dos copas más tarde supe que se dirigía a cenar a casa de unos amigos cuando pasó por delante del bar. Al leer el cartel pensó que se le haría demasiado cuesta arriba fingir la celebración del nuevo año. Al cabo de un Martini más, ya sabía vida y milagros de sus amigos y lo que pensaba sobre cada uno de ellos.

  • Has hecho bien, yo tampoco hubiera ido de fiesta con esa gente – afirmé con un cierto de punto de despreocupación.

Le hizo gracia y empezó a reír sin control, lo cual me contagió. Estuvimos riéndonos sin saber muy bien el porqué hasta que, paulatinamente, nos fuimos calmando. Nos quedamos mirándonos fijamente.

  • ¿La última en mi casa? – dijo de repente.

Una descarga de adrenalina me recorrió el cuerpo de abajo a arriba. ¡Una mujer como aquella quería llevarme a su casa! No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. Cogimos un taxi hasta su casa. Había que ir rápido, no fuera que llegara la hora en la que la carroza se convierte en calabaza y la magia se esfuma… ¡Ésta no iba ser una noche como otra cualquiera! Mis pensamientos empezaron a tartamudear de nuevo.

Vivía en un piso del eixample barcelonés, uno de esos pisos antiguos de techos altos y pasillos largos. El mobiliario era de ambiente colonial, y se notaba la mano de alguien que cuidaba los pequeños detalles. No había pared en la que no hubiera algún cuadro, aunque sin llegar a la exageración. Se notaba que le gustaba el arte. El piso encajaba con su apariencia. Nada más entrar abrió la habitación situada a la izquierda y dos perros salieron a recibirnos. Se lanzaron sobre nosotros a modo de saludo.

  • ¿No te importa que estén sueltos por el piso? No me gusta encerrarlos… sólo lo hago cuando están solos.
  • ¡No hay problema! – exclamé, como si en perros estuviera yo pensando.
  • ¿Seguimos con Martini?
  • Claro, mejor no mezclar – contesté guiñándole un ojo.

Estuvimos charlando y riendo, y apartando perros, durante un rato, hasta que, armándome de valor, me decidí a besarla. Nos fundimos en un largo beso repleto de deseo que hizo que nuestros cuerpos fueran enroscándose cada vez más, primero, y que algunas prendas de ropa cayeran al suelo, después. Uno de los perros no paraba de revolcarse sobre ellas. Llegados al punto en el que sólo la ropa interior permanecía en su sitio fuimos, sin dejar de besarnos y tropezando con todo lo que encontrábamos a nuestro paso, hasta el dormitorio. Después de sacar al perro que dormitaba encima de la cama y de casi arrancarnos la ropa que aún se mantenía en su lugar, ella se tendió boca arriba y mis labios empezaron a explorar todos los rincones de su cuerpo, empezando en su cuello y llegando hasta sus pies, pasando por su pecho, su vientre, sus piernas… Se dio la vuelta para ofrecerme así la espalda. Sentir el contacto de sus nalgas en mi sexo me excitó aún más. Ardíamos de deseo. Paulatinamente empecé a notar que me faltaba el aire, que me ahogaba de pura excitación, que me dejaba sin aliento… Súbitamente una imagen me vino a la memoria: sus perros. Me entró pavor. Yo era alérgico al pelo de los animales y la presencia de sus perros me había desatado un cuadro asmático. La excitación empezó a ser historia…

Minutos más tarde la noche había terminado. Salí a escape para buscar una farmacia de guardia y comprar un inhalador. Una vez normalizada mi respiración me marché a casa. Ya en la cama y abrazado a la almohada, pensé que el reclamo del bar había sido premonitorio. Fue una noche como otra cualquiera…

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