Brotes efímeros

ComidaCuando llegué ella estaba esperando. Llevaba un llamativo vestido negro de tubo de hombros caídos salpicado de lentejuelas que, con el movimiento, lanzaba brillantes guiños allí por dónde pasaba. Como complemento, unos zapatos de tacón también negros que estilizaban sus largas piernas. Como si de una ensayada coreografía se tratara, nos sentamos casi al unísono. Una de las características del restaurante es que no había dos sillas iguales. Ella se sentó en una silla con reposabrazos de aspecto metálico que imitaba el hierro forjado. A mí me tocó una silla de madera de color cerezo de respaldo en semicírculo. Me miraba. Yo me quedé fascinado contemplando la belleza de su rostro en todo su esplendor. Era realmente guapa. Cuidaba mucho su aspecto. La expresión de su cara y el brillo de sus ojos denotaban la admiración que sentía en esos momentos. Bastaba mirarla para enamorarse…

Ella pidió tartar de aguacate, salmón ahumado y salsa de limón de primero, y tataki de atún marinado con ensalada de wakame de segundo. Yo la imité en el segundo pero preferí un salmorejo de primero. Ambos decidimos regarlo con cava. Hablaba, pero yo no escuchaba sus palabras, estaba concentrado en admirar sus rasgos, llenos de armonía, perfectos. Había algo en su rostro que hacía que me fuera imposible dejar de mirarla. Contemplarla me dejaba sin palabras. Todo en su cara estaba proporcionado y era bonito: ojos, nariz, labios… el conjunto resultaba inmejorable. Su forma de hablar, de mover los labios, de gesticular, todo en ella parecía formar parte de una deliciosa sinfonía que embriagaba los sentidos. En la música de ambiente del restaurante empezó a sonar You’re beautiful

Cuando pasaba su mano por el pelo echándoselo hacia atrás sin dejar de mirarme un destello salvaje asomaba en su mirada. Incluso estando seria su mirada sonreía. Y cuando sonreía… ¡uff! La verdad es que sentía celos de la copa que, pegada a su mano, acariciaba suavemente su piel, sentía el calor de su cuerpo, se humedecía con ella… Sus movimientos desprendían sensualidad y elegancia. Pero no eran estudiados. Sus reacciones y gestos eran totalmente naturales y espontáneos. Había elegancia hasta en la forma en que su pelo reposaba sobre su pecho. Descubrir lo que se escondía tras esa perfección física era, a buen seguro, una aventura maravillosa, la excusa perfecta para cometer cualquier locura.

Tras sendos digestivos llegó el doloroso momento de retornar a la realidad. Engullido por la oscuridad de la noche volví a zambullirme en el mundo gris y anodino que acostumbraba a rodearme, mientras ella se quedó en el restaurante besando a su afortunado acompañante. Mis labios nunca podrían contarle las sensaciones que su presencia había hecho brotar en mí. Serían brotes efímeros que se almacenarían en mis recuerdos y se perderían, mezclados entre la hojarasca, con los primeros vientos otoñales… Aunque, para ser honesto, ella tampoco iba a echar en falta a un admirador más o menos…

 

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