Corto y cierro

Carta_de_Rosas3Decidió escribir una última carta. Se lo debía a ella y, sobre todo, a él mismo. Cogió papel y pluma, para darle un toque de distinción y romanticismo, y empezó a escribir.

Estimada María Teresa,

Esta misiva es distinta. No respondo a su carta anterior, como de costumbre, sino que la escribo para desvelarle mis planes inmediatos que, le avanzo, no la incluyen. De hecho no incluyen a nadie, no tendría sentido… Supongo que se sorprenderá de que la trate de usted. Sólo es una cuestión de distancia, de alejarme, también, a través de las palabras. Voy a irme y, en consecuencia, esta será mi última carta. Ya no estaré aquí para leer una respuesta… caso que la hubiere.

No ha hecho ni dicho nada que me haya ofendido, ni mucho menos,  y tampoco busque en mis palabras ninguna clase de reproche. Simplemente me he dado cuenta de que mis días ya no son míos. Sin pretenderlo se los he regalado y ya no soy dueño de mi tiempo. Ya no me pertenece. Y usted, sin saberlo, ha secuestrado mi mente, ha secuestrado mis sueños. Mi vida se ha convertido en un sueño. Sueño mi vida. La sueño a usted, siempre, todos los días… y también muchas noches. No ha habido día en el que no imaginara que usted sentía algo por mí, no ha habido día en no pensara que una repentina llamada suya cambiaría mi vida, no ha habido día en el que no soñara con saborear la felicidad de estar metido en su corazón… Y no ha habido noche que no quisiera saborear sus labios, su cuerpo…

La felicidad no es un estado permanente. La felicidad se fragua a base de momentos. De grandes momentos y también de pequeños. Incluso a veces minúsculos, íntimos, particulares. De instantes efímeros que nos catapultan vertiginosamente hacia lo más alto. Usted me ha dado un poco de estos momentos, muchas veces sin pretenderlo. En algunos quiero creer que sí… Pero mi vida gira tan acompasadamente alrededor suyo que “nuestros momentos” ya no son suficientes. Ahora generan dolor… Me he propuesto olvidarlos y recuperar, así, mi tiempo y mi mente. Quiero borrarlos de mi memoria, quiero hacer desaparecer todos mis recuerdos, buenos o malos, en los que usted es protagonista. Quiero convertirla en una desconocida. No sé si seré capaz. El tiempo me lo dirá… sólo él y yo lo sabremos. Y no regresaré… tampoco sé si se puede regresar… o si usted querría que regresara. En realidad ya no importa. No importa que usted no sienta lo mismo que yo, no por eso voy a dejar de amarla. Porque el amor no pide, da. No exige, entrega. No lastima, reconforta. El amor no es controlable ni racional, de lo contrario no sería amor. Siento lo que siento por quién lo siento, pero yo no lo elijo, sucede. Aunque nunca me he atrevido a decírselo, no puedo imaginar una vida mejor que una vida a su lado.

¿Por qué me desnudo ahora ante usted? Porque sé que su respuesta no podrá dolerme. Porque es maravilloso que alguien pueda despertar en otra persona unos sentimientos tan, tan… la verdad es que no hay palabras para expresar lo que siento por usted. Y merece que se lo diga, que lo sepa, para que mis palabras le recuerden que es una persona en mayúsculas, de las que hay muy pocas. No le voy a decir lo fantástica, maravillosa, encantadora, guapa, inteligente, genial, y un largo sinfín de calificativos, que es. Estoy seguro que estas cosas se las habrán dicho otros muchos antes que yo, otros muchos seguramente más altos, más guapos y más rubios.

Tuvo que hacer una pausa. Intentar escribir lo que sentía por ella era demasiado doloroso y se le hizo un nudo en la garganta que le bloqueó por completo. Se levantó y se puso a caminar por el pasillo, arriba y abajo. Respiró hondo en repetidas ocasiones. Debía hacer un último esfuerzo, debía acabar de escribir la carta. Quería que supiera, y no que supusiera, que estaba completamente loco por ella.

Me gustaría haber robado todos sus besos, hasta el más pequeño e insignificante; me gustaría haberme quedado dormido mientras la abrazaba, haber sentido las caricias de su piel en la mía; me gustaría haber notado que su mirada me hablaba, haber recorrido su cuerpo de arriba abajo; me gustaría… en fin, no tiene mucho sentido seguir.

Sin embargo, antes de desaparecer de su vida, me permito sugerirle una canción para que se convierta en la banda sonora de esta “relación epistolar” que hemos mantenido. Todos los momentos que hemos “pasado juntos” bien merecen una melodía. Me hubiera gustado que la escogiéramos juntos pero, lamentablemente, no es posible. He elegido “Send in the Clowns”. Es la historia de una ruptura. Sé que usted y yo no podemos romper, nunca hemos estado unidos. Pero esta carta es lo más parecido a una ruptura. Espero que le guste la canción y que cuando la oiga “nos recuerde” con cariño…

Eternamente suyo…

Juan F. de Rosas

En ese instante sus ojos se humedecieron y algunas lágrimas resbalaron por su mejilla y acabaron cayendo sobre la carta, haciendo que la tinta empezara a correrse y, progresivamente, su nombre se difuminara. Lo tomó como un presagio. De hecho él se iría poco a poco difuminado en la vida de María Teresa, hasta ser sólo un recuerdo lejano… si es que no lo estaba ya.

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