Los moais de Ahu Akivi

moaisCuenta una vieja leyenda rapanui que había dos pequeñas estrellas que estaban locamente enamoradas la una de la otra. Dos estrellas distintas, únicas, irrepetibles. Poseían el extraño don de desplazarse mucho más rápido que las demás, tan rápido que a menudo las confundían con satélites de algún planeta. No pertenecían a la misma galaxia sino que se encontraban en constelaciones de galaxias colindantes. Una se llamaba Mintaka, en honor a la reina rapanui del mismo nombre nacida el día que se avistó por primera vez esta estrella, y la otra Alnitak, para recordar al semidiós alado que guió a los siete exploradores provenientes de Hiva hasta la isla de Rapa Nui. A pesar de estar en galaxias distintas sus órbitas eran coincidentes y paralelas la mayor parte del año, haciendo que se movieran juntas por el universo sin perderse, prácticamente, nunca de vista. En ocasiones se encontraban tan cerca la una de la otra que casi llegaban a rozarse, y hasta podían llegar a intercambiar el polvo de sus atmósferas. Las dos se sentían felices juntas, descubriendo rincones inexplorados, contemplando privilegiadamente el paso de los cometas o asistiendo al nacimiento de nuevas estrellas que iluminaban inesperadamente el camino a su paso.

Pero esta situación un día cambió. Fu el día en que se declaró la Gran Guerra. Uno de los planetas de la galaxia de Alnitak deseaba que su órbita no fuera elíptica, sino perfectamente redonda. Pero para ello debía invadir parte del espacio de la galaxia vecina. Fue el detonante para que se declararan las hostilidades entre ambas galaxias. Planetas, estrellas y demás cuerpos celestes fueron atacados, asediados y masacrados sin piedad. La destrucción se extendió por doquier, y los cielos centellearon al albur de las explosiones que, a veces, hacían que la noche pareciera día. Siete años duró la contienda. La devastación fue enorme. Gran parte de ambas galaxias quedó arrasada destruyéndose innumerables astros, lo cual hizo cambiar el orden hasta entonces establecido. Después de la Gran Guerra el universo quedó tal y como hoy lo conocemos.

Mintaka y Alnitak tuvieron suerte y no fueron destruidas, pero las explosiones alteraron por completo sus órbitas. Pasaron a ser muy distintas y sólo coincidían un día al año. Y para mayor desesperación de las dos amantes aún había otro obstáculo, y nunca mejor dicho, para que pudieran verse. Las batallas libradas durante la guerra habían dejado una espesa nube perenne de polvo cósmico justo en el lugar dónde las órbitas de las dos estrellas se encontraban. Eso significaba que difícilmente se verían ese único día del año en el que pasaban tan cerca la una de la otra. El destino de las dos amantes parecía haberse torcido definitivamente…

Mas la desdichada historia de las dos estrellas, transmitida a través de los cometas que surcan el universo, llegó a oídos de Kirth, dios de todos los vientos. Al oírla su alma se conmovió. El día en que las órbitas de ambas estrellas debían encontrarse, Kirth hizo que todos los vientos soplaran en el mismo sentido para desplazar de su posición la nube de polvo cósmico, y conseguir así que las dos estrellas pudieran verse y viajaran, aunque fuera por un solo día, como lo habían hecho antaño. En su reencuentro recorrieron juntas todo el camino que sus órbitas les permitieron, sin perderse de vista ni un solo instante. Hubo momentos en que casi se fundieron como si fueran una sola, momentos que aprovecharon para intercambiar todo el polvo que sus atmósferas almacenaban. Les serviría para sentirse cerca mientras no pudieran volver a verse. Cada luna llena del mes de mayo, día en que las órbitas de las dos estrellas coincidían, se repetía este ritual en el firmamento. Aprendieron a vivir ese día del mes de mayo como si fuera el último de sus vidas, como si se tratara de la última vez que se iban a ver…  Aprendieron a dilatar la felicidad de un día a lo largo de todo un año. Desde aquella primera luna llena de mayo hubo infinidad de últimas veces…

Y la leyenda termina contando que Kirth reveló en sueños esta historia al rey rapanui Hotu Matu’a, y el monarca mandó erigir siete moais, uno por cada año de guerra, en el paraje conocido como Ahu Akivi. Y los hizo construir de manera que los siete miraran hacia el mismo punto del firmamento, el punto en que, cada noche de luna llena del mes de mayo, puede verse como dos estrellas se acercan la una a la otra llegando a fundirse, permaneciendo como una sola hasta que la luz del alba las separa. Por eso los moais de Ahu Akivi son los únicos que, a diferencia de los del resto de la isla, miran hacia el océano…


 

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