Vuelo EK5010 destino Melbourne

… anteriormente en “Australia“…

  • He de decirte una cosa – dijo de repente ella interrumpiendo sus pensamientos.
  • Dime… – replicó Andrea incorporándose para mirarla a los ojos.
  • Me han ofrecido el trabajo de mi vida, el que siempre había soñado, el que siempre había deseado… y lo he aceptado.
  • ¡Qué bien! – exclamó él – ¡Me alegro mucho!
  • Es en Australia. Mañana me marcho a vivir a Melbourne con mi familia…

Ella siguió hablando pero Andrea ya no la oía. Sólo era capaz de escuchar el sonido de su dolor. De repente había despertado de su sueño…

avion_despegando-660x350Se fue del hotel lo mejor que pudo, escuchando un aluvión de frases hechas, contestando sólo con monosílabos – era las únicas palabras que podía articular sin derrumbarse y echarse a llorar – y deseando que la tierra se abriera y se lo tragara allí mismo. Una vez en la calle vagó sin rumbo fijo. Estaba totalmente ido, con la cara desencajada y la mirada perdida en algún lugar inaccesible para cualquier otra persona. Sus sueños, sus ilusiones, sus esperanzas… todo había quedado enterrado en una ¿triste? habitación de hotel cuyo recuerdo le atormentaría el resto de su vida. Miraba pero no veía. Escuchaba pero no oía. Se le acercó un transeúnte y le preguntó por una calle. Andrea se detuvo, le miró unos instantes y, sin mediar palabra, continuó andando. No oyó al transeúnte maldecir su falta de educación… En esos momentos, un autómata hubiera parecido más humano que Andrea.

Al cabo de un rato tuvo un instante de cierta lucidez. Se detuvo y miró a su alrededor. No sabía dónde se encontraba. En ese momento sonó su teléfono móvil. Era su amiga Laura. Contestó.

  • Ahora no puedo hablar Laura, me pondría a llorar. Ya te llamaré – dijo lacónicamente y colgó.
  • ¡Oye Andrea! ¿Qué te pasa? – empezó a decir Laura aunque Andrea ya no la escuchaba.

Segundos después volvió a sonar el teléfono. Laura de nuevo. En esta ocasión dejó que sonara hasta que se cortó. No podía hablar… no quería hablar. Llegó un mensaje de Laura: “Cógeme el teléfono!!!!!!!!!” Casi había más signos de admiración que letras. Hizo caso omiso. Reanudó su paseo a ninguna parte, de nuevo sin rumbo, de nuevo sin saber a dónde se dirigía…

Ya habían pasado casi tres horas cuando llegó su segundo momento de lucidez. Comprobó que seguía perdido. Mecánicamente paró un taxi.

  • ¿A dónde le llevo?

Andrea le miró. Su rostro reflejaba el vacío que había en su mente. De hecho no sabía qué debía contestar. Hacía esfuerzos para centrarse y poder responder al taxista.

  • Señor, ¿a dónde va? – insistió el taxista – ¿Se encuentra bien?

Finalmente los esfuerzos dieron su fruto y pudo decirle al taxista la dirección. Media hora más tarde abría la puerta de su casa y se desplomaba en el sofá del salón. Se sentía agotado, roto por dentro, le faltaba el aire… En aquellos momentos se sentía el más insignificante de los mortales.

Esa noche casi no durmió. No tenía hambre, sólo quería cerrar los ojos y dejar de pensar. Deseaba extirparse los recuerdos. Se acurrucó en el sofá. No había manera de conciliar el sueño. Las imágenes de lo sucedido en aquella ¿triste? habitación de hotel le golpeaban una y otra vez sin piedad evitando que cerrara los ojos. En casa no había somníferos – siempre había estado en contra – pero en aquellos momentos de desesperación se hubiera tomado cualquier cosa. Envió un mensaje a Laura: “Lo siento Laura, hoy no soy capaz de hablar… mañana nos llamamos…”. Encendió la televisión. Buscó una película… Fiasco. No podía ver ninguna. Siempre había un chico y una chica que se enamoraban. O el amor triunfaba, insoportable en su situación, o a alguien le rompían el corazón, y ya tenía bastante con el suyo… Se puso a ver la Teletienda. Triste ¿triste también? destino…

Entre aspiradoras casi mágicas, métodos para adelgazar rápidamente y artilugios para cortar todo tipo de verduras sin ningún esfuerzo, amenizados con alguna que otra corta cabezadita, pasó la noche. Por el ventanal del comedor asomaron los primeros rayos de sol. Esa mañana ella se iba. Seguía pensando. Demasiado. Tenía que agotarse, que agotar su mente, su cuerpo y hasta su alma. Iría a correr. Correría hasta desfallecer, hasta caer exhausto, hasta morir… Tenía mucha sed. Bebió leche. Casi un litro de leche en un momento. Le gustaba la leche. Se fue a la ducha. Era un contrasentido ducharse antes de correr, pero necesitaba hacerlo, necesitaba “limpiarse”, necesitaba desprenderse, aunque fuera simbólicamente, de todos “sus” recuerdos. Fue una larga ducha…

Se vistió con una camiseta, un pantalón corto y sus zapatillas de deporte. Cogió los auriculares y el móvil. Dejó el móvil. Pensó que no podría soportar escuchar la música que tenía en su teléfono. No quería machacarse más… Cogió su viejo iPod. Allí había guardado un montón de canciones de “rock duro” que le transportaban a sus años de adolescente. Nada de baladas, nada de canciones románticas o sensiblerías por el estilo… No. Necesitaba convertirse en alguien nuevo, en alguien distinto. Se colocó los auriculares, subió el volumen casi al máximo y salió a la calle.

Unos minutos después de haber cerrado la puerta del piso el móvil de Andrea se puso a sonar. Un nombre de mujer apareció en la pantalla. El móvil sonó y sonó hasta que se hizo el silencio. Andrea ya no pudo oírlo. Ya estaba en el parque Sempione corriendo como si la vida le fuera en ello. Por sus oídos ya habían desfilado Deep Purple, Led Zeppelin, UFO, AC/DC y ahora le tocaba el turno a Twisted Sister. Intentaba concentrarse en la música y no pensar. Lo conseguía sólo a medias. Las palabras de Valentina le perseguían sin piedad: “Mañana me marcho a vivir a Melbourne con mi familia”. Rompió a llorar… Se había impuesto, inconscientemente, un ritmo demasiado alto, y sus piernas empezaron a notarlo. Andrea se ahogaba, respiraba cada vez con más dificultad pero hacía esfuerzos para no bajar el ritmo. Quería agotarse, desfallecer, perder el sentido o tal vez morir. Cada vez le pesaban más las piernas. Dolían aunque apenas lo notaba… le dolía más el corazón. Apretaba los dientes y seguía corriendo. No quería parar de correr, aún no, todavía no había llegado al límite de sus fuerzas. Sólo lo detendría el agotamiento.

En el aeropuerto habían llamado a embarcar a los pasajeros del vuelo Emirates EK5010 con destino Melbourne. Valentina y su familia se habían dirigido hacia la puerta de embarque. Estaban a punto de llegar cuando Valentina quiso hacer una llamada.

  • Cariño, embarcad vosotros que yo tengo que llamar al trabajo. Acabo de recordar que hay un tema que dejé sin cerrar y he de hablarlo con Mireia para que lo tenga presente.
  • De acuerdo, pero no tardes, que los aviones no esperan – respondió su marido.

Valentina se retiró un poco de la cola de la puerta de embarque y llamó. Se oyó e el timbre de llamada unas cuantas veces pero nadie contestó. Al cabo de unos momentos se cortó. Valentina volvió a llamar. Mismo resultado. Se esperó unos minutos y lo intentó de nuevo. Sin respuesta.

 “Pasajeros del vuelo de Emirates EK5010 con destino Melbourne embarquen urgentemente por la puerta A1”, oyó Valentina que decían  por la megafonía del aeropuerto. Lo repitieron en inglés. Volvió a marcar el número. Nadie contestó. De nuevo se oyó la megafonía del aeropuerto. Probó a llamar otra vez. Igual.

 “Se ruega a la señora Valentina Progetti embarque urgentemente por la puerta A1”. Se le estaba agotando el tiempo. Entre llamada y llamada había mandado multitud de mensajes que tampoco habían tenido respuesta. La megafonía volvió a llamarla por su nombre. Ella se acercó un poco hacia la puerta de embarque y volvió a llamar por teléfono. Nada…

Dos enfermeros colocaron la camilla en la ambulancia. Se trataba de un corredor que parecía haber llegado al límite de sus fuerzas. Lo encontraron tirado en la calle.

  • Este tipo debe de estar loco para llegar a agotarse de esta forma – comentó un enfermero al otro.
  • Mucho inconsciente es lo que hay, y luego pasa lo que pasa… éste ha tenido suerte.

Finalmente el vuelo de Emirates EK5010 despegó hacia Melbourne. El vuelo era largo y el piloto no tendría problemas para recuperar el tiempo perdido en el embarque.

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