Napoleón Bona (parte 1)

NapBona3Me llamo Bona, Napoleón Bona. Nunca les perdoné a mis padres esta frivolidad. Decían que fue porque eran fans de Budgie… pero a mí nunca me satisfizo esta explicación. Toda la vida he tenido que cargar con mi nombre. Podría escribir un libro enumerando la cantidad de bromas que he sufrido a lo largo de los años a causa de él, aunque ahora esto ya forma parte del pasado. No pretendo explicar mi vida, sino sólo contar la historia de mi final… o el final de mi historia.

Fue un nueve de junio, aunque podría haber sido un doce de mayo o un ocho de octubre. La fecha da igual, aunque para mí ese día no fue un día cualquiera, fue el principio del fin. Al volver del trabajo y subir al primer piso vi mi imagen de refilón en el espejo del descansillo. Me detuve y me observé con detenimiento. Me costó reconocerme en el hombre que me miraba desde el otro lado del espejo. Era mi cara, sí, pero la piel había perdido casi todo su brillo, la mirada ya no tenía la chispa de antaño y mi expresión supuraba amargura por los cuatro costados. Una mueca grotesca se dibujó en mi rostro. Me vi ajado, completamente desgastado, como si me hubiera ido consumiendo hasta agotarme… El hombre del espejo me pareció patético. Tragué saliva y, a medida que resbalaba por el esófago, iba sembrando dolor, un dolor intenso que se anclaba en mi cuerpo y que hacía que me doliera hasta el alma. Me vi viejo, viejo y solo… Quizás iba siendo hora de hablar con Anastasia.

Me vi viejo como nunca antes me había visto. Me sentía tremendamente cansado, casi acabado, tenía la sensación de estar bajando por la cada vez más empinada pendiente que conduce a la decrepitud, de estar convirtiéndome en algo uniformemente gris… Y mi cuerpo ya había iniciado un camino sin retorno. No era la primera vez que lo sentía, pero aquel día tuve el convencimiento de que mi tiempo se había agotado, de que, lenta pero inexorablemente, se me había ido escapando sin apenas notarlo, con sigilo, sin hacer ruido… El tiempo se me había escapado como se escapa el agua del mar entre los dedos de un niño que intenta cogerlo… Tuve la sensación de haber olvidado saborear intensamente los buenos momentos de la vida, que los tuve, por haber estado demasiado ocupado planificando un futuro que, evidentemente, nunca llegaría… Aposté al futuro y perdí el presente, me olvidé de vivirlo. El futuro no llega, siempre va un paso por delante de nosotros… Pensé que el momento de Anastasia se acercaba.

Y me vi solo, tremendamente solo… Inevitablemente, Laura me vino a la memoria. ¿Habría salido alguna vez? Laura, el amor de mi vida, ese amor inalcanzable que, paradójicamente, te da fuerzas para levantarte cada día… Siempre fingí que había muchas, pero era mentira… sólo estaba ella, sólo Laura me hacía vibrar, sólo con ella me sentía vivo. No sabía lo que era, pero veía “algo” en ella que nunca había visto en ninguna otra mujer… ni nunca lo vería. Me empeciné en negar la realidad, pero ¿qué es la realidad?, sin querer darme por vencido en mi afán de alcanzar un sueño, en mi empeño de tocar el cielo con las manos, en creer en la posibilidad de lo imposible. Soñé con una realidad paralela… una quimera, pero yo soy así… Hice caso omiso de lo que me dictaba la razón. En todo momento triunfó mi corazón. Laura no me había dejado “ver” a nadie más y yo, en una decisión ¿estúpida?, había aceptado la situación e, incluso, me había llegado a sentir a gusto en ella. Cuando la amargura me resultaba insoportable me convencía de que yo no estaba a su altura, de que ella merecía a alguien mucho mejor, que una mujer como ella nunca se fijaría en un hombre como yo… Esto, aunque parezca absurdo, me proporcionaba oxígeno para poder seguir. Buscarle defectos no funcionaba… no era capaz de encontrar ninguno. Decidí huir de la razón y bailar al son de las emociones, de  los sentimientos y de la locura. Y por eso seguí allí, cerca de ella, admirándola en silencio y amándola clandestinamente. Y pasaron los años, uno tras otro, sin que nada, aparentemente, cambiara. Mentira. El tiempo deja su huella en todo… Y cuando me di cuenta que había escogido un camino sin retorno ya fue demasiado tarde. Me equivoqué por no querer o no saber renunciar a una pasión, a mi sueño, por no querer renunciar a Laura… Fui un iluso, me equivoqué… Pero también estaba plenamente convencido que si volviera a nacer me volvería a equivocar, que volvería a enamorarme perdidamente de ella… Tenía la certeza de que mi felicidad llevaba sólo un nombre escrito: Laura… Anastasia era la única que me podía ayudar.

Encendí el ordenador y busqué una foto de Laura en particular. Una foto que, cada vez que la contemplaba, el corazón me daba un vuelco. Se trataba de una imagen en blanco y negro en la que Laura estaba sencillamente perfecta. El fotógrafo había logrado captar, con una fidelidad asombrosamente real, todos los matices y sensaciones encerrados en su mirada. Adoraba esa fotografía… y esa mirada. Nunca supe el porqué, pero hubo un tiempo en que no conseguía recordar su cara cuando no estaba con ella. Entonces contemplaba esa fotografía para empaparme el alma con su mirada. Una lágrima resbaló por mi mejilla al recordarlo…

La pena que me causó la visión del hombre del espejo fue tan grande que decidí hablar inmediatamente con Anastasia. Le pusieron este nombre porque su familia decía que eran descendientes del último zar ruso, algo que nadie creía y que nunca llegó a demostrarse. Para mí era mi yo femenino, un alma gemela con la que compartía alegrías y decepciones, sobre todo decepciones, y que en los últimos tiempos se había revelado como una valiosísima “muleta”. Todo el mundo la tachaba de rara, pero en realidad sólo era distinta, y acostumbraba a salirse de lo establecido. Eso ponía nerviosos a unos e incómodos a otros. Sí, era especial, pero en el fondo ¿no lo somos todos? En realidad era una persona muy sensible, leal, consecuente con sus ideas, comprometida con las causas en las que creía y generosa con los que amaba. Lo cierto es que, pese a sus recelos iniciales, habíamos conectado desde el primer momento. Bastantes años más joven que yo, era pieza clave en lo que ambos denominábamos “la solución final”. Teníamos un pacto. Anastasia me iba a ayudar cuando yo decidiera que había llegado el momento de aplicarla. No cuestionaría, no impediría, no haría preguntas… sólo colaboraría sin más.

Ambos éramos grandes aficionados a las películas antiguas y a la música de décadas pasadas. Siempre nos retábamos a adivinar títulos de películas a partir de alguna frase o a reconocer artistas y canciones por las portadas de antiguos vinilos. Le mandé un mensaje: “The final countdown”. Ella lo entendería. Me vinieron a la mente las primeras notas de la canción… Al cabo de unos minutos recibí un mensaje de Anastasia: “¿La solución final?”. “”, respondí…

 

 

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