La última rosa rosa

rosa rosa5Ocurrió un veintitrés de abril, Sant Jordi. Para Víctor no se trataba de un día cualquiera. Atrás habían quedado los Sant Jordis vividos al albur de la pasión del amor, los Sant Jordis de rosas repletas de magia y los Sant Jordis de alegres paseos en busca del libro deseado. Se habían convertido en jornadas en las que la tristeza solía ser la protagonista. El año pasado cogió vacaciones y se pasó el día en la cama… durmiendo. Y hace un par de años estuvo trabajando hasta las diez de la noche, para luego irse directamente a casa esquivando, de esta manera, la fiesta. Realmente el día de Sant Jordi era un día mucho más duro que los demás… Este Sant Jordi, sin embargo, se había propuesto arrancar la amargura de su rostro y recuperar el espíritu de la fiesta.

Como cada mañana cogió el tren para ir a trabajar. Después, si iba con tiempo, solía ir dando un paseo en vez de coger el autobús, pues así tenía la oportunidad de ordenar sin prisas sus pensamientos, y disfrutar de una agradable ruta por el entramado de encantadoras callejuelas peatonales por el que solía pasar. Hoy esas calles estaban impregnadas con el intenso perfume de las rosas que aguardaban comprador en la multitud de paradas que se habían montado para la ocasión. Asimismo, todas las librerías de la ciudad habían salido a la calle para acercar sus libros a la gente que, durante toda la jornada, pasearía por la ciudad participando así en una de sus fiestas más carismáticas y queridas.

Por el camino una muchacha se le acercó y le ofreció una rosa.

  • ¿Una rosa caballero?

La pregunta le hizo recordar que no había nadie esperando su rosa, nadie la iba a echar de menos si no la compraba y, de comprarla, acabaría en algún florero de su casa hasta que se marchitara. Triste destino… Iba a contestar un “no, gracias” lleno de cordialidad, eso sí, cuando, en un impulso repentino, cambió de parecer.

  • Sí, dame una… ¿Cuánto es?
  • Tres euros cada una. Dos por cinco.
  • No, sólo una.
  • ¿Cuál quiere?
  • Escógela tú misma, la que más te guste…

La muchacha escogió una rosa y se la entregó. Víctor se la devolvió.

  • Esta rosa es para ti, te la regalo… Sólo quiero que me prometas que no la volverás a vender…

La muchacha, muy sorprendida por la acción y habiéndosele puesto coloradas hasta las pestañas, aceptó la rosa, obsequiándole con una gran sonrisa y prometiéndole que no la vendería.

Al ver la reacción de la muchacha, una agradable sensación recorrió todo su cuerpo, y la expresión de su cara, mezcla de sorpresa y satisfacción, le enterneció sobremanera. Repitió la misma acción con todas aquellas personas que le ofrecían comprar una rosa: la gitana con la larga falda negra con lunares blancos, el estudiante de psicología que recogía dinero para el viaje de fin de curso, la dependienta de una floristería que, plantada en mitad de la acera, animaba a los transeúntes para que entraran a comprar rosas… En algunas ocasiones, incluso, compró las rosas de dos en dos, pues le abordaban a pares y no creía justo dejar a una de las dos sin rosa. Llegó al trabajo sintiendo que había conseguido pintar algunas sonrisas y, con ello, también había pintado un poco la suya. Esta iniciativa de comprar y regalar rosas le hizo olvidar, por unos momentos, que se sentía solo, tremendamente solo… y mucho más en días como éste. Pero comprobar que su actitud generaba pizcas de felicidad en la gente le hacía sentir en paz consigo mismo.

Por la tarde, cuando salió del trabajo, fue a pasear por el centro de la ciudad en busca de algún libro y a empaparse, así, del ambiente festivo, un ambiente coloreado por la cada vez más extensa gama cromática de las rosas y que contaba con la total complicidad de la meteorología. Después del “éxito” de la mañana, decidió seguir con su actividad de comprar y regalar rosas a todo el que le abordaba para ofrecerle una. Y así lo hizo de camino hacia la estación. Mientras iba en el tren intentó calcular cuántas rosas habría comprado ese día. No lo sabía pero, evidentemente, muchas. Hasta él se percató de que el semblante con el que volvía a casa era completamente distinto al que había ido a trabajar por la mañana. Realmente parecían dos personas distintas, y todo por unas cuantas rosas… En el corto camino que separaba la estación de su casa, casi ya no quedaban paradas. El día había empezado a morir y, con él, se llevaba rosas y libros. En una esquina había una gitana desmontando una parada de venta de rosas. Sólo le quedaba una por vender. Cuando llegó a su altura, pensando que le abordaría para ofrecerle la rosa que quedaba, ralentizó el paso. La gitana le miró directamente a los ojos.

  • ¿Quieres una rosa resalao? Es la última y es rosa… eso es un buen augurio, te traerá suerte…
  • Me la quedo. ¿Cuánto pides por ella?

La respuesta de la gitana le sorprendió enormemente.

  • Hoy has comprado muchas rosas, payo…
  • ¿Cómo sabes tú eso?
  • Esta gitana sabe mucho…  lo leo en tus ojos. Anda, déjame ver tu mano.

Él, sin salir de su asombro, le tendió la mano. La gitana la cogió y escudriñó detenidamente la palma.

  • Veo amor, payo, veo amor…
  • ¿Amor? Pues no creo que veas muy bien…
  • Y veo una rosa rosa que te está esperando… has de comprarla porque lleva el nombre de tu amor escrito en ella.
  • ¿El nombre de mi amor? ¿Qué nombre?
  • Sólo tú lo conoces, nadie más, ni ella… cuando la veas sentirás el impulso de regalarle la rosa. Esta rosa lleva su nombre escrito, por eso no se ha vendido, te estaba esperando… Me caes bien payo, sólo te voy a cobrar cinco euros.
  • ¡Suerte que te caigo bien! ¿Cuánto me hubieras pedido si te cayera mal?
  • Ésta es la última rosa rosa de la gitana, y tiene duende, es mágica, créeme payo, encontrarás el amor… ¿y a eso le pones precio?

Las explicaciones de la gitana le hicieron sonreír. A él también le caía bien aquella gitana… Sacó un billete de cinco y se lo entregó.

Continuó camino hacia su casa cuando, después de haber recorrido un centenar de metros, un coche lanzó al suelo a una motocicleta. La conducía una mujer. El coche ni siquiera paró. Víctor salió corriendo hacia dónde había tenido lugar el accidente. Parecía que todo había quedado en un susto. Ninguna herida, nada parecía estar roto… sólo una contusión en el muslo izquierdo, consecuencia de haberse golpeado con el bordillo. Ella estaba nerviosa y hablaba sin cesar hilvanando frases que, a veces, resultaban inconexas. El nerviosismo dejó paso a la rabia y a la pena.

  • El día no podía acabar de otra manera, hoy todo me ha salido mal, todo se ha torcido – dijo envuelta en rabia y tristeza mientras unas cuantas lágrimas le resbalaban por las mejillas.
  • He cogido la matrícula del coche – dijo Víctor – Puedes denunciarle y seguro que se le caerá el pelo. Yo haré de testigo.
  • ¿De verdad testificarías?
  • Claro.

Ella intentó forzar una tímida sonrisa que nunca vio la luz. Ese intento frustrado conmovió a Víctor.

  • Te regalo una rosa a cambio de una sonrisa – dijo mientras le tendía la rosa rosa que le había comprado a la gitana.
  • Pero esta rosa ya tendrá destinataria, la habrás comprado para alguien, se quedará sin…

Las palabras de la gitana vinieron automáticamente a su mente: “Sólo tú lo conoces, nadie más, ni ella… cuando la veas sentirás el impulso de regalarle la rosa”.

  • Quizás pienses que estoy loco, pero no ha sido una compra normal, ella me ha encontrado a mí… y, a lo mejor, también te ha encontrado a ti. Vamos, te invito a una copa de vino y te cuento la historia de la gitana y la última rosa rosa…

 

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