A fuego lento

wood-catching-on-fireYa hacía un tiempo que, en algunos aspectos, había renunciado a ser ella, había antepuesto el bienestar de otros al suyo propio y, poco a poco, había ido reprimiendo, de manera inconsciente, sus deseos, sus anhelos, sus inquietudes… Pero conocer a ese hombre había hecho cambiar su manera de ver las cosas, su manera de querer vivir la vida…

Ambos se quitaron la ropa hasta quedar completamente desnudos.

  • Apaga la luz. Me da vergüenza que veas mi cuerpo, ya no soy una jovencita… – dijo Miriam tapándose con ambos brazos.

Él la miró. Durante unos instantes la contempló en silencio. Finalmente dibujó una sonrisa en su cara y habló.

  • Me encanta tu cuerpo. Me gustan las mujeres de verdad, las mujeres reales con cuerpos maravillosamente reales. No creo en cuerpos perfectos de belleza imposible porque, en realidad, no existen… y de existir no perdurarían más allá del photoshop.
  • Eso suena muy bien, pero…

Con un rápido movimiento le puso dos dedos sobre los labios. Ella calló al instante. Él continuó hablando.

  • Me gustan los cuerpos que respiran experiencia, los cuerpos de fragancia perenne, los cuerpos moldeados por los vientos que nos manda la vida… Me encantan los cuerpos auténticos, que sienten pánico del bisturí y que no cuentan con la palabra artificial entre las de su diccionario…
  • Eso es muy fácil decirlo…
  • Me gustan los cuerpos divertidos – prosiguió sin demostrar haberla oído – Los cuerpos que no son esclavos de modas, de quimeras, de ilusiones inalcanzables.

Incluso a él le sorprendió la sinceridad de sus palabras. No buscaba adular sino que perseguía sincerarse y romper tabúes y tópicos… En realidad, aunque se esforzaba por ocultarlo, él también estaba nervioso, y hablar era su manera de avanzar.

  • Me gusta perderme en un cuerpo imprevisible, espontáneo, nada planeado… Un cuerpo envejecido con pasión, en el que cada arruga cuenta una historia y cada cicatriz rememora una batalla…

Miriam escuchaba en silencio concentrada en el hipnótico movimiento de sus labios. Sus palabras la estaban atrapando y la empujaban a dejarse ir, a soltarse como nunca antes lo había hecho. Pero dudaba… apenas le conocía.

Él no paraba de hablar.

  • Me gusta la serenidad de la madurez, la calma y el sosiego que dan la perspectiva del tiempo… Atrás quedaron los fuegos artificiales, bonitos pero efímeros, y las súbitas explosiones de placer incontrolado… Prefiero lo cocido a fuego lento a la comida rápida… más placentero y duradero.

Él siempre había tenido miedo al fracaso, por eso solía rechazar a cualquier mujer de entrada, llegándose a convencer a sí mismo que ninguna le gustaba lo suficiente. No era cierto. Detrás de esa aparente frialdad, de ese rechazo sistemático se escondía un hombre que sufría, que lloraba, que anhelaba dejarse ir, pero que él mismo se limitaba… Había decidido enfrentarse a sus miedos, demostrarse que era capaz de dominar su pánico y que se atrevía a sufrir para tener la posibilidad de saborear, alguna vez, un pedacito de felicidad.

  • Piensa que yo tampoco soy ya ningún jovencito, y mi cuerpo es fiel reflejo de ello.
  • En los hombres es muy distinto – replicó ella – No se os juzga igual…
  • También podemos tener otros problemas que son más… evidentes… Me miro al espejo cada día, y no soy quien para juzgar a nadie.
  • ¿Te das cuenta de lo ridículo de la situación? – preguntó ella – Estamos solos en una habitación, completamente desnudos, hablando de tu percepción sobre el cuerpo de las mujeres…

Él sonrió.

  • ¿Y si dejas de hablar y me demuestras que tus palabras no son sólo eso, palabras?

Miriam fue bajando sus brazos muy lentamente hasta mostrarle todo su cuerpo desnudo. El nudo en su estómago había llegado a su punto de dolor máximo. O salía corriendo, como otras veces, o traspasaba la línea con decisión. No valían medias tintas… Tras unos instantes de vacilación, él se acercó y la abrazó, sintiendo como el cuerpo de Miriam temblaba ligeramente al notar el contacto de su piel. Sus labios se unieron en un apasionado y cálido beso. Quizás sonaba en la habitación de al lado o quizás sólo estuviera dentro de sus cabezas, pero lo cierto es que ambos empezaron a oír, casi como un susurro, los primeros acordes de Je t’aime… moi non plus

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