Tatiana

polos opuestosNos habíamos citado en un pequeño bar al cual Tatiana solía acudir cuando deseaba “aislarse del mundo”. La luz tenue y la decoración, a medio camino entre el esoterismo y las ciencias ocultas, construían una atmósfera un tanto siniestra a la par que atrayente. La magia se olía y los hechizos se bebían. Literal. Todas las bebidas que servían llevaban nombres de hechizos: Ambulatio umbra, Diffugere, Invisus famulus y una larga lista de términos en latín de origen incierto y utilidad cuestionable.

Esta vez había dudado mucho antes de proponerle que nos viéramos. Algunas veces, después de estar con ella, me sentía terriblemente abatido al constatar que sus sentimientos hacia mí distaban mucho de los míos hacia ella. Aunque hacía tiempo que era consciente de ello, no podía evitar que me afectara. Me quedaba completamente hundido y sólo anhelaba dormir para así no pensar. Pero pensaba en ella a todas horas, la soñaba más de día que de noche, un simple “¡hola!” suyo daba un vuelco a mi día y cuando la pantalla de mi móvil se iluminaba con su nombre, sentía el cosquilleo de un millón de mariposas revoloteando en mi estómago… Algún recóndito rincón de mi corazón seguía creyendo en la posibilidad de lo imposible. Esto hacía que no pudiera dejar de verla, a pesar del miedo que esto me producía…

Yo estaba en el bar cinco minutos antes de la hora acordada, a pesar de saber positivamente que ella llegaría tarde. Era lo habitual, y efectivamente Tatiana llegó media hora tarde. Como buena adicta al trabajo su hora de salir era siempre una incógnita. El tráfico de la hora punta hizo el resto. Tras las disculpas y las preguntas más o menos de rigor, empezó a contarme sus planes inmediatos. Trabajaba en el sector de la tecnología, y estaba valorando, con dos socios más, montar su propia empresa. Su aportación sería más como especialista en seguridad TIC, que de socio capitalista. Tenía una gran reputación en el sector y se llevaría con ella a su actual equipo. Iba describiendo los detalles de esta operación pero dejé de escucharla. Hoy era uno de esos días en que me sentía fascinado por el mero hecho de contemplarla. No había palabras lo suficientemente bellas para describirla. Tenía luz propia, toda ella brillaba… Hacía tiempo que no la encontraba tan bella.

  • Y de novias ¿cómo andas? – me preguntó – ¿Cuántas tienes ahora?
  • ¿Novias? ¡Ninguna!, nadie me quiere…
  • Y yo voy y me lo creo… Anda, que seguro que hay un montón de mujeres que suspiran por ti.
  • ¡Qué va! De verdad, no estoy con nadie… parece que siempre me enamoro de la mujer equivocada… Y tú, ¿sales con alguien?
  • No, yo tampoco… desde que lo dejé con Antonio, ya hace casi un año, que no voy con nadie. Si tienes un amigo guapo, rico y sin compromiso ¡ya sabes! – exclamó sonriendo – Yo tal vez podría presentarte a alguna amiga, hay un par de divorciadas…
  • Bueno, quizás… quizás si tú estás sola y yo estoy solo… no hace falta nadie más… – repuse con un evidente nerviosismo.

Por un instante nos quedamos mirando en silencio. La sensación de vergüenza fue creciendo en mi interior hasta que tuve que apartar mi mirada de la suya. Me sentía ridículo. No había pasado un segundo y ya me estaba arrepintiendo de haber pronunciado esas palabras.

  • ¡Yo no cuento! ¡Tú eres mi amigo! – exclamó sonriendo – Yo no te veo como un hombre, eres uno de mis mejores amigos. Sé que siempre podré contar contigo pase lo que pase, y eso es lo máximo… no podría enamorarme de ti.

Tuve miedo que escuchara como mi interior se iba resquebrajando. Un repentino dolor invadió mi cuerpo y empecé a notar cierta dificultad para respirar. Sus palabras golpeaban mi cabeza cual martillos. “Yo no te veo como un hombre…no podría enamorarme de ti”. Los ojos empezaron a humedecérseme. Pero aguanté, aguanté las lágrimas como pude… La vista se me nubló. Sentía un dolor atroz, como si me hubieran atravesado el corazón con un afilado estilete. Creía que, de un momento a otro, el pecho me iba a estallar. Intentaba por todos los medios retornar a una fingida normalidad aunque, pese a mis esfuerzos, mi expresión continuaba reflejando fielmente mi estado de ánimo.

  • ¿Te ha molestado lo que te he dicho?
  • ¡No, qué va!, para nada – mentí –, sólo que me has cogido con la guardia baja…

Me sentí patético al escucharme pronunciar aquellas palabras. Ella seguía hablando pero yo no la escuchaba. A pesar de tener el cuerpo plagado de cicatrices, todas evocando el nombre de alguna mujer, cada nueva herida dolía más que la anterior y tardaba más tiempo en cicatrizar. Quizás no haber perdido el entusiasmo por el amor, no querer renunciar a que un abrazo me hiciera sentir importante o querer volver a sentir la suave caricia de una mirada hacía que las heridas dolieran más… Necesitaba que mi corazón entrara en coma, era la única manera de olvidar…

  • ¡Pero si hasta a veces eres también “mi amiga”! Te cuento cosas que no cuento a ningún hombre, sólo a mis amigas… tienes una sensibilidad especial que lo hace sencillo… ¡eres maravilloso!

Sus palabras, lejos de consolarme, no hacían otra cosa que empeorar la situación. Mi “hombría”, bien o mal entendida da igual, se sentía herida. Hice acopio de fuerzas y decidí sacar todo lo que guardaba dentro.

  • ¿Sabes en qué estaba pensando?
  • ¿En qué? – preguntó ella.
  • ¿Te acuerdas del beso que nos dimos el día que nos reencontramos?
  • Pues sí, lo recuerdo…
  • Para mí fue mucho más que un simple beso…
  • No busques cosas donde no las hubo. Fue un beso normal y corriente. ¿Bonito? Sí, pero normal y corriente. Fue un beso… y sólo uno.

A pesar de saberlo desde hacía tiempo oírlo de sus propios labios me dolió más de lo que esperaba.

  • Déjame vivir engañado, déjame que crea que en ese beso tú también pusiste el alma, déjame que crea que soy especial, aunque sea mentira… deja que piense que me consideras distinto a los demás.
  • Claro que te considero distinto a los demás, ¡eres mi mejor amigo!
  • No me refiero a eso, y lo sabes. Tu mente lo racionaliza todo: palabras, emociones, sentimientos… Sólo te pido que durante estas horas que vamos a estar aquí intentes pensar con el corazón, y dejes espacio para que mis sueños respiren, para que yo piense que, en este momento, estar conmigo es importante para ti, para que yo sienta que vibramos por las mismas cosas… ¡Ya sé que no es cierto!, pero deja que me lo crea durante este corto espacio de tiempo… y que me lo siga creyendo cuando salgamos por esa puerta, y cuando esté en el coche yendo a casa, y cuando me acueste esta noche… y cuando mañana despierte, pues habré despertado…
  • No entiendo por qué te molesta tanto que diga que eres mi mejor amigo. Estás por encima de cualquier pareja y de cualquier amante… Ellos pasan, tú permaneces.
  • Tatiana, enamorarse no es una elección, enamorarse sucede. Y duele no ser correspondido… Daría lo que fuera por olvidarte…
  • Tú no estás enamorado de mí, sólo te lo parece. Te cuido, te doy cariño… y no estás acostumbrado.
  • Sé lo que siento y cómo lo siento. Sé que lo sensato sería olvidarte, pero nunca lo he conseguido. Lo he estado intentando hasta que me he dado cuenta que es del todo imposible… Mi corazón no puede olvidarte… He decidido vivir a base de momentos, de nuestros momentos… Me parece que no hago daño a nadie, no te pido nada…
  • Te haces daño a ti – repuso Tatiana.
  • Como tú dices, yo no cuento…

La canción que sonaba cuando salimos, Gobdbye to love , no estaba acorde con el ambiente del local. Era otra de sus peculiaridades. La pasión de su dueño por The Carpenters. Mientras iba hacia casa repasaba mentalmente aquella cita. No sabría decir si había sido positiva o negativa… Tatiana me había hecho evidente algo que hacía tiempo que sabía, pero que, realmente, nunca había querido ver. Ahora me sentía empujado a cerrar una puerta que llevaba años intentando abrir.

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