Australia

HanoiLa llamada de Valentina le sorprendió. Y que lo citara en un hotel, aún más. Estaba seguro que para ella era importante. Valentina nunca llamaba. Por eso acudiría sin más, no necesitaba explicación alguna… de hecho, tampoco se la había pedido. A pesar de ello, mientras se dirigía hacia el hotel su mente no paraba de imaginar situaciones que pudieran hacer que Valentina quisiera verle. Casi todas con alguna desgracia asociada. Pensaba en negativo. Le venía del RH, decía él… Llegó al hotel Hanoi a la hora convenida. Paseó la mirada por el hall buscando a Valentina. Cuando la vio todas sus cavilaciones se esfumaron como por encanto. Estaba espléndida, extraordinariamente guapa… Llevaba un vestido rojo de tirantes bastante ceñido, sugerente, que delimitaba a la perfección todas sus curvas. Zapatos de tacón a juego… zapatos rojos, en algún sitio había leído algo sobre unos zapatos rojos… Era una mujer que solía acaparar todas las miradas pero, además, hoy estaba especialmente atractiva. Toda ella brillaba. “Será muy duro no dejarse ir”, pensó para sus adentros. Pero siempre tenía muy presente quién era ella y quién era él. Y, aunque sonase caduco y trasnochado, él era un caballero.

Valentina había reservado una habitación. Apenas hablaron mientras subían en el ascensor. No quiso atosigarla con preguntas, prefirió ser paciente y esperar a que ella le contara lo que sucedía. Entraron en la habitación. No era excesivamente espaciosa pero se veía nueva y resultaba acogedora. Valentina se puso delante de él y, sin mediar palabra, le besó con ternura en los labios. Él no pudo más que rendirse a ese beso…

  • Desnúdame – le susurró al oído– Tengo ganas de ti.

Andrea se quedó petrificado. Aquello no estaba en el guión. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. Seguro que, de un momento a otro, iba a despertar. Era demasiado bonito, demasiado perfecto, su sueño hecho realidad… Siempre había creído que sólo sucedería en su imaginación… Ella no dejaba de mirarle a los ojos mientras le desabrochaba la camisa. La hizo resbalar por sus brazos y empezó a besarle dulcemente en el pecho. Eran besos cortos, sensuales, provocadores… Besos que consiguieron el efecto deseado. Cogiéndola por los hombros la giró hasta que ella le dio la espalda. Mientras sus labios la besaban en la nuca, sus manos deslizaban hábilmente los tirantes del vestido hacia abajo y ayudaban a que este cayera al suelo. Se dio cuenta que no llevaba ropa interior. Su cuerpo reaccionó instintivamente. Valentina lo notó… A ella le resultaba placentero que los labios de Andrea jugasen con su nuca y sus hombros… Sin dejar de besarla, fue suavemente empujándola hacia el borde de la cama para que, finalmente, quedara tendida boca abajo. Sin poder apartar los ojos del cuerpo desnudo de Valentina, se quitó, casi arrancó, el resto de su ropa y, con sumo cuidado, se colocó encima de ella.

Empezó por el hombro derecho. Sus labios recorrieron el camino hasta la nuca muy lentamente, recreándose… Sus dientes la mordían con delicadeza mientras la punta de su lengua, suavemente, apenas rozándola, le lamía ligeramente la piel entreteniéndose en cada poro, preludio del contacto de sus labios en la espalda de Valentina en forma de beso… Empezó a jugar con el lóbulo de la oreja, lo mordisqueaba… le susurraba al oído que hacía mucho tiempo que soñaba con este momento, que era la mujer más fascinante del mundo, que era la mujer que siempre había deseado… Eran los solistas de un concierto de sensaciones y emociones desatadas que ponía música a la noche…

Muy despacio sus labios empezaron a deslizarse por la espalda de Valentina. Recorría su columna explorando cada vértebra, cada centímetro de piel, deteniéndose en el nacimiento de sus senos, saboreándolos… El cuerpo de ella reaccionaba a sus caricias, y eso hacía que aumentara su excitación. Poco a poco el deseo iba adueñándose de sus cuerpos y guiando todos sus movimientos. Siguió recorriendo su piel paladeando cada pliegue, cada curva, disfrutando con los pequeños espasmos de sus cuerpos, hasta llegar a sus caderas y perderse en la encrucijada de sus nalgas.

Descendió por la pierna derecha para subir por la izquierda. Entabló una larga y apasionada conversación con sus muslos, deteniéndose en sus pantorrillas para llegar a sus pies. Le quitó delicadamente los zapatos y su lengua intentó averiguar si tenía cosquillas… Ella temblaba de placer, soltaba pequeños gemidos que orientaban las caricias de Andrea… De nuevo sus nalgas. Sus labios no dejaron rincón por conocer… Con un vigoroso, aunque delicado movimiento, le dio la vuelta quedando tumbada boca arriba. Ante Andrea apareció el monte que alberga la cuna del placer femenino. Su lengua empezó a interpretar una ardiente melodía hecha de gemidos, suspiros y jadeos que hizo que ella arqueara su cuerpo hacia atrás para, después, aprisionarle con las piernas. Pasión y el deseo, cogidos de la mano, les hacían cabalgar hacia su punto álgido. Sus labios prosiguieron viaje hasta los senos, pasando por el vientre, jugueteando graciosamente con el ombligo para detenerse en la curva de sus pechos. Se inició una improvisada danza entre lengua, labios y pezones invocando al placer, al deleite de los cuerpos, tan sólo interrumpida por apasionadas palabras susurradas sin pensar, nacidas en su interior, palabras liberadas sin pudor…

De repente el deseo de besarse se les antojó irresistible. Andrea cogió la cara de Valentina con ambas manos y se unieron en un enérgico aunque dulce beso que hizo que sus labios se fusionaran y que sus lenguas intimaran presas de una pasión desmedida. Mientras se besaban y, casi por sorpresa, su sexo desapareció con facilidad entre las piernas de ella. Él notó una sensación cálida y húmeda, al tiempo que ella empezó a jadear de forma distinta. Sus sexos flirtearon unos minutos, durante los cuales la excitación les situó a ambos camino a las estrellas. Empezaron a moverse rítmica y acompasadamente, como si sus cuerpos se conocieran desde siempre, como si este acto fuera la culminación de anhelos no manifestados, de pasiones largamente escondidas, de deseos prohibidos… Casi al unísono ambos incrementaron el ritmo de sus movimientos, dejándose llevar por jadeos y palabras pronunciadas desde el placer, desde saberse cerca del clímax… Primero llegó ella, clavándole las uñas en la espalda al tiempo que emitía una serie de jadeos cortos para terminar con uno largo que acabó ahogándose en la almohada. Segundos después, un alarido de placer anunció que él también había llegado. Siguieron unos cuantos espasmos de su cuerpo acompañados de jadeos para, después, quedarse tendido encima de ella con la cabeza hundida en su hombro izquierdo. Se quedaron inmóviles durante unos minutos, mientras sus respiraciones iniciaban el lento camino hacia la normalización. El seguía dentro. Ella no quería que saliese, le gustaba notarle… Él levantó la cabeza para mirarla. Estaba hermosa, radiante, espléndida… irresistible. En ese instante sintió que se moría por besarla. Sin tener al deseo y la pasión por guías, fue un beso dulce, pausado, repleto de cariño y emoción. Sentimiento en estado puro…

Pensó que estar en el paraíso debía ser algo parecido a esto… ¡si no era esto! En su soledad, muchas veces había imaginado este momento deseando secretamente que algún día se hiciera realidad… Lo que estaba viviendo superaba cualquier sueño.

  • He de decirte una cosa – dijo de repente ella interrumpiendo sus pensamientos.
  • Dime… – replicó Andrea incorporándose para mirarla a los ojos.
  • Me han ofrecido el trabajo de mi vida, el que siempre había soñado, el que siempre había deseado… y lo he aceptado.
  • ¡Qué bien! – exclamó él – ¡Me alegro mucho!
  • Es en Australia. Mañana me marcho a vivir a Melbourne con mi familia…

Ella siguió hablando pero Andrea ya no la oía. Sólo era capaz de escuchar el sonido de su dolor. De repente había despertado de su sueño…

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  1. Retroenllaç: Vuelo EK5010 destino Melbourne | Ielmónvadeixardeserblau

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