La estrella

VelaEra una fría noche del mes de enero. Cogí una manta y salí al jardín. Escogí una de las hamacas que allí había, la puse en la posición más estirada y me acomodé en ella. Me tapé con la manta. La oscuridad era prácticamente total. El silencio se había adueñado del ambiente e imponía su ley. Una sensación de inmensa paz envolvía la noche. Miré hacia arriba. El espectáculo hacía enmudecer. El cielo estaba totalmente repleto de puntitos luminosos. Miles de estrellas que daban color a la noche. La oscuridad, el silencio, las estrellas… y entonces una de ellas captó mi atención. No era la más grande. No era la más luminosa. No era la más cercana. Era, era una estrella. Entre todas ellas me había fijado en ésta. Quizás porque, sólo verla, pensé que era la más hermosa. O porque a cada segundo que pasaba se me antojaba distinta. Tal vez porque su brillo estaba teñido de un color especial. O a lo mejor fue, simplemente, porque ocupabas mi pensamiento en el momento en que la vi…

Pensé en entrar a buscar los mapas celestes que había en casa y, de este modo, situarla. Buscar su constelación, conocer su posición exacta, saber su nombre… El firmamento era una de mis pasiones y me gustaba conocerlo. Pero deseché la idea. No quería perder de vista a esa estrella, no podía dejar de contemplarla, de admirarla… Decidí disfrutarla todo el tiempo que fuera posible, hasta que el alba o el sueño se la llevasen… Era consciente que nuestro idilio sería fugaz, efímero, pero estaba convencido que merecería la pena echarla de menos. Eso significaría que la había vivido. Este momento ya no volvería y no estaba dispuesto a dejarlo pasar sin más. Se había creado una magia especial entre ella y yo, a pesar de la distancia, a pesar de nuestro desconocimiento mutuo… Quizás por eso era más bonito estar ahí. Por la aventura de descubrir, de sorprenderse, de saborear instantes…

Parecía estar observándome como yo hacía con ella. ¿La atracción era mutua? La veía atrapada allá arriba, en su bóveda celeste, un puntito más al que, quizás sólo yo, veía distinto. Y pensaba en su lucha, en su lucha por brillar más, por ser mejor… En su lucha por no perderse en la inmensidad de todas las demás, por ser única, en su lucha por ser ella… En su lucha por no sucumbir a los caprichos del universo, a los constantes desafíos de otros cuerpos celestes, a los agujeros negros… Y la intuía victoriosa, saliendo reforzada de tan singulares combates, ganando brillo, eclipsando lo que hubiere a su alrededor…

Por unos instantes me pareció que sólo mi cuerpo descansaba en esa hamaca. Yo, realmente, estaba a kilómetros de distancia, junto a ella. Mi mente vagaba libre por el universo, imaginando instantes, viendo fotogramas, viviendo momentos mágicos, inventando pasiones desbordadas, imaginándola… Me acurruqué en la hamaca sin dejar de mirarla. Cogí dos extremos de la manta desde dentro como si quisiera abrazarla. Me dormí abrazado a ella… o quizás siempre fuiste tú.

Advertisements

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s