El velero

DSC_0285Como cada doce de junio de los últimos dieciséis años, el hombre del pelo blanco, la nariz grande, los ojos grises y que cojeaba ligeramente de la pierna derecha se sentó en la terraza del bar del puerto. Hoy hacía dieciséis años del accidente, dieciséis años sin ella, dieciséis años de dolor intenso y completo vacío… Nunca había vuelto a ser el mismo. Su cuerpo sobrevivió al accidente pero su alma quedó atrapada en algún lugar del fondo del mar, junto con ella… Este doce de junio, como todos los anteriores, revivió la película de ese fatídico día…

Aquel velero era su sueño, un sueño hecho realidad. Le escogió a él como tripulante… y como alguna cosa más. Navegaban todos los fines de semana y cada vez que podían escaparse. Era su pasión, su forma de entender la vida, su manera de construir un mundo sólo para ellos dos… un mundo impregnado de mar, mecido por el balanceo de las olas, acariciado por el susurro del viento, un mundo en el que el silencio se convertía en armoniosa melodía… Siempre después de navegar tomaban una copa de vino en el bar del puerto. Ángel, el camarero, se lo servía sólo con verles llegar. Pero ese día fue distinto. Ese día no hubo copas de vino… Salieron pronto, como de costumbre, cuando el sol levantaba en el horizonte y, aliándose con las nubes, creaba un efímero espectáculo de luz y redondeadas formas algodonadas que excitaba los sentidos. El velero parecía volar por encima de las olas. Con mano experta ella lo conducía hacia aquella pequeña playa, hacia un paraíso que les pertenecía, hacia la playa que era mudo testigo de la loca pasión que ambos sentían… hacia su playa. Quedaban un par de millas y él no dejaba de mirarla. Estaba especialmente radiante ese día. El sol parecía querer pegarse a su piel, impregnarla con su luz… El viento la acariciaba, celoso por tener que compartirla. El mar anhelaba mojarla… y él, él se moría por besarla… Su pasión hizo que se fundieran en un intenso y cálido beso. Saboreaban sus labios sin prisas, con ternura, dulcemente, mordisqueándose… No vieron cruzarse en su camino al animal. Quizás si no se hubieran besado habrían visto como un lomo descomunal cabalgaba sobre el oleaje. Y quizás, también, hubieran tenido tiempo de virar. Sólo quizás… El impacto fue descomunal. El velero se partió en dos. El cadáver de ella nunca se encontró. Él siempre creyó que su extraordinaria belleza empujó a Neptuno a secuestrarla y no devolver su cuerpo…

Como cada doce de junio el hombre del pelo blanco, la nariz grande, los ojos grises y que cojeaba ligeramente de la pierna derecha pidió dos copas de vino. Y como cada doce de junio bebió su copa lentamente, con la mirada puesta en el mar, en aquel pedacito de costa que se divisaba a lo lejos, en las coordenadas 42°40′6″N y 18°3′25″E. Porque fue allí donde ocurrió. Allí su vida cambió bruscamente de rumbo. Allí perdió sueños, allí enterró ilusiones… allí, además del barco, se partió su corazón…

Su mirada era fiel reflejo de sus pensamientos. Estaba perdida, ausente… diríase que su tiempo y espacio eran otros, otros que estaban lejos, muy lejos de allí… a dieciséis años de distancia. Sus ojos, desprovistos de brillo, no podían esconder la amargura y el dolor que sentía. Era la viva imagen de la tristeza… No había día que no la tuviera presente, que no se acostase con ella o que no despertase a su lado… Pasar página, superar, rehacer su vida… verbos que no había sabido conjugar. Hubo un tiempo en que se lo propuso, en que soñó con olvidarla, con remontar, con reinventarse… pero fue incapaz. Fue incapaz de dominar sus sentimientos que, libres, alocados y sinceros, siempre acababan sumergiéndose en las coordenadas 42°40′6″N y 18°3′25″E… Sin quererlo la buscaba en todas las mujeres que conocía. Buscaba sus gestos, su sonrisa, su mirada, sus labios… Pero su búsqueda siempre fue infructuosa y estéril. Y dejó de buscar, dejó de soñar, dejó de vivir…

Como cada doce de junio el hombre del pelo blanco, la nariz grande, los ojos grises y que cojeaba ligeramente de la pierna derecha terminó de beber su copa de vino y pidió la cuenta. Y como cada doce de junio de los últimos dieciséis años, al levantarse para volver a casa echó un vistazo a la otra copa de vino para comprobar que, al igual que la suya, estaba vacía. Ella no había faltado a la cita…

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