El último verano

El último veranoComo cada viernes por la tarde fui a ver a Pedro, el viejo pescador. Mucha gente consideraba que estaba loco de atar, pero yo le tenía un cariño especial. Me explicaba historias, anécdotas de su vida que revivía conmigo. Es cierto que alguna de sus historias las sazonaba más de la cuenta, pero quién era yo para cortar las alas a su imaginación. No hacía daño a nadie, quizás sólo a él mismo… Se había pasado los últimos años de su vida sentado en aquella silla, detrás de la ventana de su habitación, medio en penumbra esperando a Suzanne, su gran amor. Seguramente por eso la gente decía que estaba loco. Tal vez sólo estaba enamorado, que no deja de ser una maravillosa forma de locura… Esta historia me la contó por capítulos, en varios días, dando saltos en el tiempo. Yo he intentado ordenarla.

Sucedió un verano. Él era el pescador más conocido de Cadaqués. Ella una turista americana que pasaba las vacaciones en el pueblo. Ambos ya no volverían a cumplir los cuarenta y cinco. Él  llegaba de pescar una mañana de agosto cuando la vio en la playa, paseando pensativa junto a la orilla del mar. Llevaba un bikini negro y un pareo a juego atado a la cintura. No había nadie más en la playa en aquel momento. Era muy temprano. A esa hora, los rayos del sol, aún tímidos, parecían querer acariciar el cuerpo de la mujer… Pedro quedó maravillado al verla. A partir de ese instante la deseó con todas sus fuerzas, la buscó con ahínco, la soñó cada noche… cualquier otra mujer dejó de existir. Dos noches después coincidieron en una fiesta en la playa. Bueno, de hecho, coincidir no fue una casualidad… y sucedió. Se enamoraron. Ella también se enamoró de aquel apuesto y vigoroso pescador. Fue amor a primera vista, un impulso irresistible, una deliciosa locura que los atrapó y lanzó al uno en pos del otro…Después de algunas relaciones que le habían dejado heridas profundas, algunas todavía no cicatrizadas, parecía que el destino le brindaba una nueva oportunidad, quién sabe si la última, haciendo que los caminos de ambos se cruzaran.

Fueron días de alegría, de impulsos, de deseo, de sexo… días en los cuales se guiaban por el sol y la luna, días en los que su mundo se redujo sólo a ellos dos… Les parecía que el cielo era más azul, la arena más blanca y el mar de un turquesa más acusado. La comida sabía mejor y en el vino descubrieron matices hasta ahora ocultos a su paladar… Pero el cielo, la arena, el mar, la comida y el vino no eran distintos. Ellos sí. Ya no eran los mismos. Estaban enamorados, y eso les había cambiado… Hablaron, cantaron, rieron, se amaron… y navegaron. Pedro y su barco le descubrieron los rincones más recónditos e inaccesibles de la costa.  Y esos rincones fueron testigos mudos de su pasión y de su amor.

La última noche de esas vacaciones estuvieron en la playa dónde todo empezó. Y allí, entre las barcas de los pescadores, bajo un maravilloso manto de estrellas y bañados por la luz de una espectacular luna llena, ella le juró que volvería, que volvería a buscarle. Cogerían un barco y marcharían juntos, los dos, lo dos con el mar como única compañía. Navegarían hasta el fin del mundo, irían donde el viento les empujara, descubrirían juntos un nuevo mundo, un mundo sólo suyo. Él sería su capitán…

Y allí, esa noche, se abandonaron a sus deseos, dejaron que sus sentidos se sintieran libres… oído… vista… olfato… tacto… y gusto. No quedó ningún rincón de sus cuerpos por explorar, por descubrir, ningún centímetro de piel por vibrar… y cayeron tabúes, se desvelaron secretos y acabaron fundiéndose en un solo cuerpo. La intuición de sus sentidos les condujo hasta el éxtasis final.

En los días posteriores a la marcha de Suzanne, Pedro, cuando no estaba pescando, no hacía otra cosa que añorarla, al tiempo que preparaba sus cosas para la que calificaba como la gran aventura de su vida. Suzanne le había dicho que en un par de meses, tres a lo sumo, estaría de nuevo en Cadaqués, aunque esta vez sólo con billete de ida.  El tiempo transcurría muy lentamente para Pedro que no hacía otra cosa que pensar en el día que podría abrazar de nuevo a Suzanne y partir con ella al encuentro de un futuro común. Cada día, al volver de la mar, se quedaba unas horas en la playa aguardando la llegada de Suzanne. Mas siempre regresaba a su casa sin saber de ella. Cada noche tachaba un día del calendario que estaba colgado en la pared de la cocina. Ver las tachaduras le proporcionaba la fuerza suficiente para pensar que la siguiente podía ser la última.

Pasaron los tres meses sin que Suzanne diera señales de vida. Incluso un cuarto. A los cinco meses llegó una carta para Pedro. Venía de Estados Unidos. No había remite. Pedro, más que abrirla y leerla, se echó encima de ella y la devoró. Estuvo una hora larga con la mirada perdida a través de la ventana. Inmóvil, casi se diría que sin respirar. No había ninguna expresión en su rostro. Finalmente guardó la carta en el primer cajón de la cómoda de su habitación y se marchó a faenar. Pero él seguía yendo cada día a la playa y seguía tachando un día tras otro en el calendario de la cocina. Nunca me confesó qué ponía esa carta… Sólo comentó que recibirla no alteró su rutina.

Y pasaron más meses. Y años. Y muchos años. Pedro se hizo mayor. Ya no pescaba. Ya no podía bajar a la playa. Sus piernas no eran las de antes. Pero ella sabía donde vivía. Seguro que le encontraría, ¡era americana! Apenas salía de casa. Se pasaba las horas sentado en su silla al lado de la ventana de la habitación, mirando la calle, esperando que un día apareciera en ella Suzanne.

Pero no fue así. No vino. No volvió nunca. Para Pedro ya no hubo otro verano. Le notaba cada vez más agotado, más exhausto, más mayor… le faltaban las fuerzas. Físicas y mentales. Hasta ese viernes. Yo tenía llave de su casa, él era ya muy mayor y así lo acordamos, y cuando llegué vi que su silla estaba vacía. Lo encontré acostado en la cama. Estaba de cara a la ventana pero tenía los ojos cerrados como si durmiera, aunque no respiraba. Encima de la mesita de noche había un pequeño frasco vacío. Olía a almendras amargas. Su mano sostenía un papel. Era una carta.

 “Hola Pedro… sé que me vas a odiar por esto, y lo comprendo… sólo pretendo darte una explicación y que algún día llegues a perdonarme…

En las vacaciones no te conté toda la verdad. Estoy enferma. Muy enferma. Y este último mes, repentinamente, he empeorado mucho. Han de operarme. Es una operación de riesgo, pero en cualquier caso me queda poco tiempo de vida… Según los médicos unos meses, un año a lo sumo si la operación sale bien.

Perdóname amor, pero no voy a volver, ya no nos veremos más… No quiero que pases por un calvario sin sentido de final anunciado. No te lo mereces…Te quiero y siempre te querré. El verano pasado me diste algunos de los mejores momentos que he vivido. Me hiciste muy feliz y conocerte ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Pensaré en ti todos y cada uno de los días que me queden.

Gracias por mostrarme cómo es el paraíso. Gracias por los momentos que has pasado junto a mí. Gracias por tus caricias, por tus besos, por desearme de esa manera loca… gracias por enamorarte de mí…”

La carta llevaba fecha del 18 de enero de hacía treinta años…

En la carta había una frase manuscrita añadida ¿por Pedro?

“Hay amores que, a pesar de saberse imposibles, siguen siendo amores…”

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