Vlad

VladLlegué a la estación con el tiempo justo para coger el tren. Encontré mi compartimento y me instalé en él. Estaba vacío. Saqué un libro: “Los hombres que no amaban a las mujeres”. Era la segunda vez que lo leía. Me encantaba el personaje de Lisbeth Salander. Me puse a leer y, a los diez minutos escasos, el sueño me venció. No sé exactamente cuánto tiempo estuve dormido mas, cuando el traqueteo del tren me despertó, abrí  lentamente los ojos y di un respingo al ver a un hombre sentado en el asiento de enfrente. Me hizo un ademán con la mano a modo de saludo militar. Se lo devolví en un acto puramente reflejo. Los minutos que transcurrieron a continuación fueron bastante desconcertantes. Disimuladamente estuve observando al hombre que había en el compartimento, mientras él, con una actitud que a mí se me antojaba descaro, no apartaba ni un momento la vista de mí. Pero yo tenía la extraña sensación que no me veía, que su mirada me atravesaba, que veía a través de mí… Eso me sobresaltó. Me asusté. Asimismo, me fijé en su curioso atuendo. Llevaba una capa negra por fuera y rojo carmesí por dentro que se unía a sus pantalones a la altura delas rodillas. Era una vestido imposible. Lo miré varias veces para cerciorarme que no veía visiones. No salía de mi asombro, pero no me atreví a comentar nada. Ese hombre daba miedo. Supongo que se dio cuenta que yo le miraba cada vez con mayor perplejidad, y fue él quien habló.

No soy  tan siniestro como me describen en libros y películas.

Le miré inquisitivamente. No entendía a qué se refería.

– Perdone pero, ¿debería conocerle? – le pregunté lo más educadamente que supe.

– Soy Vlad Drăculea, o el Conde Drácula si lo prefiere – me contestó.

El terror se dibujó claramente en mi rostro. No sabía si tomármelo como una broma y reír, si encomendarme a Dios o si pensar que se trataba de un loco que se había escapado de algún manicomio y salir corriendo de ahí.

– ¿No me cree? – me preguntó al tiempo que una ligera sonrisa dejaba entrever una dentadura de color indefinido, algo así como un gris amarillento teñido con matices rojizos. Una visión que daba náuseas.

Más que creerle o no, lo que no sabía era cómo debía actuar. Estaba petrificado. Era incapaz de articular una palabra ni de mover ningún músculo.

– Le voy a contar una historia – añadió.

Comentó que él era, efectivamente, en quién se inspiró Bram Stoker para escribir su famoso libro. Lo que nadie sabía era que Stoker era un descendiente de su amada Ileana y que, al conocer este pasaje de la historia de su antepasada, la escribió mezclando realidad y ficción. Tal y como me la contó Vlad la historia del Conde Drácula se me antojó una historia de amor, de un amor eterno aunque desdichado…

En Sighișoara, una pequeña ciudad situada en los Cárpatos transilvanos, vivían Ileana, hija de la cocinera de palacio del Gobernador de Valaquia, y Vlad, hijo del jefe de la guardia personal del Gobernador. Ambos jóvenes estaban locamente enamorados, gozaban de la aquiescencia de sus familias y, además, vivían bajo el mismo techo, el Palacio del Gobernador. Parecían vivir en un estado de permanente felicidad. Se conocían desde que les alcanzaba la memoria y, prácticamente, se habían criado juntos. Un día el amor que sentían se atrevió a manifestarse, y pasaron de ser dos buenos amigos a ser dos enamorados que ya no sabían vivir el uno sin el otro.

Acostumbraban a bañarse en el lago que había a un par de kilómetros de palacio y a pasear por el bosque que lo rodeaba. Un día, en uno de sus paseos tropezaron con una cueva que no conocían. Era la Cueva Meresti, también llamada de la Maldición, aunque ellos, entonces, desconocían la leyenda. Quién penetraba en la cueva después de la caída del sol quedaba maldecido. Era condenado a vivir eternamente sin llegar a encontrar jamás el amor. Viviría buscándolo pero sufriendo su ausencia durante toda la eternidad… Cuentan que el origen de la leyenda fue que allí tuvo lugar el atroz asesinato de una mujer y sus hijas a manos de su marido, debido a los celos… Ileana entró en la cueva justo cuando el sol se escondía. Vlad le  gritó desde fuera que saliera, que debían volver pues se había hecho tarde. Ileana salió de la cueva y los dos jóvenes volvieron tras sus pasos. Justo antes de llegar una anciana se les cruzó en el camino. Era muy vieja, fea, llena de verrugas y tenía la voz muy rota.

– Ileana Elisabeta Cnaejna Bathory– dijo citando todos sus nombres – Has osado entrar en la Cueva de la Maldición después de la puesta de sol. ¡Seas maldita! Vivirás eternamente pero sufrirás, no hallarás descanso, pues se te privará del privilegio del  amor.

Ileana se quedó estupefacta. Vlad hizo el ademán de zarandear a la anciana pero ésta se desvaneció entre sus dedos. Los dos jóvenes estaban muertos de miedo. En los días posteriores al suceso la obsesión de Vlad era conseguir que la maldición cayera sobre él en lugar de sobre Ileana. Se pasaba las noches invocando a brujas, espíritus y demonios pidiéndoles que se apiadaran de Ileana y le castigaran a él en su lugar. Prácticamente no dormía, hasta que una noche, estando en el patio del castillo, apareció la misma anciana que se encontraron aquel desdichado día cuando volvían al palacio.  Accedió a que Vlad asumiera la maldición en vez de su amada, a cambio que se convirtiera en un reclutador de almas para su amo. Debían morir violentamente, sólo así se convertirían en soldados de Satán. Vlad aceptó. No podía soportar la idea que Ileana viviese toda la eternidad llorado su ausencia. Sólo pensarlo se sentía morir… Quería liberarla de ese castigo aun a costa de sufrirlo él.

–  Y así fue – dijo concluyendo su relato – Yo soy ese Vlad.

Ciertamente le había escuchado con atención, y no sé si fue la manera de contar la historia, el tono de su voz o la profundidad de su mirada, que la parálisis que sufría al principio se había esfumado y me vinieron mil preguntas a la cabeza.

–  Pero usted era, bueno es, un personaje sanguinario capaz de matar sólo para saciar su sed de sangre, ¿no?

–  Sí – replicó secamente.

–  Esto nada tiene que ver con el amor…

–  No, es pura desesperación – me interrumpió – Ya que debía asesinar, decidí cometer las mayores atrocidades para ver si Dios, el destino, la providencia o quién fuera decidía que era mejor convertirme de nuevo en mortal y librar así a la humanidad del monstruo en que me había convertido. Todo esto empezó después de la muerte de Ileana. Es demasiado duro amar sin esperanza y no poder dejar de hacerlo, saber que el amor que sientes nunca lo podrás vivir… Es una carga muy difícil de llevar.

–  ¿Y chupar la sangre de animales y personas forma parte de la maldición o del personaje?

–  Eso vino después fruto de las barbaridades que iba cometiendo. Me ha acabado gustando su sabor… lo que pasa que Stoker lo exageró. No tengo esos colmillos que se supone sirven para chupar sangre – dijo enseñándome sus dientes.

Cambié rápidamente de tema para evitar que la visión de su dentadura pudiera formar parte de alguna de mis futuras pesadillas.

–  ¿Y deduzco que tampoco es cierto que no pueda ver la luz del sol? – pregunté enarcando las cejas.

–  No, esto se lo inventó Stoker… las cosas que ocurren en la oscuridad siempre aterrorizan más.

–  ¿Qué son esas bolas que manosea sin parar? – le pregunté sin pensar.

–  Es lo único que me queda de Ileana. Cuentas de madera de su collar. Es mi mayor tesoro…

Hubo un incómodo silencio que yo mismo rompí.

–  Por lo visto su sanguinaria actitud no le ha servido de mucho…

–  No, de momento no, pero tengo toda la eternidad para intentarlo – añadió esbozando una sonrisa.

Esa frase me dejó aterrado. De repente me di cuenta que estaba a solas con un monstruo que no se detenía ante nada y que su única razón de existir era matar para ser matado… Tuve miedo.

– Tengo que ir al baño – dije levantándome rápidamente con la esperanza que la puerta del compartimento no estuviera atrancada, como sucedía en las películas.

Para mi alivio la puerta se abrió perfectamente, salí al pasillo y me dirigí al baño. Me lavé la cara y pensé en mis siguientes pasos. Estábamos cerca de mi estación de destino pero, en cualquier caso, debía volver al compartimento a recoger mis cosas. En el pasillo me encontré con el revisor. Le pedí que me acompañara con la excusa que se habían atrancado las cortinillas de la ventana. Cuando llegamos al compartimento lo encontramos vacío. Respiré aliviado. Las cortinillas no tenían ningún problema.

–   A lo mejor el otro pasajero lo ha arreglado.

–   En el compartimento viaja usted solo  – comentó el revisor.

El miedo no me dejaba pensar. Recogí mis cosas en silencio para bajar del tren en la siguiente parada. Estaba a punto de abandonar el compartimento cuando me di cuenta que, en el asiento donde había estado sentado el Conde Drácula, había una de las cuentas de madera del collar de Ileana con las que el Conde jugaba constantemente…

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s