La mirada de la luna

La mirada de la llunaDe repente me desperté con la sensación que alguien me estaba mirando. Eran las tres de la madrugada. En la habitación no había nadie, pero yo había notado claramente una mirada. Por la ventana asomaba una enorme luna llena que parecía observarme… Me hizo recordar la promesa que nos hicimos Pete y yo: cuando estuviéramos separadas las dos miraríamos a la luna, y nuestras miradas se encontrarían allá arriba…

Esta promesa la hice con catorce años a una niña de doce. Pete… En realidad su nombre era María de las Mercedes, pero le gustaba que la llamaran Pete. Odiaba su nombre. Pete… A veces nos escondíamos, porque estábamos convencidas que nuestros sentimientos eran vergonzosos, que la atracción que sentíamos la una por la otra era perversa… Pero en realidad éramos dos criaturas, inocentes, puras, ilusas, soñadoras… Dos niñas que un día se juraron amor eterno… ¡amor eterno con doce años! Pensábamos que un beso lo curaba todo, que los abrazos ahuyentaban tristezas, que pasear de la mano nos haría novias, que los cuentos siempre acababan bien, que el mundo se terminaba tres calles más allá de donde vivíamos… El roce de su piel me hacía temblar de arriba a abajo, el reloj no corría si ella no estaba, juntas aprendimos lo que significaba estar flotando, no había distancia insalvable cuando el premio era verla… El tiempo distorsiona los recuerdos y ahora, cuarenta años después, tengo la sensación que ese verano duró años…

Su padre trabajaba en el cuerpo diplomático y fue destinado a San Petersburgo y ella, por tanto, tuvo que marcharse. La noche antes que se fuese nos citamos en el portal donde solíamos guardar las bicicletas. Recuerdo que estaba hermosa, hermosa y triste. La abracé en silencio, pues tampoco sabía muy bien qué decirle. Ese tipo de momentos no entraban en nuestros planes. Nos dimos un beso, un solo beso. Corto, tímido, inexperto… No, no fue un gran beso, pero fue nuestro beso, nuestro primer y último beso. Una lágrima se deslizó por su mejilla. La cogí con mi dedo y me la puse en los labios. Sabía amarga, amarga como mi estado de ánimo, amarga como su mirada… Yo hacía grandes esfuerzos por no llorar, tenía que ser fuerte, no quería fallarle en esos momentos, no podía derrumbarme… Había luna llena, y allí nos prometimos que, pasara lo que pasara, estuviéramos donde estuviéramos, las noches de luna llena nuestras miradas se posarían en ella para encontrarse.

Durante muchos meses esperaba la luna llena para contemplarla durante unos minutos, con la esperanza que Pete hiciera lo mismo. En ocasiones creí verla… la imaginación lo puede todo, a veces incluso puede demasiado… Al cabo de un par de años  supe, por una carta suya, que se había ido a vivir a La Valeta. A partir de ahí el silencio, ninguna noticia más de ella, le perdí completamente la pista. Y yo, poquito a poco, dejé de mirar a la luna. La vida me tenía reservados dos esposos, dos ex-esposos, dos hijos, algunas amigas y muchos momentos de felicidad. Pero a Pete siempre la consideré especial, porque fue única y siempre será única. Mirar a la luna es mirarla a ella, es vivir su recuerdo, es volver al portal donde solíamos guardar las bicicletas…

Hacía muchos años que no miraba a la luna pero hoy algo me ha empujado a hacerlo, alguien me ha mirado a través de ella y me ha hecho recordar mi promesa… y esa sólo puede ser Pete. Tengo el convencimiento que, esta noche, nuestras miradas se han encontrado de nuevo a través de la luna… ¿Será que estamos cerca la una de la otra? Cuarenta años más tarde este pensamiento ha hecho que un escalofrío recorriera todo mi cuerpo y que, sorprendentemente, volviera a sentir algo que había quedado perdido en la noche de los tiempos…

 

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2 thoughts on “La mirada de la luna

  1. Ojala la luna hablara y nos transmitiera el sentimiento bueno de los que están lejos aunque a veces los sintamos muy cerca.Bonito relato!!Un abrazo Fredy 😉

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