Dos minutos… más

rellotge2Decidí volver a utilizar mis dos minutos. De hecho hacía mucho tiempo que no se los pedía… no es que no me atormentara nada, sino que atravesaba una época en la que mi vida giraba en torno a la reflexión, a una reflexión interior que me aconsejaba no ser tan transparente, que me aconsejaba protegerme, que me decía que la sinceridad es como las medicinas… hay que vigilar con la dosis. Si te quedas corto no sirve de nada, pero si te excedes es perjudicial…

Aunque en esta ocasión iba a utilizar mis dos minutos de una manera muy distinta. Sí, había pensado que podía ser la excusa perfecta para decirle todo lo que sentía por ella. ¿Por qué no? La última vez que consumimos nuestros dos minutos estuve a punto de insinuárselo, pero al final no lo hice, no me atreví…  Pero ahora va a ser diferente, le diré que de quién estoy enamorado es de ella, que quién me alegra los días es ella, que con quién mi mente se acuesta cada noche es con ella, que ya sé que mi vida no depende de ella, pero que yo quiero que dependa… que mi sueño, mi sueño es ella…

Esta vez fuimos a un local nuevo, decorado principalmente con mimbre, en el que no había dos sillas iguales y en el que siempre sonaba música clásica. Cuando entramos se oían las notas de uno de los más conocidos nocturnos de Chopin. Pedimos sendas copas de cava y me miró de forma inquisitiva, retándome a hablar. Antes que yo pudiera articular ninguna palabra me dijo:

– Yo también necesito decirte algo, estaba buscando el momento para hablarlo contigo y te has adelantado…

– ¡Pues las damas primero!, que, aunque suene cursi, siempre he pensado que la galantería no está reñida con la igualdad – respondí yo intentando ocultar mi nerviosismo.

– No por favor – me contestó – Tú has pedido los dos minutos. Tú empiezas. Son las normas, ¿recuerdas?

– Insisto, ya sabes que tanto a ti como a mí nos gusta… nos gusta transgredir las normas, situarnos al límite… Por lo tanto, hoy cambiamos y tú hablas primero.

– Bueno, lo mío no es una queja sino una noticia que ya no puedo esperar más para dártela…

No sé si estaba más nervioso por lo que yo quería decirle o por lo que ella estaba a punto de contarme.

– Pues quería decirte que me he enamorado, ¡me he enamorado como una quinceañera! – exclamó rebosante de alegría.

Intenté que mi reacción fuera neutra, de jugador de póker. No sé si lo conseguí. En un primer momento se me cayó el mundo encima, pero cuanto más contemplaba la sonrisa dibujada en su rostro y el brillo que lucía su mirada, empecé a cambiar de opinión y a ser optimista. ¿Y si hubiéramos venido a decirnos lo mismo? ¿Y si estuviera tan loca por mí como yo lo estoy por ella? Los pensamientos corrían por mi mente a la velocidad del rayo. Estuvimos en silencio sólo unos segundos, pero suficientes para ir de la depresión a la euforia pasando por la alegría contenida.

– ¿Le conozco? ¿Es del trabajo? – pregunté con ansia.

– Sí, es del trabajo – contestó con la sonrisa más pícara que jamás le había visto – Tanto que dices que me conoces, a ver si adivinas quién es…

Mi corazón se disparó, y empezó a latir tan rápido que creí que explotaría… Ansiaba echarme encima de ella y besarla como nunca nadie antes lo hubiera hecho… deseaba gritarle con todas mis fuerzas que ¡yo también! Pero no quería pecar de soberbia…

– ¿Raúl? – pregunté haciendo un poco de teatro.

Ella abrió unos ojos como platos y dijo:

– ¿Lo has notado?

Realmente no puedo decir que me pasó por la cabeza en ese momento. Lo que sí puedo decir es que mi corazón se hizo añicos y el dolor fue tan intenso que no pude articular palabra hasta pasados unos momentos.

– Era sólo una sospecha… – son las únicas palabras que salieron de mi boca, acompañadas por una especie de mueca que hacía las veces de sonrisa.

Luchaba con todas mis fuerzas para no desmoronarme y echarme a llorar delante de ella.

– Pensaba que nadie se había dado cuenta… pero a ti no se te escapa nada ¿eh? – replicó riendo – ¿Qué es lo que tenías que contarme tú?

Me sentía morir. No estaba preparado para esta situación. Hacía tiempo que esperaba este momento,  pero en ninguno de mis guiones salían esas palabras de su boca…

– ¡Venga, cuéntamelo! Que hemos venido a eso…

– No tiene importancia, es mucho más interesante tu revelación – le dije como pude.

En ese momento miré el móvil haciendo ver que me había llegado un mensaje.

– ¡Uy! Debo irme. Algo ha pasado y mi jefe me está buscando. Ya hablaremos otro día. Voy a pagar y me voy volando.

Me levanté muy rápidamente, antes que ella pudiera decir nada. Pagué y salimos a la calle.

– Si puedes, luego acabamos nuestra conversación – dijo ella.

– Eso, cuando termine lo que quiera mi jefe te busco y hablamos – mentí.

Ahora sabía que esa conversación no se produciría jamás

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