Fundido en negro

Cuadro-NegroPaseaba cabizbajo por las estrechas callejuelas del barrio mientras en su cabeza se dibujaban situaciones dantescas que le devoraban la esperanza. Caminaba con la cara totalmente desencajada y con los ojos vidriosos. Pasó por debajo del arco que tanto le gustaba sin apenas fijarse, y esta vez no se paró delante de aquel café al que siempre soñó con llevarla. Todo era negro. Negro era el color de la noche que le cobijaba. Negro era el color del alma que le abrazaba. Se sentía robado, echaba de menos alguna cosa, pero no sabía decir qué era… No había sucedido nada fuera de lo común pero, al mismo tiempo, había sucedido todo. Había sido una jornada totalmente normal, pero algo se había resquebrajado en su interior sin ningún motivo aparente, sin previo aviso… aunque quizás se tratara de una realidad que había preferido ignorar en aras de una, malentendida, felicidad… o quizás fuera el despertar de un sueño que sólo él vivía. Y le dolía, le dolía mucho. Le dolía el alma, irremediablemente rota en mil pedazos… y ya no se veía capaz de recomponerlos, esta vez no.

Sin proponérselo sus pasos le llevaron hasta casa. Se quitó la ropa y, hecho un ovillo, se acurrucó desnudo sobre la cama. Estaba triste. Tenía ganas de llorar, pero las lágrimas no llegaban a la superficie, se perdían por el camino… Pensaba y pensaba, la cabeza le daba vueltas, le invadía la angustia, tenía sensación de mareo, de ahogo, le costaba respirar… Pero de pronto todo cesó. Se incorporó como si alguien hubiera pulsado un resorte mágico y se quedó sentado en la cama contemplando la pared… Había sido una imagen, una sola, fugaz, difusa, inmaterial… pero aterradora. ¡Razza!, la había visto durante un instante. Ella le miraba sonriente, con su larga melena negra, sus ojos oscuros como el ébano y esos labios rebosantes de deseo… ¡Razza! Un gélido escalofrío recorrió su cuerpo de arriba a abajo.

Hacía un par de años había tenido una relación con una atractiva joven húngara. Razza. Fueron unos meses apasionantemente locos, en los que vivieron casi exclusivamente en los límites que marcaba su cama, y la luz del sol la vieron sólo en fotografía… Era sensual, apasionada, de movimientos felinos, con una mirada de la que no se podía huir y con un cuerpo que no dejaba impasible absolutamente a nadie. El romance terminó, sin embargo, cuando conoció a Frida, el gran amor de su vida. La ruptura con Razza fue tormentosa, como todo lo relacionado con ella, llena de insultos, peleas, reproches, amenazas y juramentos de odio eterno… Su padre creyó que la dejaba por ser húngara, con lo que la afrenta se generalizó a toda la familia, y fue entonces cuando su madre, de etnia gitana, medio bruja y, según se decía, experta en la práctica de la magia negra, le lanzó una maldición: “Ha de llegar el día en que Baovab, príncipe de las tinieblas, te robe todos tus sueños e ilusiones, y ese día morirás”. Sus palabras sonaron terribles, llenas de rabia y de odio, aunque nunca las tomó en serio. Nunca, hasta este momento…

De repente todo cobraba sentido, un sentido espeluznante… ¿Se había hecho realidad la maldición? Siempre había creído que fue una provocación, una bravuconería para amedrentarlo, un intento para que no hallara nunca más reposo… Pero la verdad es que hacía mucho tiempo que no era capaz de soñar, ni dormido, ni despierto… sus sueños se habían perdido en algún lugar de su pasado, sus ilusiones se habían desvanecido como por arte de magia, y su vida se había convertido en un rutinario carrusel de anodinos días sin sentido. No era capaz de recordar cuándo fue la última vez que persiguió un sueño, que peleó por un deseo, que le ilusionó la vida… Sin darse cuenta había perdido anhelos e ilusiones, había renunciado a sus sueños que ya ni siquiera era capaz de recordar, los había olvidado, ya no imaginaba, ya no deseaba… La rutina manejaba el timón de su vida. Razza…

Sentía que en su vida el sol se estaba poniendo y le había cogido por sorpresa, no estaba preparado. “Aún me quedan muchas lágrimas por llorar, muchos labios por besar y muchas puestas de sol por ver”, pensó lleno de angustia. Pero sentía miedo, un miedo atroz a la maldición, estaba aterrado ante la posibilidad que se cumpliera. De repente rompió a llorar como un niño, lloró todas las lágrimas que un día no pudo, lloró por la vida, lloró por su muerte… Sin sueños, sin ilusiones, sin motivos… sin vida. De repente todo quedó en silencio. También su interior. Razza. Y todo fundió en negro…

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