La historia más bonita

Lluna plena9Fue una velada que nunca podré olvidar. Inesperadamente, esa cita se convirtió en el inicio de una maravillosa aventura, la aventura de descubrirla

No recordaba a nadie que me hubiera provocado antes esa sensación de desbocada fascinación que te permite volar y alejarte de todo para verlo insignificante… y menos de una manera tan intensa y de forma tan rápida. Porque ella fue capaz de empequeñecer todo lo demás. Estuvimos comiendo, bebiendo y hablando durante horas, que a mí me parecieron minutos. Hablamos del pasado, del presente, de ella, de mí, de lo que nos gustaba, de lo que aborrecíamos… de muchas cosas. Con ella me resultaba asombrosamente sencillo abrirme y mostrarle mis pensamientos, mis reflexiones, mis sueños… Algo nada normal en mí. Unas horas antes era prácticamente una desconocida mas, al final de la comida, conocía secretos que habían estado escondidos en mi interior durante años. Increíble. ¿Por qué a ella? Una pregunta sin respuesta…

Ahora sé que, si no hubiera aparecido en mi vida, la habría inventado… Porque, sin saberlo, la había estado esperando desde siempre… La conexión fue instantánea. Tenía que remontarme mucho tiempo atrás para encontrar a alguien que me hubiera hecho sentir lo mismo… o parecido. El resto del mundo había dejado de existir, la vida era hermosa, el tiempo se había detenido… la felicidad llamaba a mi puerta vestida de mujer. El cielo había extraviado una estrella, y yo había tenido la fortuna de encontrarla…

Se hizo muy tarde. Dejamos nuestra conversación en ese punto y nos disposumis  a irnos hacia nuestras casas. No me importó. Había tal magia en el ambiente que tuve la certeza que habría más, que habría muchos más momentos para recordar… Aquella cita no fue un encuentro casual. El destino la estuvo preparando durante mucho tiempo para que se produjera en el momento adecuado, precisamente ese día, a esa hora y en ese lugar… Nos dimos un beso, sólo un beso, un solo beso… Pero un beso que anunció deseo, un beso repleto de pasión contenida, un beso lleno de magnetismo animal…

Aun hoy, no encuentro palabras para describir el fugaz torbellino de sensaciones que me produjo. No se puede describir lo indescriptible… Hubo más sentimiento en ese beso que en cualquiera de las camas en las que había estado…

– ¿Por dónde voy hasta mi casa? – me preguntó.

– No te preocupes. Sígueme – le respondí.

– Pero ¿te va bien? ¿No vas a dar mucha vuelta?

– No, me va de camino y puedo guiarte hasta tu casa – mentí. Hubiera conducido hasta el fin del mundo ante la sola posibilidad de otro beso suyo.

– ¡Estupendo! – exclamó – Te sigo.

Subimos a nuestros coches respectivos y enfilamos el camino hacia su casa. Ya había oscurecido y el camino se convirtió en un cruce constante de puntos luminosos tras los que se adivinaban coches y ocupantes. Las farolas de la autopista iluminaban el interior del coche a intervalos regulares. Yo miraba de vez en cuando por el retrovisor. Veía las luces de su coche siguiéndome y, de vez en cuando, se dibujaba una forma oscura que, el mero hecho de intuirla, ponía en funcionamiento en mi interior un carrusel de emociones totalmente anárquicas. Era su silueta. Mi imaginación la coloreaba y la sentaba a mi lado.

Enfilamos una recta larguísima de la autopista. El teléfono móvil emitió un pitido. Estaba encima del asiento del copiloto. Lo miré. Había llegado un mensaje. Era de ella. El texto era un número: 95.5. Por unos instantes la perplejidad se apoderó de mí. No entendía. Era un número que no me decía nada, aunque… ¡tiene que ser eso! Puse el dial de la radio en el 95.5. Sonaba Qué bonita la vida, precisamente una de las canciones de las que, hacía sólo unos momentos, habíamos hablado. Era una de mis favoritas. Miré por el retrovisor con una sonrisa dibujada en los labios. Distinguí su silueta pintada en tonos azules. Mi vista se posó, nuevamente, en la autopista. Mi sonrisa pareció congelarse y mi boca se abrió en un intento de exclamación que no llegó a ser audible. En el punto del horizonte donde terminaba la autopista había emergido, sigilosamente, una espectacular luna llena que parecía darnos una cálida y luminosa bienvenida. Desplegaba toda su elegancia a medida que, lenta pero inexorablemente, iba elevándose majestuosa hacia el cielo. Era una imagen realmente bella. Miré por el retrovisor. La luz de la luna iluminaba la parte delantera de su coche y permitía ver detalles del habitáculo. Su silueta, en esta ocasión, no estaba oscura. No sabría precisar quién era más bonita, si la luna o ella, aunque me pareció intuir que la luna estaba celosa… Fue el inmejorable colofón a un gran día, un día grande, el día que empecé a vivir la historia más bonita jamás contada…

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