La aviadora

avion2En esos días trabajar en la enfermería del hospital resultaba duro. No paraban de llegar heridos y medio moribundos día y noche. Ya hacía dos años que se había declarado la guerra y no había ninguna señal que el final estuviera cerca. Habían empezado a escasear las medicinas, y cada vez más teníamos que “echar mano” de generadores: los cortes de suministro eléctrico eran ya habituales, y las reservas de gasóleo seguían bajando… Una creciente desmoralización se notaba entre los que llegaban del frente.

Recuerdo que fue un viernes. Eran las dos y cuarto del mediodía cuando llegó la ambulancia. La entraron en camilla corriendo hacia uno de los espacios habilitados como quirófanos, pues las salas de operaciones estaban saturadas. Era la piloto de un caza que había sido derribado, y tenía el abdomen lleno de metralla. Había que operarla. Milagrosamente la metralla no había alcanzado ningún órgano vital. Después de la operación la trasladaron a la cama 115, una de las mías, una de las que yo me encargaba de cuidar… Pero desde el primer momento tuve claro que no sería una cama más. La primera vez que fui a atender la cama 115 quedé atrapado por la personalidad de Diana, y nació en mí un deseo incontrolable de conocerla, de saber más de ella, de conocer sus secretos, sus anhelos… Nunca antes nadie me había provocado una sensación así. Yo la llamaba Daiana, eso la enfadaba y la hacía reír al mismo tiempo… Era una brillante abogada criminalista cuya carrera se había visto frustrada debido al inicio de la guerra.

Durante los primeros días que estuvo en el hospital se pasaba la mayor parte del tiempo dormitando, y había que despertarla para casi todo. Me gustaba contemplarla mientras dormía, parecía tan frágil…Poco a poco fue recuperándose y empezaron nuestras largas conversaciones… Siempre que podía, me escapaba para verla y charlar con ella. Libraba un día de cada diez, y ese día la seguía cuidando, pues procuraba pasar el máximo tiempo con Diana. Nunca tenía suficiente… Hablábamos de mil cosas, desde lugares donde nos gustaría viajar hasta casos de asesinato en los que había participado, pasando por leyendas que nos fascinaban, música que creíamos que nunca moriría o perfumes que nos evocaban recuerdos inolvidables… A veces le leía pasajes de algún libro que alguien había olvidado en el hospital, o le traía noticias del exterior. Arreglábamos el mundo desde la cama 115, intentando convencernos que la barbarie de la guerra acabaría pronto y seríamos capaces de retomar nuestras vidas anteriores, para hacer realidad nuestros sueños: ella teniendo su propia avioneta y montando una escuela de pilotos, y yo escribiendo un libro que se convertiría en best-seller y me permitiría vivir exclusivamente de lo que escribiera. Cuidaba de ella cada minuto que tenía libre. Soñábamos. Volábamos. Nos teníamos. Nos enamorábamos…

La llegada de Diana dio un vuelco a mi vida. Para mí cada día salía el sol, aunque lloviese, el trabajo ya no se me antojaba duro y una perenne sonrisa se había instalado en mi rostro. Pasé de ser un enfermero resignado que no veía más allá de las cuatro paredes del hospital, a ser un escritor que soñaba con alcanzar la gloria y se tomaba su paso por el hospital como una etapa necesaria para lograr su propósito. Me hizo olvidar por completo la guerra, su crueldad, su sinsentido… Hablando un día de la guerra, recuerdo que dijo una frase que me quedó grabada: “No hay ni victorias ni derrotas, sólo hay batallas y muertos”.

Un día que libraba del servicio en el hospital fui a la ciudad. Me marché muy temprano para poder estar de vuelta hacia media mañana, y tener así buena parte del día por delante para estar con ella. En el hospital había conocido, meses atrás, una teniente cuya familia se dedicaba a la fabricación de perfumes y colonias. Hacía un par de semanas le había mandado un mensaje pidiéndole que me consiguiera en el mercado negro el perfume favorito de Diana. Seguro que la teniente Farlaine lo encontraría, pensé. Y así fue. La tarde anterior llegó un soldado con un mensaje de la teniente. Ya tenía el perfume, pero debía ir a buscarlo personalmente. En los tiempos que corrían no podíamos fiarnos de ningún intermediario. Así que fui a la ciudad a encontrarme con la teniente Farlaine. Ella me dio el perfume y yo le di el dinero acordado, y sin más dilación emprendí el camino de regreso. Cuando llegué al hospital fue directo a la cama 115. Estaba vacía. No había colchón. Desesperado busqué al médico que llevaba a Diana. Me dijo que le habían dado el alta, y que de inmediato se le había asignado una nueva misión, por lo que había tenido que partir de manera precipitada. El médico me entregó una nota. “Gracias por haber estado siempre a mi lado y haberme cuidado con tanto cariño. Nunca lo olvidaré. Un beso. Daiana”. El mundo se desplomó sobre mi cabeza. Me quedé sin habla. El corazón me estalló en mil pedazos. Me faltaba el aire. Mis ojos empezaron a ponerse vidriosos y salí corriendo antes que las lágrimas se asomaran en ellos. Me escondí en un rincón del almacén, en esos días medio vacío, donde guardábamos las sábanas y las toallas. Me senté en el suelo y me puse a llorar. No había querido darme cuenta que su mejoría, un día, nos habría de separar. No sé cuánto tiempo estuve allí sentado…

Meses después terminó la guerra y abandoné el trabajo en el hospital para intentar triunfar como escritor, recopilando historias cotidianas mientras servía cafés en un bar de moda del centro de la ciudad. Año y medio más tarde supe que ella había hecho realidad su sueño. Yo, a veces, creo que aún sigo sentado en el suelo del almacén de aquel hospital…

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