Dos minutos

rellotge2Entramos en aquel bar que parecía la puerta de otro mundo. Unas pesadas cortinas de tonos granates impedían que la luz del sol penetrase en el local. Al entrar uno tenía la sensación de encontrarse en un mundo paralelo con atmósfera propia, que alteraba la percepción de los sentidos y hacía que te invadiera una sensación de relajación extrañamente placentera…

Pedimos dos copas de cava a Ángel, el camarero. En el local sonaba una  canción de Dani Martin.

– Este sitio me resulta familiar – dijo ella.

– ¿Has venido antes?

– No.

– ¿Entonces?

– ¡De otra vida! – contestó riendo.

– Por un momento me había olvidado de tu particular interpretación de las cosas – comenté.

– ¿Qué te pasa? – me preguntó – Te veo con necesidad de hablar…

Necesito mis dos minutos – le dije.

Teníamos un pacto. Sólo nos podíamos quejar durante dos minutos al día. No queríamos estar instalados en una queja constante y que nuestras conversaciones se convirtieran, únicamente, en un desfile de lamentos… pero los dos minutos los teníamos garantizados. A veces era necesario. Estos minutos no pretendían arreglar nada, sólo eran para tomar aire. Aunque a veces dos minutos dan para mucho…

– Te escucho – me dijo.

– Cada vez se me hace más cuesta arriba venir a trabajar. Se está convirtiendo en un suplicio, y siempre vuelvo a casa con los ánimos por los suelos. Necesito respirar aire más puro…

– ¿No te gusta el trabajo que haces, o es por la gente que te rodea?

– No sé, quizás por todo un poco…

– Cambia de trabajo – me espetó de repente.

– Es muy fácil decirlo…

– Y hacerlo – me interrumpió – Sólo debes tenerlo claro y empezar a moverte. Mira, si no te gusta correr no corras, si no te gusta bailar no bailes… si te gusta la fotografía coge una cámara, sal a la calle y úsala, en definitiva, si te gusta algo, ve a por ello. ¿No soportas tu trabajo? Busca otro, reinvéntate, haz algo. Te sentirás mejor.

– Ya, pero hoy por hoy es arriesgado… Tengo un entorno familiar complicado, y cada vez se me hace más difícil de llevar. Se supone que puedo con todo y no siempre es así, a veces me veo demasiado al límite, y no sé si estoy preparado para una posible crisis familiar…

– ¿Podría haberla? Entonces hay más cosas… – dijo pensando en voz alta.

– No sé, no es que haya más cosas… – empecé a responder.

Se hizo el silencio. Me miraba a los ojos sin decir palabra. Yo deseaba que ella siguiese hablando, pero no decía nada, tan solo me miraba fija y seriamente. Continué.

–  … bueno sí lo sé. Lo descubrí no hace mucho un día que comía con una amiga.

– ¿Y? – inquirió.

Iba a responderle cuando me fijé en una pareja que estaba sentada en un sofá cerca del nuestro. Se besaban apasionadamente ajenos a todo lo demás. Tuve sensación de amargura.

– ¿Has visto esa pareja? – le espeté de repente.

Ella miró hacia donde le señalaba.

– Fíjate en el brillo de sus ojos, en sus miradas y en la pasión que transmiten… se diría que hablan – le dije.

– Todas las miradas hablan.

– Quizás, pero en este instante la mirada de ella sólo le habla a él y sólo él la entiende… y viceversa. Es como compartir un secreto. Tienen la felicidad en sus manos, en sus ojos, en sus labios…

– ¿Me estás diciendo que no eres feliz? – me preguntó mi amiga.

– No, no te estoy diciendo esto… – hice una pausa, buscando ordenar las ideas que deambulaban por mi cabeza.

– Entonces, ¿a qué viene esta repentina nostalgia?

– No es nostalgia. Un objetivo que tengo es coleccionar momentos, escenas que pasen a formar parte del museo de mi vida. Y ellos están viviendo un momento para coleccionar.

Por su cara adiviné que debía explicarme más.

– Me refiero a pequeñas cosas, cotidianas, aparentemente superfluas, pero tremendamente vitales e imprescindibles… Una palabra bonita, una caricia, un abrazo apasionado, una mirada de complicidad, un beso robado…

– Umm… – fue todo lo que acertó a decir.

– Momentos mágicos, con esa magia capaz de transformar el silencio en música, capaz de hacer que el tiempo se detenga y que el mundo deje de existir… y me gustaría poder congelar sensaciones para sentirlas cuando lo necesite, como la de no tener nunca suficiente de alguien…

–  Pero siempre momentos tuyos, ¿no? – me preguntó.

–  Sí claro, ¿de quién si no?

– Si te fijas tanto es que te afecta…  eso significa que ¡tú estás enamorado! – exclamó interrumpiéndome – ¡Jajaja! Estas cosas no se pueden disimular, tú estás loquito por alguien…

– ¡No!, no estoy enamorado – repliqué – No es eso, no es eso…

– ¿Pues qué es, sexo?

– No, no hablo sólo de sexo… Hablo de momentos, de momentos bonitos, especiales, que merece la pena vivirlos porque son los que dan sentido a la vida…

– Definitivamente estás enamorado y no quieres decírmelo, pero se nota. ¿Quién es ella? ¿Es del trabajo? ¿La conozco?

– Te equivocas, no hay nadie – insistí.

Me quedé mirándola. En su cara se dibujaba una sonrisa picarona. Iba a decirle que quizás tuviera algo de razón cuando empezó a hablar.

– Se te han acabado los dos minutos, hora de dejar de quejarse – dijo riéndose tímidamente – Deberíamos volver al trabajo. Pero pensaré en quién puede ser ella, porque estoy segura que hay una ella.

Me dirigí hacia la calle y traspasé el pesado cortinaje. Un soplo de aire frío golpeó mi cara. No me había atrevido a decirle que ella, era ella, y eso me hacía sentir mal.

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