La ruta

bisonte2Cuenta una antigua leyenda que si dos personas beben al unísono el elixir rosado de los Caballeros de la Orden de Santa María sus destinos se unirán y, hasta el fin de sus días, lo que sienta uno lo sentirá el otro, aun cuando estén a quilómetros de distancia. Para que esto se cumpla el ritual debe celebrarse bajo los auspicios del emperador Octavio Augusto, en el tiempo en que se honra a Júpiter y dentro de las primeras setenta y dos horas de una luna nueva. Esta circunstancia se dio en el verano de 2013…

Rick y el capitán Renault iniciaron su andadura en busca del elixir con cierta excitación. Debían ir paso a paso para poder encontrar al guardián, con el que habrían de enfrentarse en la batalla final. Se llenaron los bolsillos con entusiasmo, pasión, valor e ilusión y pusieron rumbo a su primer destino: el Banco de los Peces Plateados. Era la puerta de entrada a los Mundos de Iom. Debían localizarlo y atravesarlo. La leyenda explicaba que la puerta se encontraba en el barrio de pescadores de la ciudad. Hacia allí se dirigieron y, gracias a Julio, un viejo pescador ciego que Rick conocía, encontraron el banco. Siguiendo los consejos del pescador atravesarlo fue sencillo: “Los peces nadan siempre juntos y no pueden resistirse a la comida. Abrir hueco es fácil…”, les había dicho.

Una vez que atravesaron el banco, llegaron a un palacio que parecía sacado de “Las mil y una noches” donde debían buscar la Estancia de las Columnas. No se toparon con nadie. Nadie vigilaba, nadie custodiaba el Tesoro de la Princesa. Sólo de esa manera se explica que pudieran coger las perlas. ¿Suerte? ¿El destino? ¿El pescador ciego? ¡Qué más da! Tenían en su poder las perlas y les servirían para cambiarlas por la tinta del calamar gigante, en el Mar de la Calma.

Según contaba la leyenda, al Mar de la Calma se llegaba volviendo sobre los pasos ya dados. Rick, conocedor como nadie de mitos y leyendas antiguas, estaba convencido que debían dar media vuelta y dirigirse de nuevo hacia el Banco de los Peces Plateados.

– ¡No tiene sentido mon ami! – afirmó el capitán – Si volvemos hacia el banco de peces saldremos de los Mundos de Iom. Eso es una estupidez.

– ¡Siempre tan racional Ren! – exclamó Rick – Dele una oportunidad a la magia. Sígame.

Volvieron sobre sus pasos deshaciendo el camino andado. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que, una vez atravesada la puerta por la que habían entrado en la Estancia de las Columnas, hallaron ante sí una senda estrecha y angosta por la que no habían pasado antes.

– ¿Pero…? – balbuceó Ren.

– La magia amigo mío, la magia… y las perlas de la princesa.

Empezaron a caminar por el sendero que se les abría delante de ellos. A medida que avanzaban podían comprobar que un olor salitre iba invadiendo el ambiente. Primero de forma muy ligera para, paulatinamente, irse tornando cada vez más fuerte, más presente. Al mismo tiempo podían percibir perfectamente como el grado de humedad aumentaba. Se acercaban al mar. Efectivamente llegaron a una especie de embarcadero. Una anciana daba de comer a las gaviotas.

– Buscamos al Señor de Mann, ¿sabe dónde podemos encontrarlo? – preguntó Ren.

– Arrojad las perlas al mar – contestó la vieja sin mirarles.

– ¿Pero dónde demonios está el Señor de Mann? – exclamó el capitán.

– Arrojad las perlas al mar – insistió en tono cansino.

Rick intuyó que Ren iba a soltar algún exabrupto y le sujetó el brazo.

– Haz lo que dice.

– ¡Pero las perlas son nuestra única oportunidad para conseguir la tinta! ¡No podemos tirarlas! – exclamó Ren.

– ¡Magia capitán! Recuerde la magia… – contestó arrebatándole el saquito con las perlas y lanzándolo al mar en un movimiento tan rápido que Ren no pudo reaccionar.

Al capitán se le puso cara de tonto. Pasaron unos segundos sin que sucediera nada. A Rick también empezaba a ponérsele cara de tonto cuando, de repente, en el fondo del mar se produjo una especie de estallido, una luz muy brillante les cegó momentáneamente y, cuando desapareció el resplandor, había emergido una barca con un hombre encapuchado al mando de los remos. La barca llegó hasta el muelle donde estaban los dos hombres. Les tendió la mano y les dio un frasquito con un líquido de color negro.

– Debéis alcanzar la playa antes que el calamar despierte, de lo contrario naufragareis. No tenéis mucho tiempo – y dicho esto, como por arte de magia, se esfumó delante de sus ojos.

– Capitán, hora de remar – dijo Rick.

Y los dos hombres saltaron a la barca y empezaron a remar alejándose del embarcadero. Se compenetraban muy bien, y no tardaron en llegar a una playa. Desembarcaron. Arena, palmeras, cocos…

– ¿Y ahora qué? ¿Más magia? – dijo el capitán en tono irónico.

– Hay que encontrar el Vaso de Oro. Formaba parte del botín que obtuvo el pirata Drake de barcos españoles. Según la leyenda está enterrado en una playa.

– ¿Ésta?

– Imagino…

– ¿Y cómo lo vamos a encontrar? ¿Cavando en toda la playa? – preguntó Ren enarcando exageradamente las cejas.

– ¿Recuerdas lo que nos dijo Julio? Tan importantes como los peces plateados son los cangrejos.

– ¿Y? – preguntó Ren.

– Pues que debajo de esa palmera es el único sitio de la playa donde hay cangrejos.

Efectivamente, había un rincón debajo de una palmera con infinidad de minúsculos cangrejos blancuzcos. Se dirigieron hacia ella y empezaron a cavar con las manos apartando los cangrejos que osaban acercarse. Fueron cavando en círculo alrededor de la palmera sin ningún resultado positivo. De repente se dieron cuenta que todos los cangrejos que apartaban huían en la misma dirección. Les siguieron, llegando finalmente a un lugar donde unos iban hacia la izquierda y otros marchaban a la derecha.

– ¿Y ahora qué? ¿Usted por un lado y yo por el otro? – preguntó Ren.

Rick quedó un momento pensativo. Dudaba. No entendía… hasta que lo vio claro.

– No – respondió – cavemos justo en el lugar en que se bifurcan. Los cangrejos han dejado de ser importantes.

Se pusieron los dos a cavar y no tardaron mucho en topar con algo duro, duro como un cofre. Lo desenterraron y lo abrieron. En su interior había un vaso de oro.

– ¡Lo tenemos! – exclamó Rick.

– Ahora hay que verter la tinta en el vaso, n’est-ce pas? – dijo Ren.

– En efecto, y esperar un minuto antes de lanzarla al suelo.

El capitán abrió el frasco y vertió su contenido en el vaso. Durante un minuto los dos lo contemplaron expectantes, sin perderlo de vista en ningún momento, como vigilando que nada escapara de allí antes de tiempo. Alisaron la tierra que había a su alrededor y lanzaron sobre ella el contenido del vaso. Casi al instante, allí, sobre la tierra se dibujó un mapa que mostraba el camino que debían seguir para llegar al lugar donde se hallaba guardado el elixir rosado.

– ¡Rápido, saque el móvil y hágale una foto! – gritó Rick muy excitado – En treinta segundos desaparecerá.

Se pusieron en camino siguiendo el mapa fotografiado. Tardaron una hora en llegar al Bosque de Bialowieza. Según el mapa, en el centro del mismo se hallaba el Templo de Santa María, construido por los Caballeros de la Orden de Santa María para guardar el elixir rosado. Pero el templo estaba custodiado por un guardián: el Señor de Zubrówka. Tenía la misión de no dejar penetrar en el templo a nadie ajeno a la orden. Era el último, y más complicado, escollo que debían salvar para poder beber el elixir. Hicieron un alto en el camino para evaluar posibilidades.

– A ver, – dijo Ren – hagamos una lista con pros y contras. Empecemos por los contras, que me parecen más claros: él tiene armas y nosotros no, él se protege con una armadura y nosotros no, él está entrenado para el combate y nosotros no, supongo que él será mucho más fuerte que nosotros… y paro. Y no se me ocurre ningún pro.

– Veamos, – replicó Rick – hay pros. Él no sabe cuándo atacaremos y nosotros sí, el sólo tendrá unos segundos para pensar su estrategia de defensa y nosotros podemos tener mucho tiempo para preparar la nuestra de ataque…

– ¡Parece un consultor Rick! Sobre el papel es perfecto, en la práctica un desastre. Y ahora seguro que me dirá que también tenemos a nuestro favor la magia…

– Exacto. Hay que confiar siempre en la magia para que te ayude – dijo Rick.

– ¡Lo que necesitamos es un milagro! – exclamó Ren.

– ¡Pues vamos a por él!

Poco convencido el capitán siguió los pasos de Rick que había empezado a adentrarse en el bosque. Anduvieron durante algo más de una hora cuando, a lo lejos, entre las ramas de los árboles, divisaron el templo. Estaba en un claro en medio del bosque. A partir de ese momento aminoraron su marcha, para no hacer ruido, y no se dirigieron ni una palabra más. Llegaron al límite del bosque. Desde allí, escondidos tras unos árboles, divisaron al Señor de Zubrówka. Tal y como Ren se temía era un hombre alto y corpulento. El capitán tenía la sensación que habían llegado al final de su aventura.

– Punto y final mon ami, aquí se acaba el viaje. Este hombre nos destroza con una mano atada a la espalda.

– Se equivoca, yo no me rindo tan fácilmente. Vamos a usar nuestras ventajas y a confiar en la magia.

– Y dale…

Rick le contó su plan al capitán. Éste le miraba como si estuviera loco pero, en el fondo, no sabía quién de los dos lo estaba más. Los dos salieron del bosque y entraron en el claro, uno al lado del otro andando muy despacio. El guardián del templo no tardó mucho en verlos. Iba ataviado como un caballero medioeval. Se plantó delante de la puerta y con su mano derecha asió la empuñadura de su espada. En ese momento Rick y el capitán cruzaron una mirada. Había llegado el momento más embarazoso. Según avanzaban, empezaron lentamente a quitarse la ropa que llevaban. Zapatos, calcetines, camisas, pantalones, ropa interior… todo fue cayendo al suelo hasta que quedaron completamente desnudos. El guardián los miraba atónito y frotándose constantemente los ojos, como si creyera estar viendo una alucinación. En un principio los ojos del guardián se posaron sonbre Rick, para después echar un vistazo a Ren. El asombro empezó a dar paso a una sonrisa y ésta, a su vez, a una risa desatada. Ren miraba constantemente a Rick para darle a entender que no tenía claro cuando dar el siguiente paso. El Señor de Zubrówka no paraba de reír, cada vez las carcajadas eran más estruendosas, y la frondosidad del bosque las iba repitiendo. El capitán estaba convencido que las carcajadas eran fruto del “espectáculo” de su desnudez, ya que por Rick no podía ser, eso era más que evidente… Debían estar a unos cien metros del templo cuando la risa del guardián cesó de golpe. Ren notó que ya no les miraba, que su vista estaba fija en algún punto detrás de ellos. No se atrevía a girarse para mirar, sólo miraba a Rick.

– Ahora – susurró Rick.

Los dos se empezaron a separar, como si quisieran rodear al guardián. Éste seguía sin prestarles atención y, de repente, desenfundó la espada. Ren se atrevió a mirar atrás justo en el momento en que un bisonte de enormes dimensiones pasó entre ellos a toda carrera en dirección al guardián. Ren nunca pensó que pudiera existir un animal de ese tamaño. El choque fue tremendo. Quién salió peor parado fue el Señor de Zubrówka, que calculó mal y no acertó a clavarle la espada con la suficiente profundidad como para detener al animal. El guardián salió despedido hacia atrás y fue a chocar contra el muro del templo. Quedó inmóvil en el suelo.

– ¡Corra! – gritó Rick.

Los dos se dirigieron corriendo a la puerta del templo. La abrieron. Había una nave enorme con muchas estanterías repletas de copas que contenían un líquido rosa. Se dirigieron hacia una de ellas. De pronto vieron a un monje que estaba sentado delante de una de ellas.

– Cogedlas de esta estantería, y que sean contiguas. Habéis llegado hasta aquí y merecéis probar el elixir.

Esa estantería era la única en la que había huecos sin copas. De repente los dos fueron conscientes que iban desnudos. El monje lo percibió.

– En esa estancia hay túnicas – dijo señalando con la mano un arco bajo el cual se veía una puerta – Coged un par. Ahora ya no se necesitan.

Fueron a por las túnicas y de inmediato volvieron a la sala donde estaba el monje.

– ¿Y por qué hay huecos en esta estantería y no en las otras?

– Porque no sois los primeros en llegar – contestó el monje.

– ¿Y todos llegan por donde hemos venido nosotros?

– Sí, sólo hay un camino hasta aquí.

– Pero, ¿las perlas, el vaso…?

– Las ostras fabricarán más perlas, el calamar dará más tinta, los cangrejos encontrarán más vasos de oro y señores de Zubrówka ha habido más de mil desde la creación del templo.

Rick y Ren cogieron dos copas contiguas, las alzaron, brindaron y bebieron de un sorbo el líquido rosa que contenían. Una vez que las hubieron apurado se miraron, y en su rostro vieron reflejado el triunfo.

– Tirad las copas al suelo para que se rompan. Una vez vacías han de romperse.

Los dos lanzaron con fuerza sus respectivas copas y éstas estallaron en mil pedazos. Inmediatamente, sin ellos saber cómo, el templo y el monje desaparecieron y se encontraron de vuelta en el barrio de pescadores.

– ¿Qué tal os ha ido el día? – preguntó Julio, el pescador ciego.

Los dos se miraron, ataviados todavía con las túnicas, y empezaron a reírse.

– ¡Inolvidable!

– ¡Aventura en estado puro!

En el cielo había dibujado un magnífico arco iris que parecía darles la enhorabuena… Se fundieron en un abrazo sabedores que sus destinos se habían entrelazado para siempre, sabedores que habría un antes y un después de su “aventura”.

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