Vacío

vacio2Estaba acurrucado en posición fetal. Era todo lo que había podido lograr esa mañana: permanecer enroscado encima de la cama sin mover un solo músculo. Había sido una semana repleta de emociones y aun no había podido digerirlas. Aunque quizás no fuera sólo la culminación de una semana intensa, sino la de toda una vida… Su pensamiento volaba incontrolable, teñido de un color situado entre el negro y el gris oscuro. Todo parecía derrumbarse a su alrededor. Intentaba mantenerse lúcido, consecuente, racional… pero la sensación de vacío que le invadía era cada vez mayor. Cuando hay vacío no hay nada, pero esa nada duele… Intentaba una y otra vez capturar sus pensamientos y ordenarlos. Necesitaba devolver un cierto orden a su vida. Se daba cuenta que no sabía cómo conseguirlo, y eso le hacía sentir impotente. Frases inconexas se le aparecían fugazmente para luego esconderse, surgían preguntas en busca de respuesta, y veía respuestas a preguntas que nunca había formulado… Una obsesión: cambiar. Debía desprenderse de su halo estúpidamente romántico y mutar, mutar para convertirse en depredador. Debía dejar de ser genial, encantador y amable. Debía dejar en un cajón de su mesita de noche el corazón y evitar, así, que se lo rompieran… No entendía sus pensamientos. Caos era la palabra que mejor definía el estado de su mente en esos momentos. Se sentía aturdido, perdido en la oscuridad, sin ninguna luz al final de su túnel. Se había derrumbado muchas veces antes, pero siempre había acabado levantándose. Pero ahora se sentía aplastado, sentía que las fuerzas le habían abandonado, que su voluntad se había evaporado, que no podía encontrar su sitio, que no era ni siquiera capaz de derrumbarse… Soñaba con abandonar su cuerpo, pero su mente no le dejaba. Soñaba con llorar, pero algo en su interior se lo impedía. Soñaba que ya no era…

Por un instante tuvo una aparición en forma de idea fugaz. Se levantó de un salto, encendió el ordenador y empezó a escribir como si hubiera sido poseído por una fuerza sobrenatural. Las letras aparecían a gran velocidad en la pantalla formando palabras que a su vez se combinaban en frases. Sin errores, sin pausas, sin vacilaciones, sin dudas… Eran certeras, concisas, directas, dirigidas a ella, quizás no siempre a la misma ella, porque ¿y si había muchas ellas?… Borró esa idea de su cabeza. Empezó por hechos, continuó con sentimientos y acabó con temores. Vio que funcionaba, que, a su manera, estaba llorando, y que esas lágrimas calmaban. Y entonces empezó a darse cuenta que lo único que necesitaba para acabar con su inquietud, para ahuyentar los miedos que le atenazaban, para llenar el vacío que sentía era una palabra, tan sólo una palabra, pero una palabra que él no podía escribir, que él no sabía escribir… Era una palabra que debía escribir ella, la respuesta a un final sin principio… Era del todo incapaz de escribir nada más. Se había vaciado…

Se quedó inmóvil con la vista puesta en la pantalla observando la última frase, inacabada… Fueron minutos que a él le parecieron horas. Pensó en enviarle un mensaje con lo que había escrito. Lo preparó. Se detuvo. No sabía qué hacer. No sabía si debía enviárselo o si, por el contrario, era mejor borrarlo, olvidarse, olvidarla… El tiempo pasaba… Puso el dedo en la tecla para enviarlo. Se detuvo de nuevo. Había puesto mucho de él en esas palabras, en esas lágrimas… ¿Quizás demasiado? En un acto reflejo, de repente, cerró la tapa del portátil. Al igual como había sucedido con muchos mensajes anteriores, este tampoco se lo iba a enviar.

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