La espera

Este post no estaba previsto, hubiera deseado no escribir nunca este texto…

Me avisaron que ya se había iniciado la cuenta atrás. Arreglé algunos asuntos que no podía abandonar de sopetón y me fui a verla. Durante el viaje mi mente iba dando tumbos de acá para allá, como si no hubiera ningún lugar donde detenerse y quisiera abarcar todos los recuerdos… El coche era incómodo, pero no había más. Llegué. Inicié un largo periplo por un laberinto de pasillos, escaleras y ascensores. Había gente anónima por doquier, cada cual con su drama particular. Encontré la 333. El guardián de la puerta me dijo:

– Tiene el cuerpo hinchado, la piel ha adquirido una tonalidad mezcla de amarillo y morado, los ojos miran pero no ven… asustan, el ritmo de la respiración no sigue ninguna partitura…

– ¿Está esperando?

– Así es…

Entré. Ella estaba en la cama. Le cogí la mano. No vi ese cuerpo hinchado y lleno de imperfecciones que me describió el guardián. La vi a ella tal y como realmente era… vital, luchadora, desafiante, terca, con ese punto de tozudez que se necesita para alcanzar lo que se desea… pero a la vez sincera, con criterio propio, apasionada por la vida, libre de corsés, enemiga de los clichés, vacunada contra los consejos, llana… Hospitalaria, siempre que la necesitabas estaba, no había tarea que la amedrantase, casi nada se le antojaba imposible, casi nada…

¿Nuestra relación?… cariñosa, sin disfraces, espontánea, dándonos caña siempre que se podía, enfrascados en batallas dialécticas en las que nunca había ni vencedor ni vencido, ayudándonos siempre… En cincuenta años se forjó una personalidad, en cincuenta años se ganó el respeto de todos, en cincuenta años muchos aprendimos a quererla…

Llamaron a la puerta. Ésta se abrió. Entró una señora. Llevaba un vestido negro ceñido, con tirantes, cortito, hasta medio muslo, zapatos de tacón alto. Llevaba unas flores oscuras adornando su pelo. Su piel era exageradamente pálida, su pelo negro azabache, sus facciones muy suaves y agradables… Si no fuera por su palidez sería una mujer muy atractiva, pensé. Aunque había algo en ella que resultaba tenebroso, que creaba una atmósfera espeluznante… Pero no se veía ningún signo externo que hiciera pensar que fuera alguien del hospital… No puede ser, pensé, esta persona no puede estar aquí, estoy soñando. Me miró pero de inmediato se dirigió hacia la cama, olvidándose completamente de mí.  Me alejé un poco. Ella empezó a andar rodeando la cama cada vez a más velocidad. Mientras caminaba iba canturreando una extraña canción que soy incapaz de describir, una canción sin letra, sin melodía, sin alma… Dio unas cuantas vueltas y de repente se paró. Miraba fijamente hacia la cama. Habló. Su voz sonó dura, un poco ronca, muy gutural, en tonos muy graves, impropia del cuerpo que la envolvía. No logré entender lo que dijo, hablaba un idioma desconocido para mí. Ella debió comprenderlo y al instante la anárquica y desacompasada respiración cesó. La señora dio media vuelta y enfiló hacia la puerta, la abrió, salió al pasillo y la puerta se cerró. Mi amiga se fue con ella. La espera había terminado.

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8 thoughts on “La espera

  1. Ho sento Fredi, perdem amics al camí, àncores, miralls ,,, però sempre en trobem d’altres. La vida apreta però no ofega. Estic aquí sempre que em necessitis. Sè que tu també estàs allà. Una abraçada.

  2. Me ha recordado en el continente y en contenido a mi incondicional Murakami.Felicidades Fredi! Me gustaría que la historia terminase o quizá no…Un abrazo.

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