Diente de león

dienteMe decía que no era feliz. Me relataba sus días y veía como la amargura asomaba en su rostro. Me dolía el alma. Ella merecía mucho más… No lograba entender cómo podía sentirse tan poca cosa, tan imperfecta, tan vulgar… porque, precisamente, yo creía que era una gran mujer, del todo irrepetible. Súbitamente me desperté. ¿Había estado soñando? Ella seguía estando en mi pensamiento. Algo dentro de mí se había roto. El dolor se extendía por todo mi cuerpo. Sólo deseaba verla, tocarla, abrazarla y, por qué no, besarla… Era extraño, pero de repente me sentía morir sin ella. Pero ella no estaba, nunca había estado…

Nota. Este relato no tenía título, pero una amiga lo bautizó. Me dijo:

“Por lo que dices en el texto es una  especie de flor más frágil que el cristal, pero única y bella como ninguna, aunque también difícil de coger sin que un leve soplo de aire haga que eche a volar. Es imposible cogerla para llevarla a casa, es imposible recoger un ramo para regalárselo a alguien porque se esfuma. Nunca puede haber pruebas de que ha estado ahí.”– Marta Bonilla

Y sólo debido al título, este relato tiene cien palabras más…

 

 

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