Los Anillos de Hadas

GigantesCuenta una antigua leyenda kwanyama que hubo un tiempo en que un pueblo de gigantes, los ochrur, convivía con los habitantes de la tierra hoy conocida como Namibia. “Ochrur” en owambo significa “el guardián”. En época del rey Nauj y de su hijo el príncipe Rovab, los gigantes protegían a los kwanyama de la amenaza que suponían los grandes saurios. Eran los únicos seres que podían luchar contra ellos y salir vencedores. Se contaba que esta alianza se inició en la época del reinado de Dramid, abuelo del rey Nauj, que, siempre según la leyenda, era hijo de madre ochrur y padre kwanyama. Pero, poco a poco, los gigantes creyeron ser los dueños y señores todopoderosos de aquellas tierras, alardeaban en exceso de su fortaleza, empezaron a menospreciar a los kwanyama e intentaron desafiar a los dioses. Estos montaron en cólera al ver como actuaban los ochrur y en lo que se estaban convirtiendo. Hablaron a Oriter, el sumo sacerdote también llamado “Mensajero de los dioses”,  el único al que se le permitía entrar en la “Cámara Nixasti” donde los dioses se tornaban corpóreos cuando se querían comunicar con los mortales. Le dieron el siguiente mensaje:

“En castigo por la soberbia del pueblo ochrur, a partir de este momento los hombres ochrur dejarán de ser fértiles y no podrán volver a tener descendencia. En consecuencia, el pueblo ochrur desaparecerá de la faz de la Tierra”.

Oriter corrió al Palacio del rey Nauj para comunicarle el mensaje divino. El rey encajó la noticia con pavor, y mandó convocar al Consejo del Reino. Estuvieron deliberando durante unas cuantas horas, tras lo cual decidieron aceptar su culpa e implorar el perdón de los dioses, comprometiéndose a corregir de manera inmediata su conducta y con la promesa que jamás volvería a suceder algo así. Que su pueblo llegara a extinguirse les parecía un castigo demasiado severo. Llamaron al sumo sacerdote para que trasladara su decisión a los dioses. La respuesta divina no se hizo esperar:

“Se felicitaban por el arrepentimiento mostrado por el pueblo ochrur pero, si existía culpa, debía haber castigo. Pedían el sacrificio del heredero del trono, el príncipe Rovab. Sólo después de su muerte el pueblo ochrur volvería a ser capaz de engendrar vida y evitar así su desaparición”.

Una vez conocida por el rey la respuesta de los dioses convocó de nuevo al Consejo. Estuvieron reunidos discutiendo ininterrumpidamente durante siete días con sus respectivas siete noches. Para dentro de un mes escaso estaba prevista una ceremonia nupcial que uniría al príncipe con la princesa Hadas… Finalmente, tomaron una decisión. Aceptaron el castigo que exigían los dioses y al día siguiente Rovab moriría en la hoguera. A pesar de todo, la supervivencia de su pueblo era más importante que la vida del príncipe.

Esa noche el príncipe y su prometida pasaron la noche juntos en el bosque, haciendo el amor como nadie antes lo había hecho nunca. Fue una noche en la que una espiral de pasión y deseo atrapó a ambos príncipes y los condujo hasta el éxtasis. Se aprendieron sus cuerpos de memoria, se entregaron el uno al otro sin reservas, sin miedos, sin contrapartidas… gozaron por el placer de gozar, únicamente por y para disfrutarse… hasta que se quedaron dormidos abrazados el uno al otro.

Poco antes del amanecer la princesa Hadas se despertó. Al cabo de unos instantes se puso en pie y levantando los brazos hacia el cielo suplicó el perdón de los dioses para el príncipe, y se ofreció para arder en la hoguera en su lugar. Sería capaz de morir por amor si así lo quería el destino… Pidió a los dioses que le enviaran una señal para saber que escuchaban su súplica… pero los dioses no respondieron…

A la mañana siguiente el príncipe fue sacrificado en la hoguera. La princesa Hadas no pudo resistirlo y, antes que el príncipe muriera, salió corriendo del poblado al tiempo que rompía a llorar desconsoladamente. Corría lo más rápido que podía, corría por su vida, corría para olvidar, corría por amor… Corría y mientras corría lloraba, dejando un inmenso rastro de lágrimas a su paso, lágrimas llenas de amargura, de dolor, de desesperación, de tristeza, de muerte… Cada una de las lágrimas que le caían le robaba un poquito de sus ganas de vivir… Corrió y corrió hasta la extenuación, hasta el agotamiento, hasta que no le quedaron más fuerzas, y corrió hasta caer al suelo y quedarse inmóvil, sumida en un profundo letargo del que ya jamás despertó…

Y hasta tal punto se fue su vida en el llanto, que donde cayeron cada una de las lágrimas de la princesa la vegetación murió y nunca más volvió a brotar ninguna clase de vida. Sólo pudo crecer a su alrededor. A partir de entonces, esas marcas fueron conocidas como Los anillos de Hadas…

 

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2 thoughts on “Los Anillos de Hadas

  1. Que historia tan bonita y a la vez tan triste.Y me pregunta es:se puede morir por amor???Realmente merece la pena o por el contrario si cada uno se quisiera más a si mismo no permitiría caer en tal dolor?
    Y ahí lo dejo.Un abrazo Fredi.

    • Gracias… No creo que merezca la pena morir por amor… No sé si se trata de quererse más a uno mismo o de pensar que el/la otro/a seguro que no desearía que murieras… De lo que estoy seguro es de que siempre hay un mañana que empieza hoy… Un abrazo

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