El Secreto del desierto

seis_camellos_en_un_desierto-1920x1080 (1)Ella se levantó y se dirigió hacia el baño, al fondo del local. Estábamos en un pequeño café que había descubierto hacía muy pocos días. La decoración del local estaba repleta de objetos menudos, diminutos algunos, como sacados de una casita de muñecas, y abundaban las tonalidades pastel. El mobiliario, con sillas imitando el hierro forjado y mesitas redondas recordando al mármol, le daba un aire retro que me cautivó la primera vez que estuve allí.

El bolso había quedado medio abierto encima de su silla. Mis ojos se fijaron en él y, casi sin quererlo, vi que asomaba un frasquito de cristal con un diminuto tapón de corcho y una etiqueta amarillenta, del que Pete me había hablado hacía ya mucho tiempo…

Su tatarabuelo materno había sido marino, capitán de barco para ser más exactos. El último barco en el que había estado enrolado era un bergantín de nombre Caupolicán, en honor al caudillo mapuche. Este bergantín cubría la ruta “cap hornier”, es decir, entre la península y Sudamérica a través del Cabo de Hornos. En uno de sus viajes atracaron en el puerto de Guayaquil para descargar jabón y aceite. Cuando se disponían a zarpar y poner rumbo de vuelta a España se dieron cuenta que se había colado un polizón a bordo. Se trataba de un ecuatoriano que quería abandonar el país para ir en busca de su amada, que meses antes había embarcado con su familia hacia España. Ella era de una familia adinerada que vivía del negocio del café. Él, de origen mucho más humilde, estaba intentando reunir el dinero necesario para comprar un pasaje de barco y dirigirse a España, pero no conseguía reunirlo lo suficientemente rápido y había decidido no esperar más para ir en busca de la mujer que amaba.

La tripulación se debatía entre colgarlo o echarlo directamente a los tiburones. Félix, que así se llamaba el tatarabuelo de Pete, después de haber escuchado la historia del desdichado Darío, intentó poner un poco de cordura, y propuso una solución más… pacífica.

– ¿Sabes cocinar? – le espetó de repente a un asustado Darío.

– Pues sí, sé hacer bastantes comidas, pues hace ya mucho tiempo que vivo solo.

Nada más llegar a  puerto el cocinero del barco había enfermado y cada vez estaba peor, con lo que necesitaban otro si pretendían comer caliente durante la travesía de vuelta. La historia de aquel hombre le había conmovido, quizás por lo descabellado de la situación, pues en su rostro podía leerse la desesperación que sentía y uno se daba cuenta que, sin esa mujer, al bueno de Darío se le escapaba la vida por momentos… Así que decidió ayudarle llevándole hasta España. Desconocía si Darío sabía que España era muy grande, pero finalmente pensó que ese problema, si lo era, ya lo resolvería el propio Darío cuando se diera cuenta que lo tenía. Darío aceptó de buen grado hacer de cocinero.

Esa noche, justo antes de acostarse llamaron a la puerta del camarote del capitán. Era Darío. Sorprendido, Félix le preguntó qué deseaba. Darío le dijo que en agradecimiento a lo que había hecho por él quería regalarle una cosa. De una bolsita que llevaba colgando de su cinto, sacó un frasquito de cristal con un diminuto tapón de corcho y que tenía una etiqueta amarillenta. Le explicó que se trataba de una esencia llamada el Secreto del Desierto, un elixir de amor que antiguamente usaban las mujeres huancavilcas. Cuando una mujer quería seducir a un hombre se ponía unas gotitas de este perfume y el hombre se rendía irremisiblemente a sus encantos y, además de ser seducido, su aroma le producía un efecto similar al de la viagra

Al parecer quién enseñó el secreto de este perfume al pueblo huancavilca fue un extranjero al que apodaban El Egipcio. Se decía que el perfume se fabricaba utilizando una rara flor que se podía encontrar en el Desierto de Nubia, de ahí su nombre. La casualidad quiso que esa misma planta creciera en el desierto de Atacama, en una zona conocida como el desierto florido, donde entre septiembre y noviembre florecen algunas plantas.

Para que surtiera el efecto deseado la mujer debía ponerse cinco gotitas de perfume en su cuerpo. Una gota detrás de cada oreja, una en cada pecho y la quinta… a su elección. El efecto se iniciaba a medianoche y duraba hasta el amanecer. Cuando el perfume se encontraba dentro del frasco su olor era fuerte y muy desagradable, mas al entrar en contacto con la piel de una mujer su olor cambiaba rápida y completamente, transformándose en un perfume cuyos aromas parecían embriagar a los hombres y despertaban sus deseos más profundamente dormidos… El tatarabuelo de Pete quiso averiguar si Darío hablaba con conocimiento de causa.

– ¿Tú lo has probado? – preguntó Félix.

–  Sí.

– ¿Con la mujer que se marchó a España?

Sin decir nada dio medio vuelta, abrió la puerta y salió del camarote.

Según me había contado Pete, muchos años más tarde, cuando ella cumplió los dieciocho, su abuelo le contó esta historia y le regaló el frasquito con el perfume: “ Cuando encuentres al hombre de tu vida no dudes en usarlo, funciona”,  le había susurrado al dárselo.

– ¿Vamos? – preguntó Pete ahuyentando mis pensamientos.

Levanté la vista hacia ella. Estaba de pie mirándome con la cabeza ladeada de esa manera que a mí tanto me gustaba. Era hermosa… Ella percibió en mí una expresión entre incrédula y esperanzada.

– Y esa sonrisa que parece que se esconda, ¿a qué se debe? – preguntó divertida.

Estaba pensando si ya habrías encontrado al hombre de tu vida…

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3 thoughts on “El Secreto del desierto

  1. Gracias… quería escribir una historia que contuviera tres elementos que, en la realidad, nunca han estado relacionados entre sí, y ha salido esto…

  2. Hola Fredi.La verdad que de alguna manera me siento identificada con el continente y el contenido de tus escritos…Hay cercanía, humildad, paz…Un aire espòntáneo y sereno que me gusta.Felicidades!Un abrazo.

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